jueves, 7 de febrero de 2013

Entrevista con Eduardo Sosa

"Los Kirchner gobiernan de una manera medio tóxica"

Suplemento Enfoques, diario La Nación, 25 de octubre de 2009

RIO GALLEGOS.- El peor enemigo de los Kirchner no es el que muchos creen. No tiene la cara de Eduardo Duhalde ni de Elisa Carrió ni de Mauricio Macri. En realidad, no es un político ni un empresario ni un hombre del campo. Tampoco es alguien que haya denunciado ni que haya hablado mal de la pareja gobernante. Es, quizá, algo peor: alguien que intentó ponerles límites. Y que justamente por ello, como procurador general de la provincia de Santa Cruz, perdió su trabajo en 1995.
Parece mentira que el peor enemigo de los Kirchner, ése que es considerado por ellos como tal desde hace mucho tiempo y que acaba de ganarles una batalla judicial, sea Eduardo Sosa, este abogado de 57 años, de hablar pausado y perfil bajo -porteño de nacimiento y radicado en Río Gallegos desde 1977-, cuyo caso se convirtió en el símbolo de la falta de independencia judicial en la Argentina, de la injerencia del poder político en los tribunales, de las arbitrariedades de algunos feudos provinciales, del vale todo al que se recurre cuando se trata de impedir el control de los actos de gobierno. Ahora, en su casa, el mismo día en que la Corte exigió que se lo restableciera en su cargo, casi quince años después de haber sido echado aunque la Constitución provincial le otorgaba el derecho a la inamovilidad, Sosa habla con fluidez de los vericuetos de la causa que llevó adelante, pero se nota que le cuesta criticar abiertamente a quienes lo despidieron con arbitrariedad.
Por momentos, parece que siguiera siendo el jefe de los fiscales que debe mantener independencia, pero, cuando le toca, no elude definirse: por ejemplo, cuando dice que "los Kirchner tienen una forma medio tóxica de gobernar porque avanzan en la acumulación de poder destruyendo cosas, valores y esencias que son muy importantes".
El llamado "caso Sosa", que llegó a ser planteado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, comenzó cuando este hombre, juez, fiscal de cámara y, finalmente, procurador general desde 1990 y que investigaba, por ejemplo, convenios vinculados con los fondos de Santa Cruz, se enteró de que el gobernador Néstor Kirchner y su esposa, la diputada provincial Cristina Kirchner, impulsaban una ley para cambiar la estructura del Poder Judicial de la provincia. Esa iniciativa tenía tres ejes: el aumento de tres a cinco de los miembros del Tribunal Superior de Justicia, el desdoblamiento del cargo de procurador (en un fiscal y un defensor de pobres) y el despido del propio Sosa.
El procurador había sido designado por la Cámara de Diputados provincial y legalmente sólo podía ser removido mediante un jury de enjuiciamiento.
Desde la sanción de la ley, en 1995, Sosa comenzó un extenso peregrinaje judicial y logró que la Corte se pronunciara en tres oportunidades en favor de que lo repusieran en su cargo.
La justicia provincial nunca lo hizo, en algún caso con argumentos insólitos: en 2002, el tribunal santacruceño, presidido por Carlos Zanini, actual secretario Legal y Técnico de la Presidencia, dijo que no podía devolverle el cargo porque "no había partida presupuestaria" para hacerlo.
En 2005, incluso, el gobierno provincial depositó 1.200.000 pesos en concepto de indemnización, algo que Sosa rechazó.
El ex procurador, que tuvo que volver a su profesión y asesoró al intendente de Río Gallegos para poder subsistir, demostró que sabe esperar: el martes pasado, catorce años después de su remoción, la Corte exigió al gobernador Daniel Peralta reponer a Sosa en sus tareas en 30 días, "bajo apercibimiento de dar intervención a la justicia penal para que investigue la eventual comisión de un delito de acción pública".
