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domingo, 13 de enero de 2013

Discos: lo nuevo de Weather Report

El jazz rock de Weather Report

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 17 de noviembre de 2002

Formaron la alianza que más esperaba la gente. Uno era medio aburrido y al otro le gustaba ir contra la corriente. Llegaron a ser votados como los mejores en sus categorías. Pero el final del gran sueño comenzó cuando uno renunció a su puesto.
No, no se trata de la historia de Fernando de la Rúa y Carlos "Chacho" Alvarez, sino del saxofonista Wayne Shorter y del tecladista Joe Zawinul, líderes de Weather Report, una de las grandes bandas de la historia que hizo de la fusión su marca registrada y que brilló con luz propia en la marquesina de ese subgénero que, a partir de la década del setenta y no más allá del ochenta, se llamó jazz rock.
En ese mismo rubro hubo grupos como la Mahavishnu Orchestra, manejada por el guitarrista inglés John McLaughlin; Return to Forever, con el inconfundible sello del pianista Chick Corea, y The Eleventh House, del guitarrista Larry Coryell.
Todos, de todas formas, fueron hijos directos del virtual inventor del jazz rock: Miles Davis. En 1968, el trompetista rechazó las sugerencias de su compañía discográfica para ganar nuevas audiencias, que por entonces estaban dominadas por el rock y por el funk. "Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello", recuerda Davis en su autobiografía.
De la bronca surgió "Bitches brew", el álbum que cambió el rumbo, el primer disco que se escapó de los cánones jazzeros y se animó a explorar sonoridades rockeras (con un bajo eléctrico, un percusionista y tres tecladistas, por ejemplo).

LA BANDA PRECURSORA

¿Quiénes acompañaron a Miles en esa aventura que terminó por transformar al jazz? Entre otros, un pianista austríaco llamado Josef Zawinul, a quien Davis convocó luego de quedar fascinado con el sonido del piano eléctrico en "Mercy, mercy, mercy", de Cannonball Adderley. Y Wayne Shorter, el saxofonista nacido en Newark, New Jersey, que también había tocado con Adderley, Maynard Ferguson y Art Blakey. Estos dos tipos audaces fueron los mismos que, a partir de 1970, terminaron por romper muchos de los moldes jazzeros del momento con su propio grupo, Weather Report.
La fórmula era sencilla, pero había que hacerla en ese momento: salirse del esquema tradicional del bebop, no distinguir entre solos y acompañamientos, mezclar el saxo acústico de Shorter con el laboratorio electrónico de Zawinul, crear climas hipnóticos más que motivos musicales convencionales. Weather Report tuvo ese sello, pero también el de ser un semillero de jóvenes talentos. Siempre al lado de la indestructible dupla fundadora, por sus filas pasaron, entre otros, Alphonso Johnson, Omar Hakim, Manolo Badrena, Peter Erskine, Chester Thompson, Alex Acuña, Miroslav Vitous, Victor Bailey y, sobre todo, Jaco Pastorius, ese malogrado hechicero (murió a los 36 años en una pelea callejera) que revolucionó el bajo eléctrico (fretless) y le otorgó un papel protagónico no sólo en el diseño del ritmo.
Mucho de lo que hizo este supergrupo por derribar las fronteras jazzeras (por momentos demasiado cerradas a cualquier influencia foránea) está condensado en el flamante disco doble "Live and unreleased", que Sony acaba de distribuir en el país, en su edición importada pero a un precio acorde al de los bolsillos devaluados. Se trata de 18 temas que abarcan el período 1975-1983, grabados en vivo en Estados Unidos y en Gran Bretaña, y en versiones nunca antes editadas.
Los fanáticos de la banda -para quienes no lo son es una excelente oportunidad para ser iniciados en el culto de la alianza Zawinul-Shorter- podrán apreciar clásicos absolutos como "Teen Town", "Black Market", "Elegant People", "Plaza Real" y, en especial, "In a Silent Way", entre otros. Pero, sobre todo, tener condensadas en dos discos las distintas etapas y formaciones de los WR. Y así confirmar, por ejemplo, cómo los seis años de Pastorius en el grupo fueron acaso los más gloriosos y compactos. En vivo, como los argentinos pudimos comprobar en dos ocasiones, en 1972, durante una gira del pianista Friedrich Gulda, y en 1980, en el Bue Festival que se hizo en el Luna Park, Weather Report es más asombroso aún que en estudios. Zawinul desprende de ciertos artificios sus característicos sonidos atmosféricos y multiétnicos. Shorter suena desatado, menos contenido. Y las diversas secciones rítmicas son el compendio más perfecto de la energía. Una joya.

