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miércoles, 20 de marzo de 2013

Rock: concierto de Eric Clapton


Publicado en el diario La Nación, el 16 de octubre de 2011


Concierto del guitarrista, compositor y cantante Eric Clapton. Músicos : Con Chris Stainton y Tim Carmon en teclados, Willie Weeks en bajo, Steve Gadd en batería y Michelle John y Sharon White en coros. Lugar : Estadio de River Plata. Fecha : Viernes 14 de octubre de 2011. 
Nuestra opinión: muy bueno
La mano de Dios volvió a una cancha de fútbol. El milagro se produjo anteanoche, sin Diego Maradona de por medio, pero con un enviado del Señor como Eric Clapton, ante un estadio de River lleno de fieles, y con el mejor blues como testimonio de esa inquebrantable fe en que el blues puede sanar los espíritus y elevar las almas al cielo.
Después de sus visitas de 1990 y de 2001, el legendario guitarrista británico dejó en claro que, a sus 66 años, ya tiene una relación con el público argentino basada en un amor casi incondicional, como lo confirman no sólo ese contagioso estribillo de la gente, el "olé olé olá/Clapton/Clapton", convertido en una oración pagana, sino también en la mezcla de euforia, admiración y respeto con que los 45.000 espectadores siguieron cada uno de los 16 temas del tremendo show que calentó la noche en el barrio de Núñez.
Esta vez, como se sabía, Clapton eligió dejar afuera las novedades de sus últimos discos (con la única excepción de una deliciosa versión de "When Somebody Thinks You're Wonderful", de su último álbum en estudio) y concentrarse en una inefable galería de hits de esa larga carrera que comenzó en 1963, cuando debutó con la banda The Roosters, aunque su fama, y su irónico apodo de "slowhand" (mano lenta) empezó cuando se integró a The Yardbirds.

El concierto comenzó a las 21.10 con un Clapton vestido de manera sencilla (campera negra, jeans, náuticos marrones), caminando hacia el centro del escenario y con los primeros acordes de "Key To The Highway", toda una declaración de principios de casi dos horas de uno de los mejores tributos al blues que se recuerde en nuestro país. Siguió "Tell the Truth", un clásico de la época de Derek and the Dominos, e, inmediatamente, "Hoochie Coochie Man", de Willie Dixon, en el que los inspirados solos de Chris Stainton en piano y Tim Carmon en órgano se ganaron las unánimes ovaciones.
El resto de la banda, con menos protagonismo, se puso al servicio de la magia claptoniana: desde el genial baterista Steve Gadd, hasta el bajista Willie Weeks, pasando por el vigoroso coro de Michelle John y Sharon White.
El show siguió con "I Shot The Sheriff", algo más rockera, y un segmento acústico de clásicos como "Driftin", "Nobody Knows You When You're Down And Out", "Lay Down Sally" y una versión de "Layla" como si hubiera sido compuesta en Nueva Orléans, con la misma carga blusera de su flamante disco con Wynton Marsalis.
Clapton no podría ser animador de una fiesta: no saludó al público ni hizo ningún comentario, excepto para presentar a sus tecladistas. Pero la arrasadora potencia de su guitarra y el encanto de su voz, que no acusan recibo del almanaque, le bastan para seguir conquistando multitudes. La mejor demostración fue el último tramo del show, que cortó la respiración a fuerza de blues y de rock: "Badge", "Wonderful Tonight" (con los celulares en alto), "Before You Accuse Me", "Little Queen Of Spades", "Cocaine" y "Crossroads", que fue el único bis. Quizá lo único criticable, a juicio de los silbidos que bajaron de las plateas, de un concierto en el que Clapton volvió a lograr que el blues se sacara la naftalina y sacara patente de masivo, moderno y motivador.

domingo, 13 de enero de 2013

Discos: lo nuevo de Weather Report

El jazz rock de Weather Report

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 17 de noviembre de 2002

Formaron la alianza que más esperaba la gente. Uno era medio aburrido y al otro le gustaba ir contra la corriente. Llegaron a ser votados como los mejores en sus categorías. Pero el final del gran sueño comenzó cuando uno renunció a su puesto.
No, no se trata de la historia de Fernando de la Rúa y Carlos "Chacho" Alvarez, sino del saxofonista Wayne Shorter y del tecladista Joe Zawinul, líderes de Weather Report, una de las grandes bandas de la historia que hizo de la fusión su marca registrada y que brilló con luz propia en la marquesina de ese subgénero que, a partir de la década del setenta y no más allá del ochenta, se llamó jazz rock.
En ese mismo rubro hubo grupos como la Mahavishnu Orchestra, manejada por el guitarrista inglés John McLaughlin; Return to Forever, con el inconfundible sello del pianista Chick Corea, y The Eleventh House, del guitarrista Larry Coryell.
Todos, de todas formas, fueron hijos directos del virtual inventor del jazz rock: Miles Davis. En 1968, el trompetista rechazó las sugerencias de su compañía discográfica para ganar nuevas audiencias, que por entonces estaban dominadas por el rock y por el funk. "Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello", recuerda Davis en su autobiografía.
De la bronca surgió "Bitches brew", el álbum que cambió el rumbo, el primer disco que se escapó de los cánones jazzeros y se animó a explorar sonoridades rockeras (con un bajo eléctrico, un percusionista y tres tecladistas, por ejemplo).

LA BANDA PRECURSORA

¿Quiénes acompañaron a Miles en esa aventura que terminó por transformar al jazz? Entre otros, un pianista austríaco llamado Josef Zawinul, a quien Davis convocó luego de quedar fascinado con el sonido del piano eléctrico en "Mercy, mercy, mercy", de Cannonball Adderley. Y Wayne Shorter, el saxofonista nacido en Newark, New Jersey, que también había tocado con Adderley, Maynard Ferguson y Art Blakey. Estos dos tipos audaces fueron los mismos que, a partir de 1970, terminaron por romper muchos de los moldes jazzeros del momento con su propio grupo, Weather Report.
La fórmula era sencilla, pero había que hacerla en ese momento: salirse del esquema tradicional del bebop, no distinguir entre solos y acompañamientos, mezclar el saxo acústico de Shorter con el laboratorio electrónico de Zawinul, crear climas hipnóticos más que motivos musicales convencionales. Weather Report tuvo ese sello, pero también el de ser un semillero de jóvenes talentos. Siempre al lado de la indestructible dupla fundadora, por sus filas pasaron, entre otros, Alphonso Johnson, Omar Hakim, Manolo Badrena, Peter Erskine, Chester Thompson, Alex Acuña, Miroslav Vitous, Victor Bailey y, sobre todo, Jaco Pastorius, ese malogrado hechicero (murió a los 36 años en una pelea callejera) que revolucionó el bajo eléctrico (fretless) y le otorgó un papel protagónico no sólo en el diseño del ritmo.
Mucho de lo que hizo este supergrupo por derribar las fronteras jazzeras (por momentos demasiado cerradas a cualquier influencia foránea) está condensado en el flamante disco doble "Live and unreleased", que Sony acaba de distribuir en el país, en su edición importada pero a un precio acorde al de los bolsillos devaluados. Se trata de 18 temas que abarcan el período 1975-1983, grabados en vivo en Estados Unidos y en Gran Bretaña, y en versiones nunca antes editadas.
Los fanáticos de la banda -para quienes no lo son es una excelente oportunidad para ser iniciados en el culto de la alianza Zawinul-Shorter- podrán apreciar clásicos absolutos como "Teen Town", "Black Market", "Elegant People", "Plaza Real" y, en especial, "In a Silent Way", entre otros. Pero, sobre todo, tener condensadas en dos discos las distintas etapas y formaciones de los WR. Y así confirmar, por ejemplo, cómo los seis años de Pastorius en el grupo fueron acaso los más gloriosos y compactos. En vivo, como los argentinos pudimos comprobar en dos ocasiones, en 1972, durante una gira del pianista Friedrich Gulda, y en 1980, en el Bue Festival que se hizo en el Luna Park, Weather Report es más asombroso aún que en estudios. Zawinul desprende de ciertos artificios sus característicos sonidos atmosféricos y multiétnicos. Shorter suena desatado, menos contenido. Y las diversas secciones rítmicas son el compendio más perfecto de la energía. Una joya.