-¿Por qué su tarea molestaba tanto al gobernador Kirchner y a su esposa? ¿Fue realmente por su investigación sobre las regalías petroleras?
-En realidad, la investigación sobre las regalías petroleras giraba alrededor de un convenio de honorarios, de la necesidad de haber contratado abogados ajenos a la propia fiscalía y que quizá no hubiese sido necesario. Pero ese fue un pedido de investigación que no lo afectaba en ese momento al gobernador Kirchner, sino, en todo caso, al anterior, [Arturo] Puricelli. Lo que sucedía era que, a lo mejor con las limitaciones del caso, hacíamos un intento de formar algo mínimamente institucional, es decir, tener reuniones con los fiscales, charlar los temas, generar una cierta dinámica y un cierto trabajo de equipo. Y, por lo que he visto después, la manera de ejercer el poder por parte de Kirchner le produce inseguridad. No sé si fue por un tema específico.
-¿Su perfil independiente molestaba a Kirchner?
-Claro, genera incomodidad a una persona que quiere controlar todo.
-¿Tenía relación con él o su mujer?
-No, los habré visto dos o tres veces en actos protocolares.
-¿Aquella reforma judicial fue sencillamente una maniobra para sacarlo a usted del medio?
-Por lo visto, sí. No me siento tan importante, pero, a lo mejor, otros pensaban que uno podía producir algún tipo de acto que los perjudicara.
-Cuando era procurador, ¿alguien le dijo que molestaba al poder político?
-No.
-Pero seguramente cuando se enteró de la reforma que desdoblaba la procuración usted intuyó lo peor.
-Claro, era la notificación fehaciente de que no querían que yo estuviera, pero en ningún momento invocaron otra razón que el hipócrita argumento de que "el cargo no está".
-Dicen que a usted lo veían como a un opositor. ¿Usted es radical?
-Ellos me ven como radical. En realidad, no tengo una militancia. En mi juventud era del centro de estudiantes de la Facultad de Derecho y estaba en la juventud universitaria peronista. Mucho después me sentí muy identificado con el proceso de democratizacion y con lo que significó la presencia de Raúl Alfonsín, pero me considero independiente.
-Aunque usted, cuando lo echaron, trabajó en la Municipalidad de Río Gallegos, conducida por un radical.
-Formé parte de la gestión de Alfredo Martínez, pero en un asesoramiento técnico. No milité, más allá de que me gustan muchísimas cosas de los valores que maneja el panradicalismo. Pero trataron de embarrar la cancha diciendo que era un tema de oposición política partidaria.
-Igualmente, ¿usted se jubiló?
-Eso fue el año pasado, en que con una cantidad de años de aportes, solicité la jubilación. Y eso incluso lo utilizaron como un elemento en mi contra ante la Corte.
-Pero si reasume como fiscal, ¿seguirá cobrando la jubilación?
-Cuando asuma no voy a cobrarla. La dejo en suspenso, pero ya tengo preservado mi derecho jubilatorio. Si mañana varían la ley, ya tengo un régimen asignado.
-A muchos les llamará la atención que usted rechazara una indemnización millonaria. ¿Por qué lo hizo?
-Cuando debatieron la reforma judicial, en 1995, una de las cosas que decía la actual presidenta de la Nación es que no me correspondía siquiera una indemnización porque ya había un antecedente de cuando dejaron cesante a un fiscal, pero era en la época de los militares y cuando llegó la democracia a ese fiscal no se lo confirmó. ¿Le parece que es lo mismo que mi caso? En 1998, admitieron que mi despido fue inconstitucional. Y cuando en 2001 dijeron que había que pagarme, era todo un avance. Pero habrán dicho: "Este ya afloja acá. Además, es bastante plata, 1.200.000 pesos". Ahí, hice como [Alberto] Olmedo: no quiero ni mirar, la plata no la toco (risas). Pero fue como el deber cumplido. Algo natural. Hay cosas de ese tipo todos los días y la gente no las valora. En el aeropuerto de acá, una persona encontró 16.000 dólares y los devolvió. No era mío, dijo. Se acabó.