EL PRESENTE DE LOS EX REPORT

Este milagroso CD coincide con la aparición en los Estados Unidos de los nuevos álbumes de Zawinul y de Shorter, que, lamentablemente, no tienen asegurada su edición local. En el caso del tecladista, tras su dispar experiencia con The Zawinul Syndicate, "Faces & places" es lo más parecido a Weather Report que grabó desde su separación de la banda. Además de guiños a su público porteño (el tema "Borges Bs.As."), el músico austríaco reemplaza aquí el protagonismo de los instrumentos por las voces humanas (y electrónicas, porque utiliza el legendario Vocoder, esa maquinita que transforma el sonido de las cuerdas vocales). Lo acompañan gargantas ilustres como Maria Jo‹o y Richard Bona, entre otras.
La reaparición de Shorter, más clásicamente bebop, se llama "Footprints live" y es un álbum grabado en vivo junto con el pianista Danilo Pérez, el bajista John Patitucci y el baterista Brain Blade. La mayoría de sus temas son standards del repertorio del mismo Shorter, que con el paso del tiempo está tocando cada día mejor su saxo. La presencia de Danilo es un punto fuerte de este buen disco.
"Mi definición del jazz significa sin categorías. Jazz, para mí, es el sonido que significa drama de varios elementos", afirma Shorter en el booklet de la cuidada edición de "Live and unreleased". Hoy, cuando el anquilosado jazz hace que se extrañe tanto esa desbordante, creativa y potente alianza que se llamó Weather Report, queda confirmado que Zawinul y Shorter son piezas clave de nuestra era (y que fueron muchos más efectivos que De la Rúa y Chacho Alvarez, claro está). 

Rock: crítica del show de Santana

El hechicero en su mejor forma

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 11 de marzo de 2006

Carlos Santana se reconcilió en sus últimos tres discos con la industria discográfica, al permitirle ganar millones de dólares con sus millones de discos vendidos, pero en el recital de anteanoche, en el Campo de Polo, se reconcilió con su identidad.
Casi ni una concesión estricta a la lógica del mercado tuvo el vibrante recital, de casi dos horas y media, que brindó ante unas 12.000 personas. Apenas podría enrolarse en ese rubro la intervención de Alejandro Lerner en "Hoy es adiós", pero más como un gesto de amistad hacia el país al que visitaba por tercera vez en sus 37 años de carrera. El resto fue una lección de cómo un mito de 59 años puede sacudir un gastadísimo rótulo de rock latino hasta conseguir que vuelva a renovarle la patente de leyenda.
Contra los pronósticos de quienes pensaban que escucharían a un pasteurizado Santana que se limitaría a recrear sus últimos hits, el hechicero de dedos endemoniados y discurso esotérico no tocó ni un solo tema de su nuevo CD, "All That I Am"; apenas cinco de su hiperexitoso "Supernatural" (con el que ganó Grammy hasta cansarse) y tres de "Shamán"; es decir, eligió menos de la mitad de su repertorio de su trilogía más vendedora pero con menos personalidad.
Al comienzo hizo "Sacrificio Soul", el mismo clásico de su álbum debut, de 1969, la misma canción que deslumbró a los hippies (y no hippies) de Woodstock, marcó el indicio de que un Santana en su mejor forma (y acompañado con una de sus mejores bandas) se internaba en los inicios de su propia historia para redescubrirse.
Así, desfilaron canciones que hacía muchos años que no tocaba en vivo, como el combo que forman el afro contagioso de "Batuka" y la electrizante "Nadie de quien depender", el mismo comienzo de "Santana III" (en Estados Unidos acaba de aparecer una edición especial de este disco, doble, con tracks inéditos, a 35 años de su lanzamiento). O el vértigo serpenteante de "Jingo" y una gran versión de "Evil Ways" (enganchada con "A Love Supreme", de John Coltrane), también del primer disco. No faltaron, por suerte, los archiclásicos del repertorio santanesco "Black Magic Woman/Gypsy Queen" y "Oye cómo va", precedidas por otro tema de "Abraxas": nada menos que "Samba pa´ti".
A esa altura de la noche, aun sin conocer la historia de Santana, cualquiera podía darse cuenta de que el que estaba sobre el escenario, con su clásico gorrito de lana y su camisa llena de brillos, colores y rostros de Bob Marley, era realmente un héroe de la guitarra.
Fue extraña la composición del auditorio. Las entradas eran caras, pero aun así hubo pocos claros en los distintos sectores del Campo de Polo (con una organización algo intrincada aunque bastante eficaz). Quinceañeros que habrán conocido a Santana por el video de "The Game of Love", el hit pop de "Shamán", se entremezclaban con fanáticos que aullaban con cada viejo acorde. El ritmo que proponía la música tardó demasiado en contagiarse entre la gente. Hasta tal punto que el propio guitarrista ironizó: "Se ve que están cansados porque los veo sentados".
La mayor electricidad en el ambiente la provocó un puñado de hits de "Supernatural", como "Smooth", "Corazón espinado" y "(Da Le) Yaleo". Y hasta hubos pasajes jazzeados con "Venus: Upper Egypt", de Pharoah Sanders, que confirmaron de dónde habían salido músicos como el tecladista Chester Thompson, el bajista Benny Rietveld y, sobre todo, ese increíble Hulk de los parches que es el baterista Dennis Chambers (cuyo prolongado e hipnótico solo hizo vibrar al barrio). Karl Perazzo y Raul Rekow, por su parte, se transformaron en una implacable maquinaria percusiva.
También hubo más homenajes. Además de hacerlo con Coltrane y con Sanders, Santana recreó "Purple Haze", de Jimi Hendrix, y brindó un tributo a Marley con una efervescente "Exodus", con tramos de "Get Up, Stand Up". Poco antes del final, la euforia llegó a la gente. Nadie terminó sentado en este recital antológico, en el que Santana fue un veterano hechicero que practicó el viejo truco de mirar hacia atrás para ir hacia adelante. O de fijarse más en sus orígenes y menos en los rankings de hits. 

