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miércoles, 20 de marzo de 2013

Rock: concierto de Eric Clapton


Publicado en el diario La Nación, el 16 de octubre de 2011


Concierto del guitarrista, compositor y cantante Eric Clapton. Músicos : Con Chris Stainton y Tim Carmon en teclados, Willie Weeks en bajo, Steve Gadd en batería y Michelle John y Sharon White en coros. Lugar : Estadio de River Plata. Fecha : Viernes 14 de octubre de 2011. 
Nuestra opinión: muy bueno
La mano de Dios volvió a una cancha de fútbol. El milagro se produjo anteanoche, sin Diego Maradona de por medio, pero con un enviado del Señor como Eric Clapton, ante un estadio de River lleno de fieles, y con el mejor blues como testimonio de esa inquebrantable fe en que el blues puede sanar los espíritus y elevar las almas al cielo.
Después de sus visitas de 1990 y de 2001, el legendario guitarrista británico dejó en claro que, a sus 66 años, ya tiene una relación con el público argentino basada en un amor casi incondicional, como lo confirman no sólo ese contagioso estribillo de la gente, el "olé olé olá/Clapton/Clapton", convertido en una oración pagana, sino también en la mezcla de euforia, admiración y respeto con que los 45.000 espectadores siguieron cada uno de los 16 temas del tremendo show que calentó la noche en el barrio de Núñez.
Esta vez, como se sabía, Clapton eligió dejar afuera las novedades de sus últimos discos (con la única excepción de una deliciosa versión de "When Somebody Thinks You're Wonderful", de su último álbum en estudio) y concentrarse en una inefable galería de hits de esa larga carrera que comenzó en 1963, cuando debutó con la banda The Roosters, aunque su fama, y su irónico apodo de "slowhand" (mano lenta) empezó cuando se integró a The Yardbirds.

El concierto comenzó a las 21.10 con un Clapton vestido de manera sencilla (campera negra, jeans, náuticos marrones), caminando hacia el centro del escenario y con los primeros acordes de "Key To The Highway", toda una declaración de principios de casi dos horas de uno de los mejores tributos al blues que se recuerde en nuestro país. Siguió "Tell the Truth", un clásico de la época de Derek and the Dominos, e, inmediatamente, "Hoochie Coochie Man", de Willie Dixon, en el que los inspirados solos de Chris Stainton en piano y Tim Carmon en órgano se ganaron las unánimes ovaciones.
El resto de la banda, con menos protagonismo, se puso al servicio de la magia claptoniana: desde el genial baterista Steve Gadd, hasta el bajista Willie Weeks, pasando por el vigoroso coro de Michelle John y Sharon White.
El show siguió con "I Shot The Sheriff", algo más rockera, y un segmento acústico de clásicos como "Driftin", "Nobody Knows You When You're Down And Out", "Lay Down Sally" y una versión de "Layla" como si hubiera sido compuesta en Nueva Orléans, con la misma carga blusera de su flamante disco con Wynton Marsalis.
Clapton no podría ser animador de una fiesta: no saludó al público ni hizo ningún comentario, excepto para presentar a sus tecladistas. Pero la arrasadora potencia de su guitarra y el encanto de su voz, que no acusan recibo del almanaque, le bastan para seguir conquistando multitudes. La mejor demostración fue el último tramo del show, que cortó la respiración a fuerza de blues y de rock: "Badge", "Wonderful Tonight" (con los celulares en alto), "Before You Accuse Me", "Little Queen Of Spades", "Cocaine" y "Crossroads", que fue el único bis. Quizá lo único criticable, a juicio de los silbidos que bajaron de las plateas, de un concierto en el que Clapton volvió a lograr que el blues se sacara la naftalina y sacara patente de masivo, moderno y motivador.