-Acá quizá era más discutible porque se trataba de una indemnización.
-Sí, pero lo que estaba en juego era lo otro, el tema institucional.
-¿Qué piensa de los Kirchner?
-Hay una manera de gobernar que genera mucha acumulación de poder y que no reconoce lo institucional, las reglas de juego. Es medio tóxico: avanzan en la acumulación de poder destruyendo cosas, valores y esencias que son muy importantes.
-¿Usted podrá ser imparcial en la administración de la justicia cuando se sintió injustamente echado, condenado? ¿Mantendrá el equilibrio si tiene que intervenir en un caso que afecte a los Kirchner o a sus aliados?
-¿Quiere saber si tengo odio? Está muy bien la pregunta. El remedio que tengo para seguir adelante es ponerle una cuota de humor y de cierto relativismo al tema. No significa no ser riguroso con lo que me toque, pero no motorizado por un espíritu de venganza. Si no, me haría mal a mí.
-Se sabe que la justicia está condicionada por el poder político, pero ¿existe una "servilleta" de Kirchner como antes existía la de Carlos Menem?
-No conozco, pero supongo que en el ambiente de la justicia federal es el ambiente donde predomina este tipo de cosas. El hecho de que haya habido una novedad política por las elecciones del 28 de junio se nota porque algunas investigaciones se mueven. Pero alguna vez escuché a uno de los jueces que decía que el problema no es porque falta independencia, sino porque no les dan bolilla. El juez manda oficios, no le contestan y esperan hasta que van perdiendo poder. Es lamentable. La Justicia debería poner límites sin entorpecer. Tiene que ser, en definitiva, un armonizador.
-Hace mucho que hablamos de la crisis de la Justicia. ¿Cuál es la clave? ¿Tiene que ver con la capacidad personal de cada juez o responde a un problema integral, de la sociedad?
-Es complicado. Estamos viviendo una época en la que predomina mucho la acción directa, esta idea de que las cosas se pueden solucionar de golpe, a los manotazos. Lo institucional es algo distinto. Las cosas tienen sus tiempos y el Poder Judicial debe cumplir una función para asegurar el acceso a la justicia para todos, que resuelva cosas, que brinde un servicio que sea rápido. Por ejemplo, que haga posibles iniciativas que son muy buenas como la denominada justicia de menor cuantía. Más juzgados y que se resuelva rápido. Si le sumamos una justicia que se mantiene independiente, que limita, que no está partidizada. Y que el Poder Judicial también se maneje con cierto trabajo en equipo, interrelacionado con otros estamentos de la sociedad, como la universidad, por ejemplo. Pero para eso tenés que sentirte libre, sentir que estás haciendo algo que te gusta.
-¿Usted podrá sentirse así? Volverá a la Justicia después de catorce años. ¿No se encontrará con más condicionamientos, más presiones?
-Quizá si, pero no podría decirlo ahora. También depende de lo que uno haga. En todo caso, lo grave no me parece Kirchner. Es admirable porque él tiene una capacidad para estar en todo. Lo grave es el otro, el que tolera ciertas cosas. ¿Cuál es tu función? ¿Investigar? Entonces investigá. Te equivocarás, pero trabajá de buena fe. Uno puede mandarse macanas bárbaras, pero hay que fijarse en las reglas de juego, en lo institucional. Si tenés un problema con alguien, te excusás. Espero que predomine esa idea de que cada uno cumpla su función. Suena medio naíf, pero así debería ser.
-El llamado "caso Sosa" tiene un valor simbólico muy grande. Marcó un punto importante en la relación entre los gobiernos y los poderes judiciales. ¿Servirá para mejorar algo?