Discos: reediciones de Frank Zappa


Un Frank Zappa para cada estado de ánimo

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 18 de enero de 2009

¿Cómo era el rock cuando no era previsible, aburrido, copiado de otras décadas, de otras copias, adocenado, olvidable, desapasionado? De todas las respuestas posibles, por fin en las bateas argentinas existe una que justifica la mejor respuesta de todas: aquel rock era tal como lo concebía el genio maldito de Frank Zappa.
Por esas extrañas razones que no tienen mucha explicación pero que sólo vale la pena aprovechar y disfrutar, los argentinos comenzaron 2009 con siete de los mejores discos de Zappa en completas ediciones nacionales. ¿Hace cuánto que Zappa no tenía presencia aquí con excepción del material importado? Los más experimentados sólo recuerdan una gran recopilación de 1997, "Zappa en la radio", con una selección hecha por Alfredo Rosso y Marcelo Gasió. Después, la sequía. O el silencio. O el vacío.
Por eso estas siete sorpresivas reediciones de Warner tienen el valor de un verdadero acontecimiento, de un tardío aunque saludable acto de justicia. Hay un Zappa para cada estado de ánimo, para cada uno de los iniciados en la adicción que provoca esa música que los críticos se han cansado de clasificar como inclasificable.
Rock, jazz, doo-wop, clásico, blues, psicodelia, contemporáneo, funk, experimental. En sus álbumes, un formidable mosaico musical, hay de todo un poco, de todo en exceso, siempre salpicado de humor, de ironías, de demoledoras críticas a la sociedad norteamericana y siempre coordinado de manera magistral por el cerebro de Zappa, esa usina de ideas provocadoras, movilizadoras, que no se detenían ante nada ni ante nadie.
Si esta fuera una fría crónica, habría que decir que Frank Vicent Zappa nació el 21 de diciembre de 1940 en Baltimore, Estados Unidos, y que murió el 4 de diciembre de 1993. En el medio, una adolescencia con mucho blues y rock and roll y el descubrimiento de la música contemporánea, sobre todo de Edgar Varèse. Un grupo que fue marca registrada, The Mothers of Invention. Músicos que salieron glorificados de la factoría zappeana como Terry Bozzio, Adrian Belew, Jean-Luc Ponty, George Duke, Don "Sugar Cane" Harris, Captain Beefheart, Michael y Randy Brecker, Aynsley Dunbar, Steve Vai y tantos otros. Un total de 64 discos grabados entre 1966 y 1993.
¿Por dónde comenzar a escucharlo? Del lote reeditado, obviamente por Hot Rats , que no hay quien no recuerde que es considerado uno de los mejores álbumes de rock de todos los tiempos, y que incluye "Willie The Pimp", con Zappa incendiando su guitarra sin necesidad de fuego, y "The Gumbo Variations", una antológica jam session lisérgica. Luego, One Size Fits All , o cómo hacer rock desde el jazz, o viceversa, con un solo de guitarra en "Inca Roads" para derretir cabezas abúlicas y "San Ber´dino", con su pátina zeppelineana, sus quiebres y ese clima de banda de sonido de un viaje sin ruta. A continuación, Chunga´s Revenge es la exquisita y deformada mirada del rock de un Zappa en su mejor momento, con armonías vocales a lo Beach Boys y "The Nancy & Mary Music" sólo para demostrar que Aynsley Dunbar era un baterista monumental.
En Overnite Sensation están el clásico "Camarillo Brillo", el jazzeado "I´m The Slime" y "Fifty-Fifty", con solos de guitarra y de violín de colección. Sheik Yebouti tiene entre sus 18 canciones "Bobby Brown Goes Down", hit que llegó a las FM, aunque hay mucho más: encantadores híbridos como "I´m So Cute" y lecciones de guitarra veloz en "Rat Tomago". Weasels Ripped My Flesh aporta ese blues de "Directly From My Heart To You" llevado al éxtasis gracias al violín de "Sugar Cane" Harris, en un proyecto de digestión lentísima. Finalmente, Zappa in New York , quince grandes temas en vivo, con parodias como "Titties & Beer" o el ejercicio de virtuosismo de los hermanitos Brecker en "Sofa".
Este repaso por estos siete discos es absolutamente arbitrario. Como se dijo, hay un Zappa para cada estado de ánimo, para cada oyente. Sólo hay que animarse a descubrirlo. Y eso, sin duda, es un viaje de ida. 