EL PRESENTE DE LOS EX REPORT

Este milagroso CD coincide con la aparición en los Estados Unidos de los nuevos álbumes de Zawinul y de Shorter, que, lamentablemente, no tienen asegurada su edición local. En el caso del tecladista, tras su dispar experiencia con The Zawinul Syndicate, "Faces & places" es lo más parecido a Weather Report que grabó desde su separación de la banda. Además de guiños a su público porteño (el tema "Borges Bs.As."), el músico austríaco reemplaza aquí el protagonismo de los instrumentos por las voces humanas (y electrónicas, porque utiliza el legendario Vocoder, esa maquinita que transforma el sonido de las cuerdas vocales). Lo acompañan gargantas ilustres como Maria Jo‹o y Richard Bona, entre otras.
La reaparición de Shorter, más clásicamente bebop, se llama "Footprints live" y es un álbum grabado en vivo junto con el pianista Danilo Pérez, el bajista John Patitucci y el baterista Brain Blade. La mayoría de sus temas son standards del repertorio del mismo Shorter, que con el paso del tiempo está tocando cada día mejor su saxo. La presencia de Danilo es un punto fuerte de este buen disco.
"Mi definición del jazz significa sin categorías. Jazz, para mí, es el sonido que significa drama de varios elementos", afirma Shorter en el booklet de la cuidada edición de "Live and unreleased". Hoy, cuando el anquilosado jazz hace que se extrañe tanto esa desbordante, creativa y potente alianza que se llamó Weather Report, queda confirmado que Zawinul y Shorter son piezas clave de nuestra era (y que fueron muchos más efectivos que De la Rúa y Chacho Alvarez, claro está). 

Rock: crítica del show de Santana

El hechicero en su mejor forma

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 11 de marzo de 2006

Carlos Santana se reconcilió en sus últimos tres discos con la industria discográfica, al permitirle ganar millones de dólares con sus millones de discos vendidos, pero en el recital de anteanoche, en el Campo de Polo, se reconcilió con su identidad.
Casi ni una concesión estricta a la lógica del mercado tuvo el vibrante recital, de casi dos horas y media, que brindó ante unas 12.000 personas. Apenas podría enrolarse en ese rubro la intervención de Alejandro Lerner en "Hoy es adiós", pero más como un gesto de amistad hacia el país al que visitaba por tercera vez en sus 37 años de carrera. El resto fue una lección de cómo un mito de 59 años puede sacudir un gastadísimo rótulo de rock latino hasta conseguir que vuelva a renovarle la patente de leyenda.
Contra los pronósticos de quienes pensaban que escucharían a un pasteurizado Santana que se limitaría a recrear sus últimos hits, el hechicero de dedos endemoniados y discurso esotérico no tocó ni un solo tema de su nuevo CD, "All That I Am"; apenas cinco de su hiperexitoso "Supernatural" (con el que ganó Grammy hasta cansarse) y tres de "Shamán"; es decir, eligió menos de la mitad de su repertorio de su trilogía más vendedora pero con menos personalidad.
Al comienzo hizo "Sacrificio Soul", el mismo clásico de su álbum debut, de 1969, la misma canción que deslumbró a los hippies (y no hippies) de Woodstock, marcó el indicio de que un Santana en su mejor forma (y acompañado con una de sus mejores bandas) se internaba en los inicios de su propia historia para redescubrirse.
Así, desfilaron canciones que hacía muchos años que no tocaba en vivo, como el combo que forman el afro contagioso de "Batuka" y la electrizante "Nadie de quien depender", el mismo comienzo de "Santana III" (en Estados Unidos acaba de aparecer una edición especial de este disco, doble, con tracks inéditos, a 35 años de su lanzamiento). O el vértigo serpenteante de "Jingo" y una gran versión de "Evil Ways" (enganchada con "A Love Supreme", de John Coltrane), también del primer disco. No faltaron, por suerte, los archiclásicos del repertorio santanesco "Black Magic Woman/Gypsy Queen" y "Oye cómo va", precedidas por otro tema de "Abraxas": nada menos que "Samba pa´ti".
A esa altura de la noche, aun sin conocer la historia de Santana, cualquiera podía darse cuenta de que el que estaba sobre el escenario, con su clásico gorrito de lana y su camisa llena de brillos, colores y rostros de Bob Marley, era realmente un héroe de la guitarra.
Fue extraña la composición del auditorio. Las entradas eran caras, pero aun así hubo pocos claros en los distintos sectores del Campo de Polo (con una organización algo intrincada aunque bastante eficaz). Quinceañeros que habrán conocido a Santana por el video de "The Game of Love", el hit pop de "Shamán", se entremezclaban con fanáticos que aullaban con cada viejo acorde. El ritmo que proponía la música tardó demasiado en contagiarse entre la gente. Hasta tal punto que el propio guitarrista ironizó: "Se ve que están cansados porque los veo sentados".
La mayor electricidad en el ambiente la provocó un puñado de hits de "Supernatural", como "Smooth", "Corazón espinado" y "(Da Le) Yaleo". Y hasta hubos pasajes jazzeados con "Venus: Upper Egypt", de Pharoah Sanders, que confirmaron de dónde habían salido músicos como el tecladista Chester Thompson, el bajista Benny Rietveld y, sobre todo, ese increíble Hulk de los parches que es el baterista Dennis Chambers (cuyo prolongado e hipnótico solo hizo vibrar al barrio). Karl Perazzo y Raul Rekow, por su parte, se transformaron en una implacable maquinaria percusiva.
También hubo más homenajes. Además de hacerlo con Coltrane y con Sanders, Santana recreó "Purple Haze", de Jimi Hendrix, y brindó un tributo a Marley con una efervescente "Exodus", con tramos de "Get Up, Stand Up". Poco antes del final, la euforia llegó a la gente. Nadie terminó sentado en este recital antológico, en el que Santana fue un veterano hechicero que practicó el viejo truco de mirar hacia atrás para ir hacia adelante. O de fijarse más en sus orígenes y menos en los rankings de hits. 

Discos: una grabación legendaria de Miles Davis

La metamorfosis de Miles

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 10 de octubre de 2010

El era nada menos que Miles Davis, pero se sentía atrapado sin salida. "Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello", pensaba en aquel efervescente 1969, tal como recordó mucho después en su autobiografía.
Hace 41 años, el trompetista negro más talentoso (y, acaso, el único que podía garantizar conciertos taquilleros y muchos discos vendidos) descubrió que los viejos jazzeros lo miraban de reojo, que los jóvenes estaban más entusiasmados con el rock, que ya no vendía tantas entradas para sus shows y, para colmo, que su sello discográfico, Columbia, amenazaba con equipararlo a los artistas de música clásica, lo que equivalía a retacearle difusión y dinero. 
¿Qué podía hacer? Y lo que hizo fue Bitches Brew , uno de los 500 discos más importantes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stone , una genialidad que está cumpliendo 40 años (se lanzó originalmente en abril de 1970) y que justifica una edición especial (con tres CD, un DVD y dos vinilos, un libro y memorabilia) que Sony importó de los Estados Unidos y que ya se consigue aquí a un precio más que razonable: unos 350 pesos.
La genialidad de Bitches Brew consistió en romper lo establecido, electrificar el sonido con una concepción "hendrixiana", diluir las fronteras de la melodía seguida por los solos, machacar en los ritmos y en los climas, llevar la improvisación al paroxismo. Fue la piedra fundamental del jazz rock.
"Les dije a los músicos que podían tocar lo que quisieran, pero que yo debía tomar lo que hiciesen como un acorde -recordó Miles en su autobiografía-. Ellos sabían lo que podían hacer, y eso fue lo que hicieron. Descompusieron el acorde, con lo cual sonó lleno de riqueza. (?) Les dije aquello en los ensayos y luego les entregué los bocetos musicales que ninguno de ellos había visto. (?) Así, cuando empezamos a tocar, yo actuaba como un director de orquesta y, además, escribía alguna partitura para alguien o le decía que tocara diferentes cosas que oía a medida que la música se desarrollaba y se cohesionaba. Era un proceso suelto y, al mismo tiempo, amarrado".
Eso fue lo que logró Miles un 19 de agosto de 1969, cuando se encerró en el estudio de Columbia, en Nueva York, con su productor (Teo Macero), un saxofonista (Wayne Shorter), un clarinetista (Bennie Maupin), tres tecladistas (Joe Zawinul, Chick Corea y Larry Young), un guitarrista (John McLaughlin), dos bajistas (Dave Holland y Harvey Brooks), tres bateristas (Lenny White, Jack DeJohnette y Don Alias) y un percusionista (Jim Riley).
Allí les entregó los bocetos a los músicos, ordenó cerrar las puertas y exigió que se grabara todo. Así sucedió durante tres días. Esas cintas fueron editadas una y otra vez por Miles y Macero, como ingredientes de un collage sonoro. Y de esa forma nació Bitches Brew , en el que la improvisación del jazz se hermana con la furia eléctrica de Jimi Hendrix (que, nada casualmente, en esa época había construido una gran amistad con el trompetista) y que le permitió a Davis extender las fronteras de su música y de su público.
No es un disco fácil, pero vale la pena tenerle paciencia. Hay superposición de tramas, disonancias, ritmos hipnóticos, una pulsión rockera que no da tregua y ese gusto a libertad que deja en los oídos cada nota de la trompeta de Miles, más provocadora, más subversiva que nunca.