domingo, 13 de enero de 2013

Rock: crítica del show de Santana

El hechicero en su mejor forma

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 11 de marzo de 2006

Carlos Santana se reconcilió en sus últimos tres discos con la industria discográfica, al permitirle ganar millones de dólares con sus millones de discos vendidos, pero en el recital de anteanoche, en el Campo de Polo, se reconcilió con su identidad.
Casi ni una concesión estricta a la lógica del mercado tuvo el vibrante recital, de casi dos horas y media, que brindó ante unas 12.000 personas. Apenas podría enrolarse en ese rubro la intervención de Alejandro Lerner en "Hoy es adiós", pero más como un gesto de amistad hacia el país al que visitaba por tercera vez en sus 37 años de carrera. El resto fue una lección de cómo un mito de 59 años puede sacudir un gastadísimo rótulo de rock latino hasta conseguir que vuelva a renovarle la patente de leyenda.
Contra los pronósticos de quienes pensaban que escucharían a un pasteurizado Santana que se limitaría a recrear sus últimos hits, el hechicero de dedos endemoniados y discurso esotérico no tocó ni un solo tema de su nuevo CD, "All That I Am"; apenas cinco de su hiperexitoso "Supernatural" (con el que ganó Grammy hasta cansarse) y tres de "Shamán"; es decir, eligió menos de la mitad de su repertorio de su trilogía más vendedora pero con menos personalidad.
Al comienzo hizo "Sacrificio Soul", el mismo clásico de su álbum debut, de 1969, la misma canción que deslumbró a los hippies (y no hippies) de Woodstock, marcó el indicio de que un Santana en su mejor forma (y acompañado con una de sus mejores bandas) se internaba en los inicios de su propia historia para redescubrirse.
Así, desfilaron canciones que hacía muchos años que no tocaba en vivo, como el combo que forman el afro contagioso de "Batuka" y la electrizante "Nadie de quien depender", el mismo comienzo de "Santana III" (en Estados Unidos acaba de aparecer una edición especial de este disco, doble, con tracks inéditos, a 35 años de su lanzamiento). O el vértigo serpenteante de "Jingo" y una gran versión de "Evil Ways" (enganchada con "A Love Supreme", de John Coltrane), también del primer disco. No faltaron, por suerte, los archiclásicos del repertorio santanesco "Black Magic Woman/Gypsy Queen" y "Oye cómo va", precedidas por otro tema de "Abraxas": nada menos que "Samba pa´ti".
A esa altura de la noche, aun sin conocer la historia de Santana, cualquiera podía darse cuenta de que el que estaba sobre el escenario, con su clásico gorrito de lana y su camisa llena de brillos, colores y rostros de Bob Marley, era realmente un héroe de la guitarra.
Fue extraña la composición del auditorio. Las entradas eran caras, pero aun así hubo pocos claros en los distintos sectores del Campo de Polo (con una organización algo intrincada aunque bastante eficaz). Quinceañeros que habrán conocido a Santana por el video de "The Game of Love", el hit pop de "Shamán", se entremezclaban con fanáticos que aullaban con cada viejo acorde. El ritmo que proponía la música tardó demasiado en contagiarse entre la gente. Hasta tal punto que el propio guitarrista ironizó: "Se ve que están cansados porque los veo sentados".
La mayor electricidad en el ambiente la provocó un puñado de hits de "Supernatural", como "Smooth", "Corazón espinado" y "(Da Le) Yaleo". Y hasta hubos pasajes jazzeados con "Venus: Upper Egypt", de Pharoah Sanders, que confirmaron de dónde habían salido músicos como el tecladista Chester Thompson, el bajista Benny Rietveld y, sobre todo, ese increíble Hulk de los parches que es el baterista Dennis Chambers (cuyo prolongado e hipnótico solo hizo vibrar al barrio). Karl Perazzo y Raul Rekow, por su parte, se transformaron en una implacable maquinaria percusiva.
También hubo más homenajes. Además de hacerlo con Coltrane y con Sanders, Santana recreó "Purple Haze", de Jimi Hendrix, y brindó un tributo a Marley con una efervescente "Exodus", con tramos de "Get Up, Stand Up". Poco antes del final, la euforia llegó a la gente. Nadie terminó sentado en este recital antológico, en el que Santana fue un veterano hechicero que practicó el viejo truco de mirar hacia atrás para ir hacia adelante. O de fijarse más en sus orígenes y menos en los rankings de hits. 