Discos: una grabación legendaria de Miles Davis

La metamorfosis de Miles

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 10 de octubre de 2010

El era nada menos que Miles Davis, pero se sentía atrapado sin salida. "Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello", pensaba en aquel efervescente 1969, tal como recordó mucho después en su autobiografía.
Hace 41 años, el trompetista negro más talentoso (y, acaso, el único que podía garantizar conciertos taquilleros y muchos discos vendidos) descubrió que los viejos jazzeros lo miraban de reojo, que los jóvenes estaban más entusiasmados con el rock, que ya no vendía tantas entradas para sus shows y, para colmo, que su sello discográfico, Columbia, amenazaba con equipararlo a los artistas de música clásica, lo que equivalía a retacearle difusión y dinero. 
¿Qué podía hacer? Y lo que hizo fue Bitches Brew , uno de los 500 discos más importantes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stone , una genialidad que está cumpliendo 40 años (se lanzó originalmente en abril de 1970) y que justifica una edición especial (con tres CD, un DVD y dos vinilos, un libro y memorabilia) que Sony importó de los Estados Unidos y que ya se consigue aquí a un precio más que razonable: unos 350 pesos.
La genialidad de Bitches Brew consistió en romper lo establecido, electrificar el sonido con una concepción "hendrixiana", diluir las fronteras de la melodía seguida por los solos, machacar en los ritmos y en los climas, llevar la improvisación al paroxismo. Fue la piedra fundamental del jazz rock.
"Les dije a los músicos que podían tocar lo que quisieran, pero que yo debía tomar lo que hiciesen como un acorde -recordó Miles en su autobiografía-. Ellos sabían lo que podían hacer, y eso fue lo que hicieron. Descompusieron el acorde, con lo cual sonó lleno de riqueza. (?) Les dije aquello en los ensayos y luego les entregué los bocetos musicales que ninguno de ellos había visto. (?) Así, cuando empezamos a tocar, yo actuaba como un director de orquesta y, además, escribía alguna partitura para alguien o le decía que tocara diferentes cosas que oía a medida que la música se desarrollaba y se cohesionaba. Era un proceso suelto y, al mismo tiempo, amarrado".
Eso fue lo que logró Miles un 19 de agosto de 1969, cuando se encerró en el estudio de Columbia, en Nueva York, con su productor (Teo Macero), un saxofonista (Wayne Shorter), un clarinetista (Bennie Maupin), tres tecladistas (Joe Zawinul, Chick Corea y Larry Young), un guitarrista (John McLaughlin), dos bajistas (Dave Holland y Harvey Brooks), tres bateristas (Lenny White, Jack DeJohnette y Don Alias) y un percusionista (Jim Riley).
Allí les entregó los bocetos a los músicos, ordenó cerrar las puertas y exigió que se grabara todo. Así sucedió durante tres días. Esas cintas fueron editadas una y otra vez por Miles y Macero, como ingredientes de un collage sonoro. Y de esa forma nació Bitches Brew , en el que la improvisación del jazz se hermana con la furia eléctrica de Jimi Hendrix (que, nada casualmente, en esa época había construido una gran amistad con el trompetista) y que le permitió a Davis extender las fronteras de su música y de su público.
No es un disco fácil, pero vale la pena tenerle paciencia. Hay superposición de tramas, disonancias, ritmos hipnóticos, una pulsión rockera que no da tregua y ese gusto a libertad que deja en los oídos cada nota de la trompeta de Miles, más provocadora, más subversiva que nunca.

CAJITA FELIZ

Esta edición especial hace honor a la importancia de esta obra: tiene dos CD con la grabación original de Bitches Brew más seis bonus tracks, un tercer CD con un concierto nunca editado y grabado en Tanglewood, en 1970; un DVD con un show inédito de 1969, en Copenhague; la réplica exacta del doble LP original, remasterizado por primera vez; un libro de 48 páginas con fotos, reportajes y artículos diversos y, por último, un sobre con memorabilia, que incluye, entre otras cosas, reproducciones de fotos, un póster desplegable y el facsímil de la entrevista a Miles publicada por la Rolling Stone en 1969.
Un material que homenajea el exacto momento en que Miles Davis salió de la encerrona de su carrera sin mirar hacia el pasado, sino inventando el futuro. 