CAJITA FELIZ

Esta edición especial hace honor a la importancia de esta obra: tiene dos CD con la grabación original de Bitches Brew más seis bonus tracks, un tercer CD con un concierto nunca editado y grabado en Tanglewood, en 1970; un DVD con un show inédito de 1969, en Copenhague; la réplica exacta del doble LP original, remasterizado por primera vez; un libro de 48 páginas con fotos, reportajes y artículos diversos y, por último, un sobre con memorabilia, que incluye, entre otras cosas, reproducciones de fotos, un póster desplegable y el facsímil de la entrevista a Miles publicada por la Rolling Stone en 1969.
Un material que homenajea el exacto momento en que Miles Davis salió de la encerrona de su carrera sin mirar hacia el pasado, sino inventando el futuro. 

Discos: Dee Dee Bridgewater y Brad Mehldau

La Bella y la Bestia, en versión jazzera

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 28 de marzo de 2010

¿Llegaron La Bella y La Bestia en versión jazzera a la Argentina? Bueno, algo así. No se trata de ninguna adaptación de la comedia musical de Broadway, sino, simplemente, lo que inspira la edición en nuestro país de dos de los principales lanzamientos discográficos de jazz de 2010: Highway Rider , del pianista Brad Mehldau, y Eleanora Fagan, To Billie With Love , de la cantante Dee Dee Bridgewater.
Por un lado, el papel de La Bella está a cargo de Dee Dee, 59 años, oriunda de Memphis, Estados Unidos, que para volver de su fascinante viaje al corazón sonoro de Mali que inició en su anterior CD,Red Earth , decidió virar nuevamente hacia un proyecto más ortodoxo y diseñó un incandescente tributo a Billie Holiday.
"Me dio ganas de escuchar las versiones originales", fue el comentario de un amigo de buen oído que escuchó los doce temas que componen este disco. Lo dijo en tono crítico, claro está, pero, en realidad, esa sensación se transforma en uno de los puntos fuertes de este proyecto. Si la voz y, en especial, la interpretación de Billie la hicieron única entre las vocalistas de jazz de todos los tiempos, no había forma de competir. Dee Dee eligió el camino más riesgoso: abordar a su particular manera el repertorio de Lady Day.
Esa manera fue no imitar bajo ningún aspecto a Holiday, sino hacerle honor con su voz potente, cargada de histrionismo (se nota su experiencia actoral e, incluso, que interpretó el papel de Billie en la producción teatral Lady Day en los años ochenta). Y con esos temas que sabemos todos, pero de una forma que no la conocíamos: desde "Lady Sings The Blues", que abre el CD como una declaración de principios: arranca sincopadamente africana y se estabiliza desarmándose y volviéndose a armar, hasta el final, con un "Strange Fruit" que eriza la piel cuando la Bridgewater termina llorando.
No es menor la elección de sus acompañantes: Edsel Gómez en piano, Christian McBride en contrabajo, Lewis Nash en batería y, sobre todo, James Carter en saxo, se sacan chispas con esta verdadera bella del jazz en este bellísimo homenaje.
La Bestia, por otra parte, volvió a hacer de las suyas. Highway Rider se llama el nuevo disco doble de Brad Mehldau, quizá el más arriesgado para los cánones actuales del jazz y menos pensado para acomodarse al paladar de sus seguidores habituales. No faltan aquí dos pilares en los que suele descansar el andamiaje sonoro de Mehldau como el contrabajista Larry Grenadier ni el baterista Jeff Ballard (que comparte protagonismo y la percusión en algunos temas con Matt Chamberlain). Pero la clave de este proyecto es no sólo la huella indeleble que deja un saxofonista soberbio como Joshua Redman, sino, en especial, la presencia de la orquesta de cámara que dirige Dan Coleman.
Porque no se trata de una presencia decorativa ni convencional: en Highway Rider , las cuerdas no acompañan sino que refuerzan e incluso protagonizan una experiencia multigénero, que suena muchísimo más atrapante de lo que puede contarse. Aquí hay un Mehldau en su salsa, lejos de los standards, al borde del jazz, el pop y la música contemporánea, probando y ensayando expandir los límites de lo conocido.
No es un disco de digestión rápida, pero sí de esos a los que hay que darles la oportunidad de sonar una y otra vez para apreciar sus matices, sus múltiples capas, sus secretos, en los que parece estar el sello del productor Jon Brion, que ya había acompañado a Mehldau en Largo y que trabajó con Aimee Mann, Fiona Apple, Dido y Keane. Quizá no sea fácil, por ejemplo, la arquitectura orquestal de "Now You Must Climb Alone", pero es indudable que allí hay una bestia musical como Mehldau en estado puro. Y es sólo una canción entre quince, destinadas a convertirse en una banda sonora de los que piensan que el jazz no sería lo que es sin su esencia: el riesgo. 

Blues: crítica del show de B.B. King

El viejo sabio de la guitarra del blues

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 27 de marzo de 2010

Fue como haber estado en el living de casa con un abuelo sabio y canchero que llegó de Mississippi y que se pasó una larga velada contando historias, cantando y tocando la guitarra para complacer a una familia a la que no veía hacía mucho tiempo. Esa fue la sensación, entre otras posibles, que dejó el regreso de B.B. King a la Argentina.
En realidad, las únicas diferencias entre aquella imagen hogareña y los dos recitales porteños del Rey del Blues son dos: el living fue el Luna Park y la familia, 12.600 personas que llenaron todas las butacas entre el miércoles y el jueves pasados. Más allá de la euforia del público, lo que pudo verse y escucharse fue un B.B. King que no disimuló sus 84 años ni la virtual condición de última gira internacional en que parece haberse transformado este One More Time Tour: aunque predominó el humor, tanto en la música como en los comentarios de esta leyenda viviente, el clima tuvo un matiz nostálgico, con mucha emoción contenida y con un nítido sabor a despedida.
Ese es, quizá, el único matiz distintivo de este regreso con gloria de la última gran leyenda viviente del género. El resto fue similar, por suerte, al de siempre: una aplanadora blusera en la que brilló no sólo la estrella de la noche sino también su banda, una potente formación de ocho músicos entre los que figuraba su sobrino, Walter Riley King, en saxo barítono y flauta. Es cierto que B.B. King tocó menos y habló más que en otros conciertos, pero cada vez que acariciaba las cuerdas de su guitarra Lucille como sólo él sabe hacerlo, el estadio rugía como si estuviera festejando un gol.
Es que, a su edad, este hombre corpulento, que toca sentado como el jefe de la tribu, y que es imposible que pase inadvertido con saco multicolor y chaleco dorado, sabe que la velocidad no es la clave para transmitir algo. Por eso paladeó y demoró muchos de sus característicos solos, sobre todo en algunos blues lentos como "Darling You Know I Love", por más que a veces haya acelerado al máximo, sin freno, como en la versión hiperkinética de "When Love Comes To Town", que inmortalizó junto con U2.
B.B. King no sólo tiene el talento para lo que es evidente en cualquiera de sus discos, sino que en vivo le añade una condición de eficaz showman: coqueteó con las damas presentes, tiró besitos al micrófono, gesticuló como nunca y hasta transformó el simple hecho de refrescarse con un poco de jugo de manzana en un acto casi humorístico.
En su repertorio no faltaron, como siempre, clásicos inoxidables como "Every Day I Have The Blues", "Rock Me Baby" y, sobre todo, "The Thrill Is Gone", a la que este patriarca blusero siempre le encuentra algún matiz distinto, siempre conmovedor. Ni tampoco faltó una novedad como la efervescente "One Kind Favor", de su último disco.
B.B. King comenzó y se despidió añadiendo más ingredientes para lagrimear, como las constantes referencias a Pappo, con quien tocó en la Argentina y en el Madison Square Garden de Nueva York. Fueron dos horas de una verdadera master class de blues que terminó con una festiva "When The Saints Go Marching In", entonada por un abuelo sabio y canchero que llegó de Mississippi logrando conmover a miles de porteños con la misma e inefable fórmula que tantas veces repitió en sus 84 años.