Discos: reediciones de Frank Zappa


Un Frank Zappa para cada estado de ánimo

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 18 de enero de 2009

¿Cómo era el rock cuando no era previsible, aburrido, copiado de otras décadas, de otras copias, adocenado, olvidable, desapasionado? De todas las respuestas posibles, por fin en las bateas argentinas existe una que justifica la mejor respuesta de todas: aquel rock era tal como lo concebía el genio maldito de Frank Zappa.
Por esas extrañas razones que no tienen mucha explicación pero que sólo vale la pena aprovechar y disfrutar, los argentinos comenzaron 2009 con siete de los mejores discos de Zappa en completas ediciones nacionales. ¿Hace cuánto que Zappa no tenía presencia aquí con excepción del material importado? Los más experimentados sólo recuerdan una gran recopilación de 1997, "Zappa en la radio", con una selección hecha por Alfredo Rosso y Marcelo Gasió. Después, la sequía. O el silencio. O el vacío.
Por eso estas siete sorpresivas reediciones de Warner tienen el valor de un verdadero acontecimiento, de un tardío aunque saludable acto de justicia. Hay un Zappa para cada estado de ánimo, para cada uno de los iniciados en la adicción que provoca esa música que los críticos se han cansado de clasificar como inclasificable.
Rock, jazz, doo-wop, clásico, blues, psicodelia, contemporáneo, funk, experimental. En sus álbumes, un formidable mosaico musical, hay de todo un poco, de todo en exceso, siempre salpicado de humor, de ironías, de demoledoras críticas a la sociedad norteamericana y siempre coordinado de manera magistral por el cerebro de Zappa, esa usina de ideas provocadoras, movilizadoras, que no se detenían ante nada ni ante nadie.
Si esta fuera una fría crónica, habría que decir que Frank Vicent Zappa nació el 21 de diciembre de 1940 en Baltimore, Estados Unidos, y que murió el 4 de diciembre de 1993. En el medio, una adolescencia con mucho blues y rock and roll y el descubrimiento de la música contemporánea, sobre todo de Edgar Varèse. Un grupo que fue marca registrada, The Mothers of Invention. Músicos que salieron glorificados de la factoría zappeana como Terry Bozzio, Adrian Belew, Jean-Luc Ponty, George Duke, Don "Sugar Cane" Harris, Captain Beefheart, Michael y Randy Brecker, Aynsley Dunbar, Steve Vai y tantos otros. Un total de 64 discos grabados entre 1966 y 1993.
¿Por dónde comenzar a escucharlo? Del lote reeditado, obviamente por Hot Rats , que no hay quien no recuerde que es considerado uno de los mejores álbumes de rock de todos los tiempos, y que incluye "Willie The Pimp", con Zappa incendiando su guitarra sin necesidad de fuego, y "The Gumbo Variations", una antológica jam session lisérgica. Luego, One Size Fits All , o cómo hacer rock desde el jazz, o viceversa, con un solo de guitarra en "Inca Roads" para derretir cabezas abúlicas y "San Ber´dino", con su pátina zeppelineana, sus quiebres y ese clima de banda de sonido de un viaje sin ruta. A continuación, Chunga´s Revenge es la exquisita y deformada mirada del rock de un Zappa en su mejor momento, con armonías vocales a lo Beach Boys y "The Nancy & Mary Music" sólo para demostrar que Aynsley Dunbar era un baterista monumental.
En Overnite Sensation están el clásico "Camarillo Brillo", el jazzeado "I´m The Slime" y "Fifty-Fifty", con solos de guitarra y de violín de colección. Sheik Yebouti tiene entre sus 18 canciones "Bobby Brown Goes Down", hit que llegó a las FM, aunque hay mucho más: encantadores híbridos como "I´m So Cute" y lecciones de guitarra veloz en "Rat Tomago". Weasels Ripped My Flesh aporta ese blues de "Directly From My Heart To You" llevado al éxtasis gracias al violín de "Sugar Cane" Harris, en un proyecto de digestión lentísima. Finalmente, Zappa in New York , quince grandes temas en vivo, con parodias como "Titties & Beer" o el ejercicio de virtuosismo de los hermanitos Brecker en "Sofa".
Este repaso por estos siete discos es absolutamente arbitrario. Como se dijo, hay un Zappa para cada estado de ánimo, para cada oyente. Sólo hay que animarse a descubrirlo. Y eso, sin duda, es un viaje de ida. 

sábado, 12 de enero de 2013

Rock: entrevista con Gustavo Santaolalla

Gustavo Santaolalla: "Soy un amante de la vida"