Discos: Dee Dee Bridgewater y Brad Mehldau

La Bella y la Bestia, en versión jazzera

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 28 de marzo de 2010

¿Llegaron La Bella y La Bestia en versión jazzera a la Argentina? Bueno, algo así. No se trata de ninguna adaptación de la comedia musical de Broadway, sino, simplemente, lo que inspira la edición en nuestro país de dos de los principales lanzamientos discográficos de jazz de 2010: Highway Rider , del pianista Brad Mehldau, y Eleanora Fagan, To Billie With Love , de la cantante Dee Dee Bridgewater.
Por un lado, el papel de La Bella está a cargo de Dee Dee, 59 años, oriunda de Memphis, Estados Unidos, que para volver de su fascinante viaje al corazón sonoro de Mali que inició en su anterior CD,Red Earth , decidió virar nuevamente hacia un proyecto más ortodoxo y diseñó un incandescente tributo a Billie Holiday.
"Me dio ganas de escuchar las versiones originales", fue el comentario de un amigo de buen oído que escuchó los doce temas que componen este disco. Lo dijo en tono crítico, claro está, pero, en realidad, esa sensación se transforma en uno de los puntos fuertes de este proyecto. Si la voz y, en especial, la interpretación de Billie la hicieron única entre las vocalistas de jazz de todos los tiempos, no había forma de competir. Dee Dee eligió el camino más riesgoso: abordar a su particular manera el repertorio de Lady Day.
Esa manera fue no imitar bajo ningún aspecto a Holiday, sino hacerle honor con su voz potente, cargada de histrionismo (se nota su experiencia actoral e, incluso, que interpretó el papel de Billie en la producción teatral Lady Day en los años ochenta). Y con esos temas que sabemos todos, pero de una forma que no la conocíamos: desde "Lady Sings The Blues", que abre el CD como una declaración de principios: arranca sincopadamente africana y se estabiliza desarmándose y volviéndose a armar, hasta el final, con un "Strange Fruit" que eriza la piel cuando la Bridgewater termina llorando.
No es menor la elección de sus acompañantes: Edsel Gómez en piano, Christian McBride en contrabajo, Lewis Nash en batería y, sobre todo, James Carter en saxo, se sacan chispas con esta verdadera bella del jazz en este bellísimo homenaje.
La Bestia, por otra parte, volvió a hacer de las suyas. Highway Rider se llama el nuevo disco doble de Brad Mehldau, quizá el más arriesgado para los cánones actuales del jazz y menos pensado para acomodarse al paladar de sus seguidores habituales. No faltan aquí dos pilares en los que suele descansar el andamiaje sonoro de Mehldau como el contrabajista Larry Grenadier ni el baterista Jeff Ballard (que comparte protagonismo y la percusión en algunos temas con Matt Chamberlain). Pero la clave de este proyecto es no sólo la huella indeleble que deja un saxofonista soberbio como Joshua Redman, sino, en especial, la presencia de la orquesta de cámara que dirige Dan Coleman.
Porque no se trata de una presencia decorativa ni convencional: en Highway Rider , las cuerdas no acompañan sino que refuerzan e incluso protagonizan una experiencia multigénero, que suena muchísimo más atrapante de lo que puede contarse. Aquí hay un Mehldau en su salsa, lejos de los standards, al borde del jazz, el pop y la música contemporánea, probando y ensayando expandir los límites de lo conocido.
No es un disco de digestión rápida, pero sí de esos a los que hay que darles la oportunidad de sonar una y otra vez para apreciar sus matices, sus múltiples capas, sus secretos, en los que parece estar el sello del productor Jon Brion, que ya había acompañado a Mehldau en Largo y que trabajó con Aimee Mann, Fiona Apple, Dido y Keane. Quizá no sea fácil, por ejemplo, la arquitectura orquestal de "Now You Must Climb Alone", pero es indudable que allí hay una bestia musical como Mehldau en estado puro. Y es sólo una canción entre quince, destinadas a convertirse en una banda sonora de los que piensan que el jazz no sería lo que es sin su esencia: el riesgo. 

Discos: nuevo sello de jazz

Rivorecords, un sello para nada standard

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 24 de octubre de 2011

¿Qué haría usted con 13.000 dólares? Créase o no, entre todas las posibilidades que a cualquiera se le pueden ocurrir, y que son tan innumerables como disímiles, el abogado Justo Lo Prete decidió invertir ese dinero en la grabación y en la edición de tres discos de jazz de artistas argentinos, basados sólo en standards, como parte de un nuevo sello discográfico que se llama Rivorecords y que es tan original que ya tuvo su fiesta de presentación, en Vinilo, hace diez días, y que incluso tiene prevista, un poco en serio y un poco en broma, su fiesta de clausura para dentro de un año en el mismo lugar.
¿Por qué? "Este proyecto me ha dejado mucha salud en el camino y soy una persona muy escéptica", aclara casi sin sonreír Lo Prete, de 43 años, un especialista en derecho penal que trabaja desde 1992 en uno de los principales estudios jurídicos del país y que es un empedernido coleccionista de discos. Afirma tener casi 10.000, de los cuales las dos terceras partes son de jazz, y que confiesa que estuvo tan obsesionado con los discos que, por ejemplo, una vez llegó a rastrear a las 3 de la mañana por Internet, la copia usada de un álbum en Japón y que también llamó a una persona en Oregon, Estados Unidos, para tratar de comprarle un CD que perseguía desde hacía meses.
"Trastorno obsesivo compulsivo", le diagnosticó el psiquiatra cuando este abogado llegó al consultorio, preocupado porque su hobby se transformó casi en un tormento. "Ahora estoy un poco mejor -dice Lo Prete a LA NACION- porque el grado de obsesión está volcado también en esto. Este proyecto me permite canalizar toda esa energía infernal que les ponía a los discos en algo más útil para la vida cultural. Y la verdad es que desde que estoy con esto casi no me he comprado discos." ¿Se curó gracias a Rivorecords? "Es el traslado del virus a otro cuerpo. Y me alegra", destaca.