Jazz: cierre del festival porteño 2011

El festival de los mil milagros

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 9 de noviembre de 2011

"También para esto es un festival de jazz", repetía un eufórico Adrián Iaies, su director artístico, ante un grupo de periodistas, el domingo pasado, en el hall del teatro Coliseo, minutos antes del cierre de este acontecimiento cultural que logró que, en seis días, 70.000 personas disfrutaran de 70 conciertos a cargo de 200 músicos locales y 40 internacionales en siete salas distintas.
"También para esto es un festival de jazz", decía Iaies como corolario de una anécdota reveladora del momento actual del jazz nacional: el legendario trompetista norteamericano Charles Tolliver quedó tan entusiasmado con el talento de su joven colega argentino Mariano Loiácono que quiso reunirse dos veces con él y le terminó ofreciendo todo lo necesario para que vaya a tocar a los Estados Unidos.
Un festival de jazz como el de Buenos Aires, que ya llegó a su cuarta edición, sirve para estos intercambios y estos cruces entre artistas de distintas partes del mundo, arriba y abajo del escenario, pero, sobre todo, sirve para que el público, ávido, curioso, entusiasta, agradecido, aproveche para hacer una recorrida por gran parte de lo mejor del género en nuestro país y para conocer a artistas internacionales que probablemente ningún productor local se animaría a traer.
Para esto sirve un festival como éste, que se había inaugurado con un soberbio concierto del pianista Kenny Werner y se cerró con otro excelente programa, en el que la apasionante propuesta del guitarrista franco-vietnamita Nguyên Lê pareció el contrapeso ideal para la impronta vanguardista de la percusionista danesa Marilyn Mazur.
En el medio, Tolliver con la Manuel de Falla Big Band, Arild Andersen, Ernesto Jodos, la big band Inmigrantes, Paula Shocrón, Juan Cruz de Urquiza y su visión del mundo de Charly García, Francisco Lo Vuolo, Guadalupe Raventos, el Ensamble Real Book Argentina y la dupla Gustavo Bergalli-Jorge Navarro, por mencionar sólo algunas de las mejores propuestas.
Pero hubo mucho más, como por ejemplo el concierto que brindó el sábado pasado el trompetista italiano Paolo Fresu, y que mostró cómo ser innovador, enérgico y descontracturado en escena y no perder sustancia jazzera en el intento.
A Fresu, una de las jóvenes maravillas del inagotable semillero musical de la península, le gusta utilizar los filtros electrónicos para crear climas y cambiarle el sonido a la trompeta, con mucho del espíritu del último Miles Davis, aunque a veces pareció abusar de esos chiches y salió indemne gracias a su buen gusto y a su enorme talento.
Esa suerte de revival de jazz rock que propone en algunas canciones, o, en general, de jazz electrificado que le debe mucho al funk, salió ganando gracias a esa sociedad virtuosa con el guitarrista Bebo Ferra, el contrabajista Paolino Dalla Porta y, sobre todo, el baterista Stefano Bagnoli, una estrella de los parches.
Apenas un día después llegó el inmejorable final del festival, con un concierto memorable en el que Nguyên Lê y su proyecto Saiyuki conquistó los oídos y los corazones de los afortunados que llenaron el Coliseo. El guitarrista, una versión jazzera y asiática de Jimi Hendrix (no por nada uno de sus trabajos más conocidos gira en torno del creador de "Purple Haze"), comanda un trío que le debe mucho al Shakti de John McLaughlin, pero que va mucho más allá. Sus punteos, que parecen estiletes conectados a 220 watts, son apenas una parte de ese fascinante fresco multiétnico que incluye el magnetismo de la japonesa Mieko Miyazaki, ejecutante del koto, una suerte de arpa horizontal, y el caleidoscopio rítmico del indio Prabhu Edouard, en tabla y percusión (y convertido en un maestro de ceremonias, gracioso y que, en un español muy aceptable, instaba a la gente a cantar y participar).
Suena como nada de lo conocido, como aquello que uno debe escuchar si quiere ser conmovido y movilizado por tres artistas que dejaron a todos en estado de éxtasis. Por eso fue extraño que el programa lo cerrara, o enfriara, Mazur (quizá debería haber sido al revés), una percusionista brillante, pero cuya música racional, intrincada, apoyada en los climas, con guiños que remiten al jazz rock experimental de los años 70, merecía no ser comparada con esos tres mundos unidos por la cuerda sensible de Nguyên Lê.
Pero también para este tipo de cosas, por suerte, sirve un festival indispensable como éste.

Discos: nuevo sello de jazz

Rivorecords, un sello para nada standard

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 24 de octubre de 2011

¿Qué haría usted con 13.000 dólares? Créase o no, entre todas las posibilidades que a cualquiera se le pueden ocurrir, y que son tan innumerables como disímiles, el abogado Justo Lo Prete decidió invertir ese dinero en la grabación y en la edición de tres discos de jazz de artistas argentinos, basados sólo en standards, como parte de un nuevo sello discográfico que se llama Rivorecords y que es tan original que ya tuvo su fiesta de presentación, en Vinilo, hace diez días, y que incluso tiene prevista, un poco en serio y un poco en broma, su fiesta de clausura para dentro de un año en el mismo lugar.
¿Por qué? "Este proyecto me ha dejado mucha salud en el camino y soy una persona muy escéptica", aclara casi sin sonreír Lo Prete, de 43 años, un especialista en derecho penal que trabaja desde 1992 en uno de los principales estudios jurídicos del país y que es un empedernido coleccionista de discos. Afirma tener casi 10.000, de los cuales las dos terceras partes son de jazz, y que confiesa que estuvo tan obsesionado con los discos que, por ejemplo, una vez llegó a rastrear a las 3 de la mañana por Internet, la copia usada de un álbum en Japón y que también llamó a una persona en Oregon, Estados Unidos, para tratar de comprarle un CD que perseguía desde hacía meses.
"Trastorno obsesivo compulsivo", le diagnosticó el psiquiatra cuando este abogado llegó al consultorio, preocupado porque su hobby se transformó casi en un tormento. "Ahora estoy un poco mejor -dice Lo Prete a LA NACION- porque el grado de obsesión está volcado también en esto. Este proyecto me permite canalizar toda esa energía infernal que les ponía a los discos en algo más útil para la vida cultural. Y la verdad es que desde que estoy con esto casi no me he comprado discos." ¿Se curó gracias a Rivorecords? "Es el traslado del virus a otro cuerpo. Y me alegra", destaca.

CRUDO Y JAZZ

El "esto" a lo que aludía Lo Prete son tres discos impecables no sólo desde lo musical, sino también por su calidad de sonido (a cargo de Carlos Melero y Ricardo Sanz) y su presentación (fotos de Horacio Sbaraglia y el arte de su hijo, Juan): Our Delight , de la pianista Paula Shocron en trío, con Jerónimo Carmona, en contrabajo, y Eloy Michelini, en batería; A Child is Born , del saxofonista Carlos Lastra en cuarteto, con Francisco Lo Vuolo, en piano; Christian Bórtoli, en contrabajo, y Sebastián Groshaus en batería, y What's New? , del trompetista Mariano Loiácono en quinteto, con Gustavo Musso, en saxo; Lo Vuolo, en piano,; Carmona, en contrabajo, y Pepi Taveira, en batería.
Un verdadero seleccionado de lo mejor de la generación que brilla hoy en el jazz argentino, puesta al servicio, como se dijo, sólo de standards. Pero, ¿por qué no de temas originales? Afirma Lo Prete: "Hay un concepto detrás de esto, que no es ninguna originalidad, y que era grabar standards de un modo crudo. El standard es como la raíz de todo el jazz. A mí me gustan mucho y rara vez me conmueve un disco de un músico de 25 años que saca un álbum que tiene los diez temas compuestos, arreglados y producidos por él. Hay mucha gente a la que le pasa lo mismo que a mí".
Así, aconsejado, y, a veces, desalentado, por diversos amigos, Lo Prete avanzó, eligió los músicos, los convenció de su idea, consensuó con ellos los temas, pudo grabar los tres álbums en 50 días, logró que llegaran a las bateas y ahora planea editar más discos. "Tengo como cinco proyectos en mi cabeza. No soy rico ni tengo interés en ganar un solo peso. El objetivo es quedar hecho. Mis amigos pagaron la entrada de la presentación y compraron los discos porque saben que esto no es para que yo me vaya de viaje o para cambiar el teléfono celular, sino para que este proyecto pueda seguir."
Y ojalá que siga y que se frustre la fiesta de clausura. Mientras tanto, mañana, a las 21, se presentará el disco de Lastra en Vinilo y los tres primeros lanzamientos de Rivorecords ya se ganaron el lugar en el podio de los mejores discos de jazz del año, basados en la sencilla aspiración de Lo Prete: "No trato de revolucionar, sino de que la gente escuche los standards, que son la base del jazz, y siga con ganas de escuchar".

sábado, 12 de enero de 2013

Discos: la etapa de oro de Miles Davis

Miles Davis, los cinco               grandes del buen jazz

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 7 de marzo de 1999

El rey jazz no había muerto, pero, ¿vivía el rey jazz? Era 1964. Figuras como Miles Davis, John Coltrane y Thelonious Monk eran indiscutibles en la escena norteamericana, pero el fulminante ascenso del príncipe rock amenazaba con llevarse las preferencias del gran público, ese súbdito tan infiel como decisivo. Muchos le echaban la culpa, más allá de los atractivos de esa rítmica música de los Beatles, Elvis Presley y Chuck Berry, entre otros, a la moda del free jazz, experimental, nada melódico, intelectualizado.