Diario La Nación, Sección Espectáculos, 13 de diciembre de 2010

No usa un traje Armani ni se mueve en una limusina. No luce un reloj de oro ni está rodeado por una hiperkinética corte de asistentes. ¿Este es el mismo hombre que ganó dos Oscar de la Academia, el que "conquistó Hollywood", como titila en muchos carteles de luces de neón? Gustavo Santaolalla, así como no aparenta sus 59 años, no da la sensación de ser un multimillonario suelto en la meca del cine ni el chico de Ciudad Jardín que fue monaguillo ni tampoco el hippie rockero que fundó un grupo célebre como Arco Iris y que vivía en comunidad con sus compañeros.
Santaolalla recibe a La Nacion para brindar una de las tantas notas que debe realizar a un ritmo acelerado, con pausas sólo para ir al baño y para revisar su BlackBerry. Estamos en un salón del hotel Alvear, uno de los más lujosos de la ciudad y, vaya paradoja para alguien que apoya con énfasis al kirchnerismo, uno de los lugares asociados al estilo de vida de los menemistas. Está vestido todo de negro, con una camisa de manga corta, pantalones y zapatillas.
En una mesa ratona, se destacan las responsables de que Santaolalla esté de regreso en Buenos Aires: sendas botellas de las cervezas Grosa y ReGrosa, los nuevos productos del premiado músico y de su colega y socio mendocino, Raúl "Tilín" Orozco, que ya elaboran los vinos Celador, Don Juan Nahuel y Don Juan Nahuel Reserva. En este caso, no se trata de cervezas comunes, sino premium , presentadas como las primeras de guarda de América del Sur, añejadas en barricas de roble francés y hechas en Potrerillos, Mendoza, con agua de glaciar de la zona, lúpulo patagónico, cebada pampeana y levadura belga. Con una graduación alcohólica de 9 grados (la cerveza suele tener 4) y un precio no apto para todo público: de 40 a 80 pesos.
La producción de cervezas, de vinos y, próximamente, de grapa es sólo una parte de lo que surge de la próspera factoría Santaolalla, de donde surgen proyectos de todo tipo: desde la editorial Retina, especializada en libros de fotografía, hasta un sello discográfico, Surco, desde donde se lanzaron los álbums de muchos de los artistas que el ex Arco Iris apadrinó y su propio grupo de tango electrónico, Bajofondo. A esto hay que sumarle la productora de bandas de sonido para películas (de moda desde que ganó los Oscar por Secreto en la montaña Babel ), y su misma condición de productor musical y también de films, como el documental Café de los maestros .
De 59 años, casado con Alejandra, una fotógrafa con la que tuvo dos hijos, y con una hija de su primer matrimonio, Santaolalla no se detiene. Confiesa que le gustaría actuar, escribir un musical y dirigir una película. Pero, ¿cuál es el motor que moviliza a este inquieto emprendedor? "Soy un amante de la vida -explica-, me gusta mucho pasarla bien y hacer cosas que puedan afectar positivamente a la gente. En el caso de los vinos y de la cerveza, tiene algo que ver con nuestra historia como humanidad y también se engancha con las artes. La idea es que, como con la música, llegue a la mayor cantidad de gente posible. Es una cosa nuestra, argentina. Siempre ha sido importante en todo lo que hago el tema de la identidad y tener presente el lugar de donde vengo."
-Es cierto que estás radicado en Estados Unidos desde 1978, pero en todos tus proyectos hay una impronta argentina muy fuerte. ¿Te sale naturalmente o te fijaste el objetivo de intentar parecer "nacional y popular"?
-No, lo tengo presente desde Arco Iris, cuando tuve esa visión de que no quería ser una banda que fuera como los Beatles o los Who, pero cantando en español. Quería una banda que reflejara de dónde éramos. Por eso toda esa mezcla con el folklore, que en su momento la intelligentzia del rock criticó. ¿Cómo vas a tocar una chacarera con guitarra eléctrica? El tiempo me dio la razón, con montones de ejemplos que van desde Café Tacuba hasta los Cadillacs, Bersuit, Divididos, León [Gieco], que tienen los elementos que hacen a la energía del rock, pero con una identidad de lugar.
-Asumiste un compromiso político muy fuerte en defensa del kirchnerismo, pero en el rock este tipo de actitudes no siempre fueron bien entendidas. ¿Te preocupa? ¿No sería mejor mantener cierta distancia del poder político?
-Odio los tildes de ser "oficialista" o "kirchnerista". Lo que no he perdido es la memoria y si miro cómo estaba este país en el momento que asumió Néstor y todas las cosas que han pasado. Tener la posibilidad de que se pueda negociar una parte de una deuda con el Club de París sin que intervenga el Fondo Monetario, la Asignación Universal por Hijo, la política de derechos humanos, el casamiento de gente del mismo sexo. Me da mucha bronca el prototipo del argentino que se queja y para el que siempre está todo mal. Porque, además, la gran mayoría de esa gente no tiene nada para proponer. A ese tipo de cosas, claro, que las apoyo, pero no quiere decir que tenga la camiseta puesta. Odio los "istas": izquierdista, comunista, peronista, kirchnerista?
-¿No sos un militante de la causa kirchnerista, entonces?
-La palabra militancia me preocupa. Aunque en un momento lo fui y es importante conceptualmente, tendríamos que buscar una palabra nueva: "militancia" me hace acordar mucho a "militar", de milico. Hay que buscar otras palabras que tengan que ver con el compromiso de lo que uno piensa.
-¿Cómo es el momento político de Estados Unidos?
-Horrible...
-¿Obama ya no es la esperanza que imaginabas?
-La esperanza se fue diluyendo y es una demostración cabal más de que realmente en un lugar como Estados Unidos el presidente es una figurita más que una figura; los que manejan y los que cortan el bacalao son otros. Siempre he estado del lado de los demócratas y no de los republicanos, pero lo cierto es que al final del día son parecidísimos. Están en la misma, de distintas maneras. La crisis se vive, se sufre, y lo más probable es que el próximo presidente sea un republicano, y ahí sí que vamos a estar en serios problemas...
-El filósofo italiano Gianni Vattimo dijo hace poco a La Nacion : "En Europa miramos a América latina cuando pensamos en el concepto de una política novedosa". ¿En en el rock pasa lo mismo?
-Yo vengo de una generación en la que en el mismo escenario estaba Jimi Hendrix y Donovan, y todo era rock. Y no me refiero al rock and roll de Metallica, sino a esa energía primal y joven, con toda esa connotación de proponer un cambio o, por lo menos, un discurso en contra del orden establecido, del sistema que dice lo que tenés que hacer. Eso fue parte bien adrede de mi laburo como productor: por nuestra realidad sociopolítica y económica, los países de América latina producen música que tiene a veces mucho más voltaje que la música que se hace en Estados Unidos y en Inglaterra. Allá siempre va a haber buenos artistas, pero hay mucho reciclado. En cambio, por la fusión que nosotros podemos aportar, más el contenido que tiene, siento que el futuro del rock no está en Estados Unidos ni en Inglaterra, sino acá o en otros lugares del mundo que estén en desarrollo.
-Da la sensación de que ganar tantos Oscar y Grammy no te cambiaron. ¿Cuál es la fórmula para no perder el Norte?
-Esas son cosas que aprendí de mi viejo y de mi casa. Además, los reconocimientos más grandes los tuve en los últimos diez o quince años. Si me hubiera pasado cuando tenía 30 años, tal vez, me hubiera pegado de otra manera. Nunca hice nada para ganarme un premio, ni nunca hice nada por el dinero. Y soy consciente de que mi trabajo tiene dos cosas: una tiene que ver con el sudor y con estar comprometido, y otra está relacionada con que, como cualquier artista, uno es como una antena que baja todas las influencias del medio y las transmite al público. En el momento en que empezás a creer que sos vos, empiezan los problemas. Soy consciente de que tengo ese don y siempre espero afectar positivamente a la gente, que esto sirva para el bien. Pero no me interesa lo otro, es una torpeza y una pérdida de tiempo. ¿Por qué ganarte un Oscar o dos Oscar te tiene que convertir en un idiota?