CRUDO Y JAZZ

El "esto" a lo que aludía Lo Prete son tres discos impecables no sólo desde lo musical, sino también por su calidad de sonido (a cargo de Carlos Melero y Ricardo Sanz) y su presentación (fotos de Horacio Sbaraglia y el arte de su hijo, Juan): Our Delight , de la pianista Paula Shocron en trío, con Jerónimo Carmona, en contrabajo, y Eloy Michelini, en batería; A Child is Born , del saxofonista Carlos Lastra en cuarteto, con Francisco Lo Vuolo, en piano; Christian Bórtoli, en contrabajo, y Sebastián Groshaus en batería, y What's New? , del trompetista Mariano Loiácono en quinteto, con Gustavo Musso, en saxo; Lo Vuolo, en piano,; Carmona, en contrabajo, y Pepi Taveira, en batería.
Un verdadero seleccionado de lo mejor de la generación que brilla hoy en el jazz argentino, puesta al servicio, como se dijo, sólo de standards. Pero, ¿por qué no de temas originales? Afirma Lo Prete: "Hay un concepto detrás de esto, que no es ninguna originalidad, y que era grabar standards de un modo crudo. El standard es como la raíz de todo el jazz. A mí me gustan mucho y rara vez me conmueve un disco de un músico de 25 años que saca un álbum que tiene los diez temas compuestos, arreglados y producidos por él. Hay mucha gente a la que le pasa lo mismo que a mí".
Así, aconsejado, y, a veces, desalentado, por diversos amigos, Lo Prete avanzó, eligió los músicos, los convenció de su idea, consensuó con ellos los temas, pudo grabar los tres álbums en 50 días, logró que llegaran a las bateas y ahora planea editar más discos. "Tengo como cinco proyectos en mi cabeza. No soy rico ni tengo interés en ganar un solo peso. El objetivo es quedar hecho. Mis amigos pagaron la entrada de la presentación y compraron los discos porque saben que esto no es para que yo me vaya de viaje o para cambiar el teléfono celular, sino para que este proyecto pueda seguir."
Y ojalá que siga y que se frustre la fiesta de clausura. Mientras tanto, mañana, a las 21, se presentará el disco de Lastra en Vinilo y los tres primeros lanzamientos de Rivorecords ya se ganaron el lugar en el podio de los mejores discos de jazz del año, basados en la sencilla aspiración de Lo Prete: "No trato de revolucionar, sino de que la gente escuche los standards, que son la base del jazz, y siga con ganas de escuchar".

sábado, 12 de enero de 2013

Discos: la etapa de oro de Miles Davis

Miles Davis, los cinco               grandes del buen jazz

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 7 de marzo de 1999

El rey jazz no había muerto, pero, ¿vivía el rey jazz? Era 1964. Figuras como Miles Davis, John Coltrane y Thelonious Monk eran indiscutibles en la escena norteamericana, pero el fulminante ascenso del príncipe rock amenazaba con llevarse las preferencias del gran público, ese súbdito tan infiel como decisivo. Muchos le echaban la culpa, más allá de los atractivos de esa rítmica música de los Beatles, Elvis Presley y Chuck Berry, entre otros, a la moda del free jazz, experimental, nada melódico, intelectualizado.

"De pronto -recuerda Miles Davis en su autobiografía, publicada por Ediciones B, en 1991-, el jazz quedó obsoleto, se convirtió en la reliquia del pasado que se exhibe en la vitrina de un museo para que la examinen los estudiosos." El resultado: radios saturadas de rock, miles de discos vendidos, diarios y revistas que registraban ese fenómeno, clubes de jazz que cerraban y músicos del género que comenzaban a emigrar, sobre todo a Europa. La encrucijada estaba planteada: "Todo el mundo bailaba", como decía Miles, y le daba la espalda a las estrellas de un género que había revolucionado la música contemporánea, pero que había perdido terreno por esa combinación de propio estancamiento y del boom del rock and roll.

EL HOMBRE QUE DIO EL PASO

Y entonces, nuevamente, la nota la dio ese trompetista negro y brillante llamado Miles Davis, nacido el 26 de mayo de 1926, que había llegado a tocar, a finales de los años cuarenta, al lado de Dizzy Gillespie y de Charlie Parker. Entre mediados de los años cincuenta hasta ese fatídico 1964, Miles había logrado, sucesivamente: armar un quinteto de lujo acompañado por Coltrane, Red Gardland, Paul Chambers y Philly Joe Jones; aliarse al arreglador Gil Evans y conseguir que el jazz y una orquesta de veinte músicos no desentonaran, y grabar un disco como "Kind of Blue", con Coltrane, Cannonball Adderley y Bill Evans, una de las más preciadas joyas del género de todos los tiempos.
Y llegó 1965. Inquieto, y en la obsesiva búsqueda de un sonido propio, Miles decidió virtualmente archivar la recreación de standards y rodearse de cuatro músicos para formar lo que la historia recordará como una superbanda de jazz, que interpretaba temas propios, a mitad de camino entre la tradición y la experimentación: el saxofonista Wayne Shorter, el pianista Herbie Hancock, el contrabajista Ron Carter y el baterista Tony Williams (de apenas 17 años).
Miles recuerda en su libro: "En aquella banda yo era la inspiración, digamos que la sapiencia y el nexo de unión entre todos. Tony era el fuego, la chispa creativa; Wayne era el hombre de las ideas, el conceptualizador de una gran cantidad de ideas musicales que llevamos a la práctica, y Ron y Herbie eran el soporte".
En sólo cuatro años, entre 1965 y 1968, de esa unión quedaron registrados seis discos ("E.S.P.", "Miles Smiles", "Sorcerer", "Nefertiti", "Miles in the Sky" y "Filles de Kilimanjaro"), que hicieron historia. Los cinco primeros acaban de ser relanzados por Columbia, en versiones remasterizadas y, en algunos casos, con tracks inéditos hasta ahora y con booklets que incluyen notas y fotos distintos a los conocidos.
En todos los casos se trata de material imprescindible, de una época en la que Miles arriesgó y ganó. Y cuando lo logró, se dio el lujo de haber sido, a partir de 1969, el abanderado de la fusión entre el jazz y el rock, aquel viejo enemigo. Quienes aún no se acercaron a estos discos del período 1965-1968 podrán comprobar la dosis vanguardista de estos cinco grandes del buen jazz. Que resisten el paso del tiempo en su carácter de clásicos. 