"De pronto -recuerda Miles Davis en su autobiografía, publicada por Ediciones B, en 1991-, el jazz quedó obsoleto, se convirtió en la reliquia del pasado que se exhibe en la vitrina de un museo para que la examinen los estudiosos." El resultado: radios saturadas de rock, miles de discos vendidos, diarios y revistas que registraban ese fenómeno, clubes de jazz que cerraban y músicos del género que comenzaban a emigrar, sobre todo a Europa. La encrucijada estaba planteada: "Todo el mundo bailaba", como decía Miles, y le daba la espalda a las estrellas de un género que había revolucionado la música contemporánea, pero que había perdido terreno por esa combinación de propio estancamiento y del boom del rock and roll.

EL HOMBRE QUE DIO EL PASO

Y entonces, nuevamente, la nota la dio ese trompetista negro y brillante llamado Miles Davis, nacido el 26 de mayo de 1926, que había llegado a tocar, a finales de los años cuarenta, al lado de Dizzy Gillespie y de Charlie Parker. Entre mediados de los años cincuenta hasta ese fatídico 1964, Miles había logrado, sucesivamente: armar un quinteto de lujo acompañado por Coltrane, Red Gardland, Paul Chambers y Philly Joe Jones; aliarse al arreglador Gil Evans y conseguir que el jazz y una orquesta de veinte músicos no desentonaran, y grabar un disco como "Kind of Blue", con Coltrane, Cannonball Adderley y Bill Evans, una de las más preciadas joyas del género de todos los tiempos.
Y llegó 1965. Inquieto, y en la obsesiva búsqueda de un sonido propio, Miles decidió virtualmente archivar la recreación de standards y rodearse de cuatro músicos para formar lo que la historia recordará como una superbanda de jazz, que interpretaba temas propios, a mitad de camino entre la tradición y la experimentación: el saxofonista Wayne Shorter, el pianista Herbie Hancock, el contrabajista Ron Carter y el baterista Tony Williams (de apenas 17 años).
Miles recuerda en su libro: "En aquella banda yo era la inspiración, digamos que la sapiencia y el nexo de unión entre todos. Tony era el fuego, la chispa creativa; Wayne era el hombre de las ideas, el conceptualizador de una gran cantidad de ideas musicales que llevamos a la práctica, y Ron y Herbie eran el soporte".
En sólo cuatro años, entre 1965 y 1968, de esa unión quedaron registrados seis discos ("E.S.P.", "Miles Smiles", "Sorcerer", "Nefertiti", "Miles in the Sky" y "Filles de Kilimanjaro"), que hicieron historia. Los cinco primeros acaban de ser relanzados por Columbia, en versiones remasterizadas y, en algunos casos, con tracks inéditos hasta ahora y con booklets que incluyen notas y fotos distintos a los conocidos.
En todos los casos se trata de material imprescindible, de una época en la que Miles arriesgó y ganó. Y cuando lo logró, se dio el lujo de haber sido, a partir de 1969, el abanderado de la fusión entre el jazz y el rock, aquel viejo enemigo. Quienes aún no se acercaron a estos discos del período 1965-1968 podrán comprobar la dosis vanguardista de estos cinco grandes del buen jazz. Que resisten el paso del tiempo en su carácter de clásicos. 

Discos: Krall, Peyroux y Gardot

Tres voces femeninas en busca de su lugar en el jazz

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 15 de marzo de 2009


Las tres competirán, una vez más, por el voto de sus seguidores. Se mueven en un mundo masculino y representan el ascenso de las mujeres decididas y capaces. Algunos no quieren ni escucharlas, pero para sus simpatizantes más fieles su voz y su presencia son la mejor garantía de felicidad. ¿Que si hablamos de Cristina Kirchner, Elisa Carrió y Gabriela Michetti? Nada que ver.
Las tres figuras de las que hablamos entonan mejor, causan más satisfacción e, incluso, sacan mejor provecho de la improvisación, ese componente clave en el jazz. Se trata de Diana Krall, Madeleine Peyroux y Melody Gardot, tres grandes cantantes que coincidirán en lanzar sus nuevos discos en las próximas semanas, al democrático ritmo de un álbum por mes.
La primera en concretar su regreso es Peyroux, cuyo flamante Bare Bones será distribuido en las próximas horas en nuestro país. El 9 de abril será el turno de Diana Krall y su esperado Quiet Nights. Y el 7 de mayo, la ascendente Melody Gardot hará conocer su segundo CD, My One and Only Thrill.
Bare Bones es el cuarto disco de Peyroux y en el que más arriesga dentro de un estilo que no se aparta de su fórmula que le permitió el éxito: una voz lánguida y con asombrosas semejanzas a la de Billie Holiday, canciones cálidas, arreglos austeros y un productor con buen ojo y mejor oído, como Larry Klein, el ex marido de Joni Mitchell.
En este disco, la cantante participó de la composición de cada uno de los once temas que lo integran, en los que compartió la tarea, en algunos casos, con Walter Becker, una de las dos caras de Steely Dan. El resultado bordea el jazz sin decidirse a quedarse allí. Por momentos, como en "Love and Treachery", suena digna del repertorio de Leonard Cohen. En otros, como en "Instead", el sonido retro remite al álbum Careless Love, que le permitió a Peyroux salir del anonimato y transformarse en algo más que en una joven promesa. Y hay, en "You Can´t Do Me", con el devaneo funky que causan ese pianito y ese Hammond tan persistentes, una evidente influencia de Becker y Steely Dan.
Peyroux, que nació en los Estados Unidos, en 1973, vivió entre los 15 y los 23 años en París, donde comenzó a cantar en bares y en las calles. De regreso a su país, fue descubierta por un gran sello discográfico y así llegó su debut con Dreamland. Su impecable Careless Love, de 2004, marcó su consagración; le siguió Half the Perfect World, de 2006, en el que se animó a versiones de clásicos de Serge Gainsbourg, Tom Waits y Willie Nelson. Y, ahora, con Bare Bones avanza otro casillero dentro de su estilo de siempre.
La rubia Krall, esposa de Elvis Costello, en cambio, mostrará en Quiet Nights, la fórmula más tradicional y reconocible de su carrera. Standards recreados con su cálida voz, con arreglos de Tommy LiPuma y arreglos orquestales del famoso Claus Ogerman. La cantante canadiense parece haberse apasionado por la bossa nova e incluye canciones de Antonio Carlos Jobim, como "The Boy From Ipanema" (claro, "Garota de Ipanema", en versión femenina) y "Este Seu Olhar". Para alcanzar el clima bossanovesco ideal, mucho ayuda la mano experta de Ogerman, que dejó su marca en el orillo de célebres discos, como Francis Albert Sinatra & Antonio Carlos Jobim y Symbiosis, del pianista Bill Evans.
Finalmente, Melody Gardot, último descubrimiento del sello Verve, pondrá a su nuevo álbum, My One and Only Thrill, varios escalones arriba de su promisorio debut, Worrisome Heart, del año pasado. Con una voz pequeña, pero seductora, esta suerte de continuadora de Norah Jones redondea un disco de once temas, con acento en composiciones propias y una magnética versión en ritmo de bossa nova del clásico "Over The Rainbow". 