Rock: entrevista con Carlos Santana

A solas con Carlos Santana: Samba pa´ti, Argentina


Diario La Nación, Sección Espectáculos, 19 de septiembre de 1999


DENVER.- "Cuando me miro en el espejo no encuentro una personalidad, sino una persona. Veo a mi papá, a mi mamá, a mis hijos, pero a veces me miro a los ojos y veo lo mismo que en la gente pobre de Estambul, de Buenos Aires o de México. Porque la pobreza huele igual, you know . A mí no se me olvida ese olor. Cuando voy a Hong Kong huele igual a Africa o la Argentina, y por eso quiero utilizar la música para nivelar, para superar la pobreza, para alegrar a los pueblos."
Cualquiera diría que el que habla no es el mismo Carlos Santana que sacó patente de personalidad en el Festival de Woodstock hace treinta años y que, desde entonces, se ubicó en la galería de héroes de la guitarra, con el rock latino como un sello propio que él se encargó, con astucia y talento, de renovar cíclicamente.
Pero sí, persona y personalidad están a solas anteLa Nación . Faltan pocas horas para que comience el último de los recitales de esta primera etapa de su gira, junto con los mexicanos de Ozomatli y de Maná. Santana está aquí para presentar en sociedad su nuevo disco, "Supernatural", el número 31º de su carrera, que por fin lo volvió a ubicar en los primeros lugares de los rankings de venta y que le permitió actualizar generacionalmente su público con invitados musicales de este fin de siglo como Lauryn Hill, Dave Matthews, Everlast, Wyclef Jean, Maná y otro jurásico sobreviviente de aquellos años sesenta: Eric Clapton.
Lo primero que impresiona de Santana es que no parece lo que uno espera de esta personalidad (o persona). Esto es: no mide más de 1,75 metro, es muy delgado, sus manos tienen dedos largos (para lo que podría entenderse como normales), ni de entre casa se quita un sombrero (debajo del cual puede adivinarse menos pelo que el que se le ve, con bastantes canas), una túnica negra con dibujos en dorado, pantalón de algodón negro, zapatillas deportivas sin medias.
Pide un té, sin azúcar, del que apenas toma tres sorbos en los 35 minutos exactos que dura el reportaje y que controla, casi al descuido, apoyando su reloj de pulsera en la impersonal mesa ratona de la impersonal suite donde habla con La Nación .
No fuma, no gesticula, conversa en un medio tono y sin mirar a los ojos de este cronista, pero busca su mirada cuando responde. Y ahí sí, en lo profundo de sus ojos negros puede adivinarse la misma energía que desarrolla en el escenario.
No lo rodea una corte de managers y de guardaespaldas. No es lo que podría esperarse de una estrella del rock que hace treinta años que no detiene su marcha. Tampoco lo es esta gira que comenzó en el sur norteamericano y finaliza en Morrison, un pueblo de 465 habitantes, cercano a la ciudad de Denver, que se parece más a una carpa trashumante donde el ídolo cincuentón comparte sus horas y el escenario con dos grupos mexicanos como si todos tuvieran veinte años, recién hubiesen llegado de su tierra natal y compartieran el objetivo de conquistar por primera vez el difícil mercado gringo .
"Cuando me miro en el espejo no encuentro una personalidad, sino una persona", fueron las palabras de Santana. La pregunta había sido si no le pesaba ser quien es, si tantos años de carrera, si tantos éxitos, si ser el dueño no sólo de un estilo tan personal de tocar la guitarra, sino también de un sonido propio, inconfundible, no es demasiado para cualquier mortal. Y, en ese momento, Santana sonríe.
No es, en verdad, un hombre de sonrisas fáciles. Tiene un arsenal de frases que parecen cuidadosamente elegidas, que siempre combinan entre sí, y parece saber de antemano cuál hará impacto en su interlocutor. Como si su lengua fuera una prolongación de sus dedos, esos que conocen cómo levantar a la platea, cómo emocionar.