Discos: Krall, Peyroux y Gardot

Tres voces femeninas en busca de su lugar en el jazz

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 15 de marzo de 2009


Las tres competirán, una vez más, por el voto de sus seguidores. Se mueven en un mundo masculino y representan el ascenso de las mujeres decididas y capaces. Algunos no quieren ni escucharlas, pero para sus simpatizantes más fieles su voz y su presencia son la mejor garantía de felicidad. ¿Que si hablamos de Cristina Kirchner, Elisa Carrió y Gabriela Michetti? Nada que ver.
Las tres figuras de las que hablamos entonan mejor, causan más satisfacción e, incluso, sacan mejor provecho de la improvisación, ese componente clave en el jazz. Se trata de Diana Krall, Madeleine Peyroux y Melody Gardot, tres grandes cantantes que coincidirán en lanzar sus nuevos discos en las próximas semanas, al democrático ritmo de un álbum por mes.
La primera en concretar su regreso es Peyroux, cuyo flamante Bare Bones será distribuido en las próximas horas en nuestro país. El 9 de abril será el turno de Diana Krall y su esperado Quiet Nights. Y el 7 de mayo, la ascendente Melody Gardot hará conocer su segundo CD, My One and Only Thrill.
Bare Bones es el cuarto disco de Peyroux y en el que más arriesga dentro de un estilo que no se aparta de su fórmula que le permitió el éxito: una voz lánguida y con asombrosas semejanzas a la de Billie Holiday, canciones cálidas, arreglos austeros y un productor con buen ojo y mejor oído, como Larry Klein, el ex marido de Joni Mitchell.
En este disco, la cantante participó de la composición de cada uno de los once temas que lo integran, en los que compartió la tarea, en algunos casos, con Walter Becker, una de las dos caras de Steely Dan. El resultado bordea el jazz sin decidirse a quedarse allí. Por momentos, como en "Love and Treachery", suena digna del repertorio de Leonard Cohen. En otros, como en "Instead", el sonido retro remite al álbum Careless Love, que le permitió a Peyroux salir del anonimato y transformarse en algo más que en una joven promesa. Y hay, en "You Can´t Do Me", con el devaneo funky que causan ese pianito y ese Hammond tan persistentes, una evidente influencia de Becker y Steely Dan.
Peyroux, que nació en los Estados Unidos, en 1973, vivió entre los 15 y los 23 años en París, donde comenzó a cantar en bares y en las calles. De regreso a su país, fue descubierta por un gran sello discográfico y así llegó su debut con Dreamland. Su impecable Careless Love, de 2004, marcó su consagración; le siguió Half the Perfect World, de 2006, en el que se animó a versiones de clásicos de Serge Gainsbourg, Tom Waits y Willie Nelson. Y, ahora, con Bare Bones avanza otro casillero dentro de su estilo de siempre.
La rubia Krall, esposa de Elvis Costello, en cambio, mostrará en Quiet Nights, la fórmula más tradicional y reconocible de su carrera. Standards recreados con su cálida voz, con arreglos de Tommy LiPuma y arreglos orquestales del famoso Claus Ogerman. La cantante canadiense parece haberse apasionado por la bossa nova e incluye canciones de Antonio Carlos Jobim, como "The Boy From Ipanema" (claro, "Garota de Ipanema", en versión femenina) y "Este Seu Olhar". Para alcanzar el clima bossanovesco ideal, mucho ayuda la mano experta de Ogerman, que dejó su marca en el orillo de célebres discos, como Francis Albert Sinatra & Antonio Carlos Jobim y Symbiosis, del pianista Bill Evans.
Finalmente, Melody Gardot, último descubrimiento del sello Verve, pondrá a su nuevo álbum, My One and Only Thrill, varios escalones arriba de su promisorio debut, Worrisome Heart, del año pasado. Con una voz pequeña, pero seductora, esta suerte de continuadora de Norah Jones redondea un disco de once temas, con acento en composiciones propias y una magnética versión en ritmo de bossa nova del clásico "Over The Rainbow". 