Discos: "Bitches Brew"

"Bitches Brew", de Miles Davis, el alumbramiento del jazz rock

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 30 de junio de 2007


En 1969, el año en el que Miles Davis cambió para siempre el jazz, el rock afianzaba su reinado con un festival que le dio patente de masivo, como Woodstock y, al mismo tiempo, de negocio para la incesante voracidad del mercado norteamericano. Y ese año ocurrió el milagro: de tanto escuchar a Jimi Hendrix, James Brown y Sly & The Family Stone, y harto de que su compañía discográfica le sugiriera que tratara de atraer a esos jóvenes que sólo querían rock, pero, sobre todo, siguiendo ese genial instinto de hacer trizas lo establecido, Miles parió una obra maestra Bitches Brew .
Este álbum, que Sony/BMG acaba de reeditar en la Argentina, marcó el comienzo del jazz rock, ese subgénero de las décadas del setenta y principios del ochenta que irritó muchas sensibilidades ortodoxas del público y abrió caminos sin retorno en auditorios completamente nuevos. La buena noticia de esta reedición no está sola: el mismo sello lanzó, en forma simultánea con los Estados Unidos, The Essential Jaco Pastorius , una espectacular recopilación de diversas etapas del bajista estrella de Weather Report, la banda emblemática del jazz rock, y se propone editar en las próximas semanas un compilado similar del guitarrista John McLaughlin y, además, Trio of Doom , que rescata grabaciones inéditas de 1979, en vivo y en estudio, de McLaughlin, Pastorius y el baterista Tony Williams.
Pero hay que volver a Bitches Brew , esa bomba neutrónica que derribó las estructuras conocidas y sólo dejó en pie el esqueleto del jazz. Miles era, a fines de los años sesenta, el incandescente músico que, como lo recuerda su autobiografía, decía de aquella época de rock en ascenso: "Yo no estaba preparado para convertirme en un recuerdo ( ). Había vislumbrado la senda del futuro con mi música e iba a seguirla hasta la meta, como lo había hecho siempre. No por Columbia y sus cifras de venta, ni menos para hacerme con unos cuantos compradores de discos, blancos y jóvenes ( ). Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello."
En 1969, Miles se había acercado mucho a Hendrix (a quien, a su vez, le gustaba el disco Kind of Blue y la forma en que tocaba John Coltrane). Y en febrero de ese año grabó In a Silent Way , el magistral esbozo de lo que terminó de perfeccionarse, pocos meses después, con Bitches Brew . Allí, el trompetista había estado experimentando, según él mismo afirma en esa autobiografía (escrita con Quincy Troupe), con "unos pocos cambios de acorde sencillos para tres pianos".
"Una cosa simple y divertida -agrega- porque, mientras trabajaba en ella, solía pensar en cómo Stravinsky había retrocedido hacia fórmulas sencillas. Así pues había escrito aquellas cosas, como un acorde y una línea de bajo y me encontré con que, por mucho que lo tocara, siempre era diferente. Escribía un acorde, una pausa, quizás otro acorde y resultaba que cuando más se tocaba, más seguía diferenciándose."
Así, el 19 de agosto de 1969, Miles encerró en un estudio a un saxofonista (Wayne Shorter), un clarinetista (Bennie Maupin), tres tecladistas (Joe Zawinul, Chick Corea y Larry Young), un guitarrista (McLaughlin), dos bajistas (Dave Holland y Harvey Brooks), tres bateristas (Lenny White, Jack DeJohnette y Don Alias) y un percusionista (Jim Riley). Cerró las puertas, reclamó que nadie los molestara, les entregó a los músicos apenas un boceto de lo que tocarían, les pidió que no dejaran de tocar en ningún momento y ordenó que se grabara toda la sesión. Lo mismo sucedió durante dos días más, el 20 y el 21 de agosto. El resto corrió por cuenta de Miles y su productor, el legendario Teo Macero, que editaron las sesiones como un rompecabezas psicodélico, con cortes, repeticiones y agregados que reiventaron el sonido original.
El resultado no es de digestión sencilla, pero termina siendo fascinante: no hay melodías, no hay solos, sino climas, atmósferas creadas por largas improvisaciones sin destino fijo y frenéticos encuentros entre la trompeta (más libre que nunca), una electrificada guitarra, los pianos eléctricos y el ritmo machacante.
Aun en su mejor momento, Miles nunca vendió más de 60.000 copias de cada uno de sus discos. Con Bitches Brew se acercó a las 500.000. Pero, más allá de haber expandido las posibilidades comerciales del género y, al mismo tiempo, los oídos de sus seguidores, logró imponer la idea de que todo era posible, de que el jazz y el rock podían ser parte de la misma travesía hacia ningún lugar conocido. Nada fue igual desde entonces: Miles se tornó cada vez más imprevisible y sus músicos siguieron ampliando las fronteras embanderados con la fusión: Shorter y Zawinul, con Weather Report; McLaughlin, con la Mahavishnu Orchestra, y Corea, con Return To Forever.
Bitches Brew , como se dijo, no es un disco fácil, pero si no se lo escucha es difícil, casi imposible, entender el increíble viraje que cambió para siempre el jazz. 

Rock: entrevista con Gustavo Santaolalla

Gustavo Santaolalla: "Soy un amante de la vida"