"CREO EN LO QUE DIGO"

"¿Que si soy new age ? Lo dices por la forma en que hablo, ¿no?, pero yo realmente creo todo lo que digo, you know. " No lo dice con enojo. Parece acostumbrado a los disímiles efectos de su discurso, una mezcla de duros conceptos (en la entrevista se pronunció contra el Papa, los políticos, los corruptos) y frases casi ingenuas y más dignas de un manual de autoayuda: "Todos los seres humanos somos espíritus multidimensionales, con inmensas oportunidades" o "cada uno es un arco iris y no un solo color" son algunas de ellas. Un discurso siempre matizado por conceptos que confirman su condición de músico políticamente correcto: tocó en los conciertos de Amnesty, en favor de Nelson Mandela, en El Salvador desgarrado por la violencia.
"La pobreza huele igual, you know . A mí no se me olvida ese olor", había dicho Santana. Seguramente recordaba que su lucha había sido la de muchos latinos en los Estados Unidos. Pero no en estos supuestamente tolerantes años noventa, sino en aquellos convulsionados comienzos de los sesenta, cuando ese Carlos Santana de apenas 16 años (había nacido en Autlán, en Jalisco, México, en 1946) siguió a sus padres, José y Josefina, y a sus cinco hermanos a San Francisco para despegarse del hambre y acercarse a una tierra teóricamente próspera en posibilidades, pero también en iniquidades: eran los años en que los gringos no veían con tan buenos ojos a los inmigrantes chicanos (¿ahora sí?).
Don José era un violinista mariachi y le contagió el amor por la música a su hijo Carlos, que primero probó suerte con los instrumentos de viento, luego con el violín y, finalmente, prefirió la guitarra eléctrica que su papá le compró por pocos dólares en una primera visita a la Costa Oeste de los Estados Unidos.
"Mi padre no fue famoso, pero la gente lo adoraba _recuerda hoy Santana_. Lo llamaban todos los días para tocar en las kermeses, los bautismos, las bodas. Siempre quise ser como él. Desde pequeño vi en los ojos de la gente cómo lo querían. Cuando tomaba el violín no existían las penas. Es lo que él me enseñó primero: cómo penetrar en el corazón de la gente. Fue un buen profesor. Mi madre me enseñó principios de convicción, y mi padre, de carisma." En la patria de los gringos nacía un mundo nuevo, que era el mismo de siempre, pero tamizado por una cultura hippie llena de esperanzas, de utopías, de discursos pacifistas, de drogas, de rechazos a la guerra en Vietnam, de amor libre, de psicodelia. Y de chicanos como Santana que veían ese mundo nuevo desde la pequeña ventana que les dejaban oficios como los de lavaplatos.
En su caso, además, había espacio para la música: el hijo del mariachi violinista se había perfeccionado como un buen guitarrista, algo que no impidió su súbita decisión de regresar a México, en 1966, para intentar lo que la tierra de promesas no había podido cumplir. Dos años después, cansado de haber podido tocar solamente en casamientos y en banquetes, Santana volvió a dejar su tierra para radicarse, ahora sí definitivamente, en San Francisco.
Su vida cambió por fruto del azar y de forma casi cinematográfica. Escena 1: Santana convertido en un habitué del Filmore West, el local donde todas las noches tocaban las bandas de moda, regenteado por Bill Graham (que sería clave para el futuro de nuestro amigo chicano). Escena 2: bluseros como Al Kooper y Mike Bloomfield, en tres esperadas jam sessions del Filmore West, con entradas agotadas. Escena 3: enfermo, Bloomfield les deja su lugar a varios guitarristas que se presentaron espontáneamente. Escena 4: de todos los sustitutos, ¿adivinen quién terminó aplaudido como si fuera un enviado guitarrístico del Señor?
La escena 5 comienza a ser obvia: Graham, el dueño del Filmore West, lo termina apadrinando; nuestro amigo chicano forma la Carlos Santana Blues Band, con algunos músicos norteamericanos y otros importados de México. De la mezcla surge una música que fusiona rock, blues, jazz, ritmos latinos, africanos y caribeños. Faltaba poco para que ese cóctel con destino de híbrido tuviera un sabor distinto y exitoso.