-Tuvo un valor simbólico muy grande y de la misma manera espero que esto tenga un valor simbólico. Es decir, la Justicia no es ninguna lumbrera, por lo que recuerdo, pero había gente que se movía, sobre todo, integrando una institución. Que no es solamente un problema de corporativismo, sino de manejar ciertas reglas de juego. Con lo que sucedió con mi tema y con algunas otras designaciones, se empezó a relajar todo y, lamentablemente, salvo excepciones de magistrados muy dignos y de gente que trabaja muy bien, el Poder Judicial en Santa Cruz está muy cuestionado.
-El gobernador Peralta acaba de decir que le resultará difícil aplicar el fallo de la Corte que lo beneficia a usted.
-Por un elemental respeto a la figura del gobernador, tomo, a su vez, su frase de que todavía no leyó el fallo en profundidad. Una vez que lo haga, es bastante claro lo que ha dicho la Corte. Lo que tiene que hacer es ponerme en funciones como fiscal ante el Tribunal Superior.
-Hay una versión que afirma que Kirchner pondría a Zanini, uno de sus hombres, como vocal en el Tribunal Superior, como una forma de limitar su tarea de fiscal. ¿Esto lo preocupa?
-No me preocupa. Me resultaría algo llamativo.
-Esta decisión de la Corte, ¿es una señal al poder político? ¿Cuál es?
-Es una manera de poner límites. Y de fijar y preservar, en definitiva, las reglas de juego. Eso es importante en un tema sensible como es la función judicial.
-¿Le tenía fe a esta Corte?
-Está dando muestras de que quiere definir situaciones importantes. Por ejemplo, la pauta publicitaria oficial de Neuquén, el reclamo de San Luis por los fondos, la intervención por la contaminación del Riachuelo. Así está mostrando que se deben poner límites. Esa es la verdadera autoridad del Poder Judicial. Como la famosa frase de que no tiene ni la bolsa ni la espada, pero tiene la autoridad de sus fallos.
-Es paradójico que el mismo Kirchner que promovió la renovación de la Corte sea el que impulsó su despido de la procuración. Es decir, termina dictando un fallo en contra de él.
-Habrá tenido un momento de lucidez cuando designó a los miembros de la Corte. Hay que agradecérselo (risas).
-¿O no habrá pensando en los efectos que podía llegar a tener la independencia de la Corte?
-A lo mejor lo pensó y el mérito se lo podemos atribuir a él (risas). ¿Por qué no?

MANO A MANO

Cuando Eduardo Sosa me recibió en su casa de Río Gallegos, hacía muy pocas horas que se había conocido la noticia del fallo de la Corte que lo beneficiaba, a catorce años de su despido. Lo noté aliviado más que contento. Su mujer, Liliana, es una artista plástica que utilizó el drama de su marido para inspirarse y así pintar cuadros para una muestra que se llamó "Sobre la justicia".
Se nota que el tema ha sido la obsesión de esta familia. Pero es llamativo que Sosa no haya cedido a la tentación de tomarse revancha de quienes lo castigaron ilegalmente. No los trató con cariño, es cierto, pero no se encarnizó con los Kirchner en forma proporcional al padecimiento de cada uno de los catorce años en que esperó que se hiciera justicia. Cerca de Sosa dicen que el ex procurador no podría haberse quejado legalmente si los Kirchner, en lugar de echarlo, lo hubieran designado defensor de pobres. Pero la pareja gobernante de Santa Cruz demostró ya por entonces que, al revés del viejo lema radical, es mejor que se rompa pero que no se doble. Una lástima: hace catorce años que, sin quererlo, convirtieron a un hombre mesurado en el símbolo de lo que puede hacer la desmesura en el ejercicio del poder.

Entrevista con Jorge Edwards

"Los cambios que se hicieron en Cuba son puro maquillaje"

Suplemento Enfoques, diario La Nación, 24 de abril de 2011

Uno es un intelectual chileno de izquierda, simpatizante del comunismo, que fue designado en 1971 por el presidente socialista Salvador Allende como embajador en La Habana. El otro es un intelectual chileno de derecha, simpatizante del liberalismo, que fue designado en 2010 por el presidente conservador Sebastián Piñera como embajador en París.