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 13 de diciembre de 2010

No usa un traje Armani ni se mueve en una limusina. No luce un reloj de oro ni está rodeado por una hiperkinética corte de asistentes. ¿Este es el mismo hombre que ganó dos Oscar de la Academia, el que "conquistó Hollywood", como titila en muchos carteles de luces de neón? Gustavo Santaolalla, así como no aparenta sus 59 años, no da la sensación de ser un multimillonario suelto en la meca del cine ni el chico de Ciudad Jardín que fue monaguillo ni tampoco el hippie rockero que fundó un grupo célebre como Arco Iris y que vivía en comunidad con sus compañeros.
Santaolalla recibe a La Nacion para brindar una de las tantas notas que debe realizar a un ritmo acelerado, con pausas sólo para ir al baño y para revisar su BlackBerry. Estamos en un salón del hotel Alvear, uno de los más lujosos de la ciudad y, vaya paradoja para alguien que apoya con énfasis al kirchnerismo, uno de los lugares asociados al estilo de vida de los menemistas. Está vestido todo de negro, con una camisa de manga corta, pantalones y zapatillas.
En una mesa ratona, se destacan las responsables de que Santaolalla esté de regreso en Buenos Aires: sendas botellas de las cervezas Grosa y ReGrosa, los nuevos productos del premiado músico y de su colega y socio mendocino, Raúl "Tilín" Orozco, que ya elaboran los vinos Celador, Don Juan Nahuel y Don Juan Nahuel Reserva. En este caso, no se trata de cervezas comunes, sino premium , presentadas como las primeras de guarda de América del Sur, añejadas en barricas de roble francés y hechas en Potrerillos, Mendoza, con agua de glaciar de la zona, lúpulo patagónico, cebada pampeana y levadura belga. Con una graduación alcohólica de 9 grados (la cerveza suele tener 4) y un precio no apto para todo público: de 40 a 80 pesos.
La producción de cervezas, de vinos y, próximamente, de grapa es sólo una parte de lo que surge de la próspera factoría Santaolalla, de donde surgen proyectos de todo tipo: desde la editorial Retina, especializada en libros de fotografía, hasta un sello discográfico, Surco, desde donde se lanzaron los álbums de muchos de los artistas que el ex Arco Iris apadrinó y su propio grupo de tango electrónico, Bajofondo. A esto hay que sumarle la productora de bandas de sonido para películas (de moda desde que ganó los Oscar por Secreto en la montaña Babel ), y su misma condición de productor musical y también de films, como el documental Café de los maestros .
De 59 años, casado con Alejandra, una fotógrafa con la que tuvo dos hijos, y con una hija de su primer matrimonio, Santaolalla no se detiene. Confiesa que le gustaría actuar, escribir un musical y dirigir una película. Pero, ¿cuál es el motor que moviliza a este inquieto emprendedor? "Soy un amante de la vida -explica-, me gusta mucho pasarla bien y hacer cosas que puedan afectar positivamente a la gente. En el caso de los vinos y de la cerveza, tiene algo que ver con nuestra historia como humanidad y también se engancha con las artes. La idea es que, como con la música, llegue a la mayor cantidad de gente posible. Es una cosa nuestra, argentina. Siempre ha sido importante en todo lo que hago el tema de la identidad y tener presente el lugar de donde vengo."
-Es cierto que estás radicado en Estados Unidos desde 1978, pero en todos tus proyectos hay una impronta argentina muy fuerte. ¿Te sale naturalmente o te fijaste el objetivo de intentar parecer "nacional y popular"?
-No, lo tengo presente desde Arco Iris, cuando tuve esa visión de que no quería ser una banda que fuera como los Beatles o los Who, pero cantando en español. Quería una banda que reflejara de dónde éramos. Por eso toda esa mezcla con el folklore, que en su momento la intelligentzia del rock criticó. ¿Cómo vas a tocar una chacarera con guitarra eléctrica? El tiempo me dio la razón, con montones de ejemplos que van desde Café Tacuba hasta los Cadillacs, Bersuit, Divididos, León [Gieco], que tienen los elementos que hacen a la energía del rock, pero con una identidad de lugar.
-Asumiste un compromiso político muy fuerte en defensa del kirchnerismo, pero en el rock este tipo de actitudes no siempre fueron bien entendidas. ¿Te preocupa? ¿No sería mejor mantener cierta distancia del poder político?
-Odio los tildes de ser "oficialista" o "kirchnerista". Lo que no he perdido es la memoria y si miro cómo estaba este país en el momento que asumió Néstor y todas las cosas que han pasado. Tener la posibilidad de que se pueda negociar una parte de una deuda con el Club de París sin que intervenga el Fondo Monetario, la Asignación Universal por Hijo, la política de derechos humanos, el casamiento de gente del mismo sexo. Me da mucha bronca el prototipo del argentino que se queja y para el que siempre está todo mal. Porque, además, la gran mayoría de esa gente no tiene nada para proponer. A ese tipo de cosas, claro, que las apoyo, pero no quiere decir que tenga la camiseta puesta. Odio los "istas": izquierdista, comunista, peronista, kirchnerista?
-¿No sos un militante de la causa kirchnerista, entonces?
-La palabra militancia me preocupa. Aunque en un momento lo fui y es importante conceptualmente, tendríamos que buscar una palabra nueva: "militancia" me hace acordar mucho a "militar", de milico. Hay que buscar otras palabras que tengan que ver con el compromiso de lo que uno piensa.
-¿Cómo es el momento político de Estados Unidos?
-Horrible...
-¿Obama ya no es la esperanza que imaginabas?
-La esperanza se fue diluyendo y es una demostración cabal más de que realmente en un lugar como Estados Unidos el presidente es una figurita más que una figura; los que manejan y los que cortan el bacalao son otros. Siempre he estado del lado de los demócratas y no de los republicanos, pero lo cierto es que al final del día son parecidísimos. Están en la misma, de distintas maneras. La crisis se vive, se sufre, y lo más probable es que el próximo presidente sea un republicano, y ahí sí que vamos a estar en serios problemas...
-El filósofo italiano Gianni Vattimo dijo hace poco a La Nacion : "En Europa miramos a América latina cuando pensamos en el concepto de una política novedosa". ¿En en el rock pasa lo mismo?
-Yo vengo de una generación en la que en el mismo escenario estaba Jimi Hendrix y Donovan, y todo era rock. Y no me refiero al rock and roll de Metallica, sino a esa energía primal y joven, con toda esa connotación de proponer un cambio o, por lo menos, un discurso en contra del orden establecido, del sistema que dice lo que tenés que hacer. Eso fue parte bien adrede de mi laburo como productor: por nuestra realidad sociopolítica y económica, los países de América latina producen música que tiene a veces mucho más voltaje que la música que se hace en Estados Unidos y en Inglaterra. Allá siempre va a haber buenos artistas, pero hay mucho reciclado. En cambio, por la fusión que nosotros podemos aportar, más el contenido que tiene, siento que el futuro del rock no está en Estados Unidos ni en Inglaterra, sino acá o en otros lugares del mundo que estén en desarrollo.
-Da la sensación de que ganar tantos Oscar y Grammy no te cambiaron. ¿Cuál es la fórmula para no perder el Norte?
-Esas son cosas que aprendí de mi viejo y de mi casa. Además, los reconocimientos más grandes los tuve en los últimos diez o quince años. Si me hubiera pasado cuando tenía 30 años, tal vez, me hubiera pegado de otra manera. Nunca hice nada para ganarme un premio, ni nunca hice nada por el dinero. Y soy consciente de que mi trabajo tiene dos cosas: una tiene que ver con el sudor y con estar comprometido, y otra está relacionada con que, como cualquier artista, uno es como una antena que baja todas las influencias del medio y las transmite al público. En el momento en que empezás a creer que sos vos, empiezan los problemas. Soy consciente de que tengo ese don y siempre espero afectar positivamente a la gente, que esto sirva para el bien. Pero no me interesa lo otro, es una torpeza y una pérdida de tiempo. ¿Por qué ganarte un Oscar o dos Oscar te tiene que convertir en un idiota?

Jazz: entrevista con Enrico Rava

Enrico Rava, un corazón italiano que late en porteño

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 10 de diciembre de 2007

GENOVA.- "Adoro Buenos Aires. Es mi ciudad preferida." Lo dice en perfecto castellano y con acento porteño, algo que no llamaría la atención si no fuera porque semejante declaración de amor está en boca de Enrico Rava, el músico emblema del jazz italiano, uno de los más originales trompetistas del mundo, pocos días antes de su regreso a la Argentina para protagonizar el Buenos Aires Italian Jazz Festival, que comienza el jueves próximo en el teatro Coliseo.
Por eso no parece casual que lo primero que hizo cuando recibe a LA NACION en su departamento del centro genovés, a una cuadra del mar, es tomar de su poblada biblioteca una flamante edición italiana deLa vuelta al día en ochenta mundos , de Julio Cortázar, de la que muestra, orgulloso, un texto que escribió como presentación para la solapa (tampoco es casual: aquel también es el título de su primer disco solista, de 1972).
Es lógico: Rava estuvo en Buenos Aires en distintos momentos entre 1966 y 1976. Primero llegó porque su esposa de entonces era argentina y los convenció a él y a sus compañeros musicales, el célebre saxofonista Steve Lacy, el contrabajista Johnny Djani y el baterista Louis Moholo, de viajar para tocar durante 15 días.
A lo largo de la charla, surge el recuerdo del departamento de sus suegros, en Callao y Avenida del Libertador, y del que alquiló en Cangallo 1730 (cuando esta calle todavía no era Perón). De cómo costaba reunir los dólares para viajar a Nueva York. Del concierto que brindaron en el Instituto Di Tella y del que quedó el registro en vivo de un disco, The Forest and the Zoo , convertido en uno de los clásicos del free jazz.
Otros recuerdos lo llevan al boliche de los hermanos Cedrón, donde tocó con el cuarteto de Lacy y en el que quedó deslumbrado con Astor Piazzolla. Pero quien vuelve, una y otra vez en el relato de Rava es el Gato Barbieri, el responsable de su debut en el jazz, en 1966, al incluirlo en un quinteto que se presentó durante nueve meses, todas las noches, en un restaurante del Trastevere, en Roma ("fue como haber ido a la universidad", afirma hoy).
Hace rato que este músico nacido en Trieste, hace 68 años, abandonó los rótulos y no sólo se convirtió en uno de los mejores trompetistas europeos, sino que también en responsable de haber descubierto nuevos talentos (como Rosario Bonaccorso y Roberto Gatto) que conforman la nueva oleada del jazz italiano.
"En Italia -sostiene- hay muchos músicos interesantes. Lo que pasa es que en este país hay mercado y entonces ser músico de jazz representa un trabajo que puede rendir. ¿No vio cuántos italianos hay en la última encuesta de la revista Downbeat ? Es un síntoma. Pero lo que falta son músicos que tengan proyectos atractivos."
Rava encuentra diferencias en el jazz europeo. "En Francia, hay una idea musical. Nosotros somos más físicos, y ellos, más intelectuales. Yo me divierto mucho tocando con los músicos italianos, porque tienen más calor, son más rápidos."

DIVERSIÓN

El trompetista muestra su último CD, editado por ECM, The Third Man , a dúo con el pianista Stefano Bollani, una de las jóvenes maravillas del momento (que tocó la semana pasada en Buenos Aires), y que confirma que su veta de compositor, tan fuerte como la de instrumentista, se nutre de referencias cinéfilas y literarias. "Pero esas influencias -admite- las tengo incorporadas. En realidad, mi proyecto soy yo. Tengo un sonido, una manera de tocar en la que me reconozco. Por eso, además, no importa si toco en dúo, trío o quinteto. Siempre prefiero tocar con los músicos que estoy tocando. Todo lo que hago, en realidad, me divierte."
Como hace dos años, esta semana los porteños volverán a apreciar esa capacidad de divertirse sobre el escenario. "Estoy contentísimo de volver a Buenos Aires. El público es muy caliente. Ya lo dijo Keith Richards, de los Rolling Stones. Y en el jazz es igual." 