LOS AÑOS DE WOODSTOCK

Lo que siguió, en 1969, fue Woodstock. Consagratorio para una generación y para una serie de músicos entre los que sí, por fin, estaba Santana. Hoy, nuestro amigo chicano lo recuerda con cariño, pero sin nostalgia: "Fue tan importante que por eso no me interesó esta última edición, hija del dinero. A Woodstock lo llevo encima. Nadie me lo puede quitar. ¿Si algo ha cambiado desde entonces? Es lo mismo. Hay diferentes nombres, pero tenemos las mismas noticias. Lo único es que hay más gente que medita, que reza, que invoca los espíritus divinos. La prensa sólo difunde lo negativo, aunque haya mucha más gente que se levanta cada día para curar e iluminar esta vida. No es que antes hubiera más ilusiones. Es que no nos quedaba otra. Teníamos que levantarnos y protestar. En todas partes había matanzas. En las universidades, en México, en las Olimpíadas, en Vietnam... Era una guerra el mundo de los años sesenta y por eso la música era tan fuerte. Pero también hay otra guerra hoy. Que no sólo se desarrolla desde afuera, sino desde adentro nuestro. Hoy, el miedo es nuestro peor enemigo. El mundo está como está simplemente porque lo permitimos".

SU PROPIO GURÚ

Santana se entusiasma cuando se le señala que, a esta altura, parece el inventor de su propia religión. En 1972, nuestro amigo chicano resuelve dejar atrás un presente demasiado lleno de mujeres fáciles y drogas difíciles, y, gracias al guitarrista de jazz Larry Coryell, se conecta con el gurú Sri Chinmoy, que ya había reclutado a otro colega como John McLaughlin. Desde entonces, con pelo corto y túnicas blancas, se hace llamar Devadip. Hoy, el gurú de Santana es él mismo. "Cada uno tiene su forma de agarrar la guitarra, y para eso no hay profesión. En los próximos cien años no vamos a necesitar gurúes, ni swamis, ni ministros. No necesitaremos las tres p. ¿Sabes qué son? El Papa, la política y los patrones. Cada uno será consciente de que todo lo que necesita ya lo tiene adentro. Lo único que tienes que hacer es meditar, comunicarte con Dios y él te enseñará a ser victorioso en tu vida. Ser victorioso es cuando todos, y no tú solo, salimos ganando. Si no, es tragedia. A mi mamá le da miedo cuando digo esto porque mucha gente se incomoda. Pero es importante saber que no vamos a necesitar un hombre entre nosotros y Dios."
En esta particular concepción autogestionada de la relación con el Supremo, Santana también incluye una suerte de mandato divino para extender el arte latino por todo el territorio norteamericano.
"Estoy muy contento de que Dios me ponga en este camino para poder unificar lo que ofrecemos Ricky Martin, Jennifer Lopez, Maná, Rubén Blades, Gloria Estefan, para cambiar al menos la forma en que nos pintan en California y en el resto de este país", sostiene este enemigo de los rótulos musicales y étnicos, que tampoco es amigo de lo que los medios llaman el boom latino en los Estados Unidos. "No creo en nacionalismos ni en separatismos. Menos en este boom . ¿Si existe aquí discriminación hacia los latinos? Igual que en la Argentina, que en Cuba... Aquí no es diferente, aunque es cierto que es más intenso.
"Y mi último CD es una muestra de integración. Este disco lo hicimos con mucha gente que son espíritus muy fuertes, y todos queremos lo mismo: acelerar con la música otra dimensión en este planeta para que no haya tanta pobreza, tanto sufrimiento, tanta perversión y tanta ignorancia. Somos espíritus multidimensionales, con inmensas oportunidades y posibilidades. No importan las fronteras, los presidentes y las banderas. Queremos usar este regalo de Dios para que la gente de habla hispana tenga un mejor futuro, transformar gobiernos, desplazar a los corruptos, tentar los corazones de la gente rica que controla todo." Nuestro amigo chicano admite que la convivencia de géneros de su nuevo álbum (donde hasta aparece el rap y el hip-hop) es producto de la influencia de sus tres hijos (Salvador, de 16 años; Stella, de 14, y Angelica, de 9), de los cuales sólo el primero "toca un poco la guitarra, pero sus instrumentos son el piano y los tambores". A ellos les gusta la música de su papá, pero también creen que no existen las etiquetas: "Siempre hablamos con ellos que lo primero que hace la música es arreglar las células del que la oye. Por eso se erizan los pelos de la gente y comienzan a cantar y a llorar. La música sensibiliza los corazones".