En realidad, no son tan distintos. Es más, uno y otro son el mismo: Jorge Edwards, escritor y diplomático, cuya vida, no sólo su ideología, dio un giro drástico "a los tres días" de haber pisado la capital cubana. En ese momento, como admite ahora ante Enfoques, se dio cuenta de que las feroces críticas de sus colegas del mundo literario contra el régimen de Fidel Castro no eran exageradas. Aunque había sido designado allí para restablecer relaciones entre Chile y Cuba, su respuesta fue escribir uno de sus libros más famosos, Persona non grata, en el que cuenta, en formato narrativo, su experiencia como embajador en esa época en la que llegó admirando la revolución cubana y se fue echado del país, acusado, sobre todo, del gravísimo delito de mantener relaciones fluidas con los escritores disidentes.
Cuando se publicó aquel libro, en 1973, la abrumadora mayoría de sus colegas latinoamericanos, como el ex revolucionario Mario Vargas Llosa, compartía sus ideas de izquierda, por lo que esa polémica obra convirtió a Edwards en el primer escritor que se animó a cuestionar públicamente la experiencia castrista y, obviamente, lo convirtió en una suerte de encarnación del mal para gran parte del ambiente literario del continente.
Este hombre afable y de gran sentido del humor, también abogado y periodista, que el 29 de junio cumplirá 80 años, quedó asociado desde entonces con las ideas de derecha, pero fue uno de los más tenaces críticos de la dictadura de Augusto Pinochet, hasta tal punto que debió exiliarse en España desde 1973 hasta 1979, año en que volvió a su país y desafió al régimen militar con la creación de un comité de defensa de la libertad de expresión, justo cuando la censura era algo demasiado cotidiano.
Edwards estuvo en Buenos Aires para sumarse a las deliberaciones de la Sociedad Mont Pelerin, una entidad internacional conservadora que durante tres días reunió a políticos, economistas e intelectuales liberales de todo el mundo para debatir sobre el populismo en América latina. Y así como no elude definiciones tajantes, se frena cuando se le pregunta por Cristina Kirchner: "Hombre, acuérdese de que soy embajador".
Esa moderación no la aplica tanto cuando habla de colegas como Gabriel García Márquez, a quien califica de "escurridizo" y del que destaca que "le gusta estar en la sombra del poder". Y aunque elogia a Pablo Neruda, con quien trabajó en la embajada chilena en París, revela que tenía un "doble discurso", porque no ventilaba en público algunas de sus críticas contra el socialismo.
También habla de literatura, por supuesto. De cómo le saca tiempo a su tarea de embajador para escribir la primera parte de sus memorias y un ensayo político que condense los epílogos de las distintas ediciones de Persona non grata . Esa pasión que mantiene inalterable y que se canalizó en libros que le sirvieron para formar parte del elenco más ilustre del boom latinoamericano. El peso de la noche, Los convidados de piedra El museo de cera El inútil de la familia La muerte de Montaigne , entre otras, conforman una obra por la que en 1999 obtuvo el premio Cervantes.
-Usted coincide en este encuentro internacional y en la Feria del Libro con Vargas Llosa, un colega al que algunos argentinos no quieren dejarlo hablar. ¿Cómo vivió este episodio? ¿Le hizo acordar a su pasado?
-A los escritores que dicen verdades o que incomodan se los suele hacer desaparecer como escritores o se los convierte en "no personas". Se produjo cuando a Borges lo quisieron hacer cuidador de un gallinero. A Vargas Llosa no lo quisieron dejar hablar en la Feria del Libro. Un premio Nobel de literatura, un hombre que ha dedicado su vida a escribir y a leer?
-En el oficialismo lo atribuyen a una reacción por su alto perfil político, al hecho de que había criticado al gobierno argentino y a que es un "ideólogo de la derecha"...