Discos: "Bitches Brew"

"Bitches Brew", de Miles Davis, el alumbramiento del jazz rock

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 30 de junio de 2007


En 1969, el año en el que Miles Davis cambió para siempre el jazz, el rock afianzaba su reinado con un festival que le dio patente de masivo, como Woodstock y, al mismo tiempo, de negocio para la incesante voracidad del mercado norteamericano. Y ese año ocurrió el milagro: de tanto escuchar a Jimi Hendrix, James Brown y Sly & The Family Stone, y harto de que su compañía discográfica le sugiriera que tratara de atraer a esos jóvenes que sólo querían rock, pero, sobre todo, siguiendo ese genial instinto de hacer trizas lo establecido, Miles parió una obra maestra Bitches Brew .
Este álbum, que Sony/BMG acaba de reeditar en la Argentina, marcó el comienzo del jazz rock, ese subgénero de las décadas del setenta y principios del ochenta que irritó muchas sensibilidades ortodoxas del público y abrió caminos sin retorno en auditorios completamente nuevos. La buena noticia de esta reedición no está sola: el mismo sello lanzó, en forma simultánea con los Estados Unidos, The Essential Jaco Pastorius , una espectacular recopilación de diversas etapas del bajista estrella de Weather Report, la banda emblemática del jazz rock, y se propone editar en las próximas semanas un compilado similar del guitarrista John McLaughlin y, además, Trio of Doom , que rescata grabaciones inéditas de 1979, en vivo y en estudio, de McLaughlin, Pastorius y el baterista Tony Williams.
Pero hay que volver a Bitches Brew , esa bomba neutrónica que derribó las estructuras conocidas y sólo dejó en pie el esqueleto del jazz. Miles era, a fines de los años sesenta, el incandescente músico que, como lo recuerda su autobiografía, decía de aquella época de rock en ascenso: "Yo no estaba preparado para convertirme en un recuerdo ( ). Había vislumbrado la senda del futuro con mi música e iba a seguirla hasta la meta, como lo había hecho siempre. No por Columbia y sus cifras de venta, ni menos para hacerme con unos cuantos compradores de discos, blancos y jóvenes ( ). Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello."
En 1969, Miles se había acercado mucho a Hendrix (a quien, a su vez, le gustaba el disco Kind of Blue y la forma en que tocaba John Coltrane). Y en febrero de ese año grabó In a Silent Way , el magistral esbozo de lo que terminó de perfeccionarse, pocos meses después, con Bitches Brew . Allí, el trompetista había estado experimentando, según él mismo afirma en esa autobiografía (escrita con Quincy Troupe), con "unos pocos cambios de acorde sencillos para tres pianos".
"Una cosa simple y divertida -agrega- porque, mientras trabajaba en ella, solía pensar en cómo Stravinsky había retrocedido hacia fórmulas sencillas. Así pues había escrito aquellas cosas, como un acorde y una línea de bajo y me encontré con que, por mucho que lo tocara, siempre era diferente. Escribía un acorde, una pausa, quizás otro acorde y resultaba que cuando más se tocaba, más seguía diferenciándose."
Así, el 19 de agosto de 1969, Miles encerró en un estudio a un saxofonista (Wayne Shorter), un clarinetista (Bennie Maupin), tres tecladistas (Joe Zawinul, Chick Corea y Larry Young), un guitarrista (McLaughlin), dos bajistas (Dave Holland y Harvey Brooks), tres bateristas (Lenny White, Jack DeJohnette y Don Alias) y un percusionista (Jim Riley). Cerró las puertas, reclamó que nadie los molestara, les entregó a los músicos apenas un boceto de lo que tocarían, les pidió que no dejaran de tocar en ningún momento y ordenó que se grabara toda la sesión. Lo mismo sucedió durante dos días más, el 20 y el 21 de agosto. El resto corrió por cuenta de Miles y su productor, el legendario Teo Macero, que editaron las sesiones como un rompecabezas psicodélico, con cortes, repeticiones y agregados que reiventaron el sonido original.
El resultado no es de digestión sencilla, pero termina siendo fascinante: no hay melodías, no hay solos, sino climas, atmósferas creadas por largas improvisaciones sin destino fijo y frenéticos encuentros entre la trompeta (más libre que nunca), una electrificada guitarra, los pianos eléctricos y el ritmo machacante.
Aun en su mejor momento, Miles nunca vendió más de 60.000 copias de cada uno de sus discos. Con Bitches Brew se acercó a las 500.000. Pero, más allá de haber expandido las posibilidades comerciales del género y, al mismo tiempo, los oídos de sus seguidores, logró imponer la idea de que todo era posible, de que el jazz y el rock podían ser parte de la misma travesía hacia ningún lugar conocido. Nada fue igual desde entonces: Miles se tornó cada vez más imprevisible y sus músicos siguieron ampliando las fronteras embanderados con la fusión: Shorter y Zawinul, con Weather Report; McLaughlin, con la Mahavishnu Orchestra, y Corea, con Return To Forever.
Bitches Brew , como se dijo, no es un disco fácil, pero si no se lo escucha es difícil, casi imposible, entender el increíble viraje que cambió para siempre el jazz.