EL MILAGRO DE UNA FUNDACIÓN

Ante este hombre con semejante discurso, muchos podrán creer que se trata de una pose, de un predicador chicano que habla sobre las bondades de su producto espiritual-musical mientras se sienta en la pila de dólares de los discos que vende. Hay, entre otros, un dato que muestra una correspondencia directa entre sus palabras y los hechos: la Fundación Milagro, que él y su esposa presiden, para subsidiar los estudios de los latinos pobres en California.
"En este Estado, el gobierno paga solamente 4500 dólares por año en cada estudiante, mientras se gastan 35.000 por cada prisionero. La fundación quiere cambiar eso. Queremos más educación para los latinos para que no abandonen la escuela porque si no acabarán en la cárcel. También damos energía, que es dinero, a las mujeres solteras que se embarazan y a las jóvenes que no tienen trabajo y les enseñamos computación, por ejemplo, para que tengan una profesión con más dignidad. No creo en el comunismo ni en el capitalismo, ni en demócratas ni en republicanos. No creo en las religiones, que son un negocio, instituciones corruptas. Creo nada más que en el corazón de la gente."
Y, ahora sí, entra en escena su manager. Nuestro amigo chicano mira de reojo su reloj de pulsera y estira su mano para terminar esta nota que, por momentos, fue toda una clase de catecismo santanístico, por buscarle algún nombre. Por eso parece lógico que para contestar la última pregunta (¿Tocará nuevamente en la Argentina?) no pueda con su genio e invoque una instancia suprema: "Si Dios quiere, en febrero o marzo del 2000".

Como el discurso de un gurú


DENVER.- Si hubiera un Pequeño Santana Ilustrado, podría contener conceptos como los que siguen.
  • "La idea es sensibilizar los corazones. Un camino es la música. Jesucristo cambió el destino de este planeta hace 2000 años y todos tenemos un cacho (sic) muy grande de él, y también de Mahoma, Alá, Buda."
  • "Si tú quieres lo más elevado para el planeta y la gente, no necesitas leer la Biblia ni otros libros sagrados, porque quiere decir que tú eres sagrado."
  • "Siento que en América del Sur los valores falsos de Europa le pusieron un techo a la mentalidad de la gente, desde México hasta la Argentina. Culpabilidad, vergüenza, miedo, condena, juzgamiento... Son todas cosas negativas que vienen de conceptos europeos."
  • "La libertad es cuando uno empieza a decirse a sí mismo "Dios me hizo", entonces tengo que tener algo divino, y como lo soy, me comportaré como ser divino."
  • "La prueba de mi existencia es que si yo pienso 15 minutos en Eric Clapton, él me va a llamar."
  • "A cada músico que está en contacto conmigo yo le paso un virus, y ellos, a su vez, me pasan un virus. Y ese virus es espiritual. Es lo que yo he aprendido de (John) Coltrane, de (Bob) Marley, de Cristo. Hay tantos santos y personas espirituales que han llegado a este mundo..."
  • "Cuando tienes el corazón abierto ves que todo es uno, que no hay más que una verdad en todas las religiones, en todos los caminos de divinidad. Y como todo es uno debemos tratarnos como lo que somos: sagrados, todos, desde el Papa hasta la prostituta."
  • "Me gusta darle a conocer a la gente que cada ser humano es importante, se llame Guillermo Vilas o como una mesera. Porque el que sirve es reina o rey. Y el que no sirve, no sirve."

En vivo, una lección de energía latina


DENVER.- Santana ha decidido darle un color más latino que nunca a su carrera, y la gira que acaba de finalizar en Morrison, este coqueto pueblo de 465 habitantes, es una demostración de ello.
¿Cómo explicar, si no, la decisión de compartir esta gira que comenzó en el sur de los Estados Unidos junto con el ascendente grupo mexicano Maná y sus compatriotas de Ozomatli? No se trata de una mera estrategia de marketing. El propio Santana, en diálogo con La Nación , explicó que cuando visite nuevamente la Argentina, a principios del año próximo, quiere tocar acompañado por bandas nacionales que estén en su misma sintonía.
Sea como fuere, el apacible Morrison -de apenas cinco calles céntricas y rodeado de montañas- está hoy más alborotado que nunca. El anfiteatro Red Rocks, con capacidad para un poco más de 9000 personas, es la sede de esta despedida del tramo latino de la gira de Santana (el mes próximo, la reanudará en las más importantes ciudades de los Estados Unidos). La mezcla de géneros de Ozomatli (desde el latin rock hasta el punk) enciende los ánimos en las gradas de este anfiteatro, construido entre las montañas. La temperatura del público (que en un 60 por ciento parece de origen latino) se eleva cuando aparece Fher, el cantante de Maná, y el resto de la banda. Un largo set, de casi una hora y media, permite que el líder del grupo se dirija demagógicamente a los concurrentes: "Sin ustedes, los latinos, este país no sería nada".
El turno de Santana, vitoreado como un enviado del Señor, permitirá comprobar que, gardelianamente, cada día toca mejor. El show, como su disco "Supernatural", comienza con el rítmico "(Da Le) Yaleo" y finaliza con el hit "Corazón espinado", junto con Maná. En el medio, todo su nuevo disco, clásicos como "Todos quieren algo", "Europa", "Mujer de magia negra", "Oye cómo va" y hasta el Concierto de Aranjuez.
Su banda es una de las mejores de todos los tiempos. Sobre todo Rodney Holmes, ese pulpo humano que está detrás de la batería, y los increíbles percusionistas Karl Perazzo y Raúl Rekow, cuyas manos tocan los timbales y las congas como si no tuvieran sólo piel, músculo y hueso.