Jazz: Auditorium Parco della Musica

El nuevo coliseo romano

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 22 de diciembre de 2007

ROMA.- Domingo por la mañana. Hace frío, está nublado y ahora, cuando son apenas las 11, la sala Sinopoli no está lejos de llenarse. La gente se despertó temprano para llegar al Auditorium Parco della Musica de esta ciudad. Hoy, aquí, no cantará ninguna diva de la música clásica. No se presentará ninguna estrella de rock ni tampoco una figura rutilante de la TV. Mucha gente se despertó temprano un domingo frío y nublado para concurrir a un concierto de jazz (se repite por si no se cree: un concierto de jazz ).
La Parco della Musica Jazz Orchestra (PMJO), unabig band de 17 músicos de primer nivel, brinda dos conciertos por mes y ha impuesto los domingos por la mañana como su horario tradicional. Y el público la acompaña. Podría tratarse solo de un espejismo de este efervescente y contradictorio mosaico primermundista que es la sociedad italiana. Podría ser, apenas, la confirmación de que una buena propuesta artística puede superar la languidez de una fría mañana dominguera. Pero es muchísimo más que eso.
El Auditorium Parco della Musica es un verdadero coloso romano de 94.000 metros cuadrados, tres salas y un anfiteatro, que pueden albergar a 7548 espectadores en total. Tiene 700 empleados y ofrece programación cultural de la mañana a la noche, precios populares, una biblioteca, un bar, un restaurante, una librería y una disquería; allí funciona la Academia Nacional de Santa Cecilia (tradicional institución dedicada a la enseñanza y la promoción de la música clásica) y hay hasta una villa romana, descubierta durante la construcción del lugar, a la que se conservó y se integró a las instalaciones.
La idea de construirlo, originariamente, como un complejo en el que se pudiera escuchar música clásica surgió de la comuna de Roma en 1992, pero los acalorados y maratónicos debates sobre su perfil y el lugar donde debía estar ubicado fueron dignos de la Argentina. Conclusión: se inauguró diez años después.
Con un moderno y funcional diseño que lleva la firma del arquitecto Renzo Piano, el Auditorium modificó la fisonomía del barrio Parioli, tan distinguido como la Recoleta porteña pero con menos brillo y más austeridad. Y también cambió la costumbre de los romanos: inicialmente se pensaba que no iban a habituarse a trasladarse lejos del centro de la ciudad a un sitio al que llegaban pocos medios de transporte.
En los dos primeros años asistieron a sus actividades más de 4 millones de espectadores y hoy las cifras oficiales indican que en el primer semestre de este año más de 300.000 personas (un 50 por ciento más que en 2006) concurrieron a 313 actividades vinculadas con la música, el teatro, la danza, el arte, la ciencia, la filosofía y la literatura. En ese período, hubo una recaudación de un millón de euros solo en entradas y en ingresos aportados por auspiciantes del sector privado (un 26 por ciento más que el año pasado), lo que permitió un nivel de autofinanciamiento del 59%. Con estos números, el Auditorium se mantuvo en el segundo lugar entre los complejos culturales multifuncionales del mundo.
Este verdadero fenómeno cultural, asociado simultánameante con la rentabilidad, no es fácil de entender dentro de los parámetros normales con que se manejan -y se entrecruzan sin coincidir- las mismas variables en la Argentina. La gente del Auditorium tiene una explicación para ello: la creación de la Fondazione Musica per Roma, surgida en 2004 con el aporte mayoritario de la comuna romana y la contribución de empresas privadas, permitió una mejor utilización de las instalaciones y de la programación, al unir un criterio empresarial para la comercialización y el desarrollo, por ejemplo, de merchandising y ediciones propias de libros, de discos y de DVD, con una mirada estatal para controlar la gestión y lograr que no se perdiera de vista que los espectadores no solo son clientes sino, sobre todo, ciudadanos de intereses diversos y con la misma avidez por consumir propuestas culturales de todo tipo.
Roberto Catucci, musicólogo y contrabajista aficionado, es otro de los que no falta en esta fría mañana de domingo. Su caso es distinto: trabaja en el área de producción del Auditorium y es el responsable de la programación de jazz del lugar. Pero lo cierto es que también estará trabajando ese mismo día por la noche, y al día siguiente, a la mañana, al mediodía y a la noche, cuando en una de las salas se presente, a sala llena, el trío que conforman Anouar Brahem, Dave Holland y John Surman. Mantiene ese ritmo prácticamente todos los días de la semana. Lo mismo sucede con Monica Reggini, jefa del área de producción, que estuvo la semana pasada en Buenos Aires, casi sin dormir, para seleccionar espectáculos y artistas que formarán parte de la segunda edición del Festival Buenos Aires Tango en Roma, en septiembre próximo. Y Massimo Pasquini, un experimentado periodista, tiene abierta la oficina de prensa en forma permanente. Son apenas tres ejemplos de cómo se trabaja, con pasión, sin horarios y, al mismo tiempo, sin perder la sonrisa, en este complejo que es motivo de orgullo para los romanos.
Carlo Fuortes, el administrador delegado de la fundación que maneja el Auditorium, es un economista que no pierde de vista los números ni la cultura. Fue director general del Palacio de Exposiciones del Quirinale y administrador del Teatro di Roma. En su discurso se repiten palabras como "ganancia" y "rentabilidad", pero también se lo nota orgulloso del notable rendimiento cultural que presenta hoy este megacomplejo romano. "Es la demostración de que invertir en la cultura de manera estratégica puede estimular la captación de nuevos recursos y producir una mejor calidad artística", suele decir para sintetizar el eje de su gestión.

A TODA ORQUESTA

Hace seis días finalizó en la Argentina el Buenos Aires Italian Jazz Festival, una ambiciosa iniciativa organizada por la Fondazione della Musica per Roma junto con el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), que durante cuatro días presentó en el teatro Coliseo un compendio del mejor jazz italiano y argentino. Enrico Rava, Danilo Rea, Rosario Bonaccorso, Roberto Gatto, Gianluca Petrella, Flavio Boltro, Luciano Biondini, Javier Girotto (cordobés de nacimiento) y Gino Paoli, el patriarca de la canción popular italiana, fueron los principales artistas que mostraron en la capital porteña algunas de las razones por las cuales el jazz de la península es considerado actualmente como uno de los más potentes y creativos del mundo.
De todas formas, el símbolo de la presencia italiana en este festival fue la PMJO, sigla con la que se conoce a la Parco della Musica Jazz Orchestra, la misma que en Roma hizo de los domingos por la mañana un horario apetecible para el gran público. Dirigida por el saxofonista Maurizio Giammarco, esta formación representa en forma perfecta los objetivos que persigue la fundación que mantiene el Auditorium. Sostener una orquesta estable de jazz para difundir el género de la forma más amplia posible y, al mismo tiempo, contar con un símbolo distintivo de la ciudad que represente a la cultura romana en festivales y en escenarios de todo el mundo es dos de ellos. Haber creado, estimulado y sostenido en el ámbito del jazz , individualista por antonomasia, una formación de 17 artistas con un sello propio, que sirviera de emblema para una ciudad y también para un país, se parece a un sueño colectivo del que habría que contagiarse para dejar atrás la pesadilla de la desidia y de la indiferencia tan criollas.
La PMJO, incluso, tiene virtualmente prohibido repetirse. Con la difusión del jazz como premisa, su director y los músicos, en interacción permanente, diseñan programas distintos mes tras mes. Así, el programa con canciones propias se alterna con la recreación de "Sketches of Spain", de Miles Davis con arreglos de Gil Evans, el homenaje a Jimi Hendrix, los arreglos jazzísticos para la música de los dibujos animados, el tributo a Duke Ellington, el acompañamiento a la cantante brasileña Rosalia de Souza o el trabajo con ídolos nacionales como Mina o Lucio Dalla, además de conciertos con invitados como Martial Solal, Kenny Wheeler, Uri Caine y Maria Schneider, entre otros.
En su paso por Buenos Aires, la numerosa comitiva italiana que participó en el festival de jazz se llevó el compromiso del secretario de Cultura del gobierno porteño, Hernán Lombardi, de visitar Roma dentro de un mes para conocer el funcionamiento del Auditorium. Será una buena oportunidad para determinar cuán lejos o cuán cerca está la Argentina de reproducir un modelo exitoso de gestión cultural y de generación de hechos artísticos que entusiasmen al público, o a distintos tipos de públicos, y que sirvan para reforzar la identidad de una ciudad y, al mismo tiempo, de un país.
Mientras, los romanos se siguen trasladando al Auditorium para hacer una prolija fila, sin protestas ni colados, sin gritos ni amontonamientos, y poder comprar una entrada que les permita escuchar un concierto del Tokyo String Quartet dedicado a Mozart, Janacek y Dvorák, o un festival de gospel , o una charla con el cantante Gianni Morandi, o una obra de teatro, o una clase de poesía, de ciencia o de rock.