-Bueno, pero se puede ser ideólogo del centro, de la derecha y de la izquierda y no veo que eso sea un pecado. Y no dejar hablar a alguien porque es ideólogo de una idea contraria a la de uno es profundamente fascista, totalitario.
-¿Cuál es la imagen que usted tiene del gobierno de Cristina Kirchner?
-Hombre, acuérdese de que soy embajador.
-Pero también es un hombre político y comprometido con sus ideas.
-No conozco bien la situación en la Argentina, pero sí le digo una cosa: he estado en Buenos Aires muchas veces en mi vida y sus calles parecían bombardeadas, llena de baches, y hoy está mejor. No sé si el Gobierno está haciendo algo positivo, pero la he encontrado muy bonita.
-Claro, pero elogia a la ciudad de Buenos Aires, que está manejada por Macri, un hombre de centroderecha como usted...
-Bueno, puede ser... Encontré a Buenos Aires bien sin pensar que está manejada por Macri, no se me ocurrió, pero la ciudad trasmite una impresión del país. Y otra cosa: a pesar de todas las crisis, de todos los cambios, aquí hay una base cultural interesante. Se ve que los niveles de la educación en la Argentina siguen siendo buenos. Y se ve que hay mucha lectura.
-Usted es muy diplomático: sobre Cristina Kirchner no me dijo nada.
-No dije nada. (Se ríe.)
-¿No es uno de los liberales que asocian al kirchnerismo con el chavismo?
-No necesariamente. Los países chavistas son muy claros: Bolivia, Ecuador, Nicaragua. La Argentina tiene una personalidad diferente. Puede tener algunas relaciones con Venezuela. Pero también Chile tiene relaciones con Venezuela.
-Usted era un intelectual de izquierda que termina como embajador de un gobierno de derecha. ¿Cómo fue esta conversión?
-La experiencia cubana fue importante porque yo a los tres días de estar allí ya tenía una idea formada. Me dije: si este experimento político cubano se repite en Chile, yo voy a ser un exiliado. La Habana estaba llena de argentinos, ecuatorianos, brasileños, que muchas veces veían lo mismo, pero yo veía que eso en Chile podía ser una realidad política porque el gobierno de Allende estaba muy comprometido con el de Cuba.
-De todas formas, usted llegó a La Habana designado por Allende...
- Yo tenía la misión de abrir la embajada chilena porque hacía siete años que Chile había roto relaciones con Cuba. Lo que pasó justamente es que tener relaciones con el mundo literario era lo peor para un embajador porque ese mundo literario ya hablaba con mucha libertad y la crítica al régimen era feroz. Cuando yo vi a Fidel Castro la primera noche que llegué a La Habana y vi a los escritores al segundo día tomando daiquiris en el hotel porque era un sábado, dije: "Me metí en un lío más o menos importante".
-¿Cómo fue ese encuentro con Castro?
Llegué a La Habana, me llevaron a un teatro, quedé detrás del telón y al otro lado se escuchaba la voz de Fidel Castro. Terminó el discurso, que duró como cinco horas, y me lo presentaron. Cuando quiere caer simpático, es un encantador de serpientes. Después me dijeron que me iban a llevar a una entrevista en el periódico Granma . Era la una de la mañana, me llevaron al diario, todos esperamos bastante hasta que finalmente se abrió una puerta lateral, entró Fidel y hablamos durante tres horas y media? Me dijo cosas curiosas. "Ustedes deberían comenzar por algo y dejar el resto para después. Nacionalicen el cobre, háganlo con mucho cuidado, que la gente entienda que eso le conviene a todo el país y el socialismo lo dejan para más tarde". Muy prudente.
- Usted ya simpatizaba con Cuba.
-Tenía simpatía por el régimen cubano y por el mundo comunista pero había empezado a dudar. Cuando se produjo la invasión de Checoslovaquia no me gustó nada. Y en Cuba había varios problemas. No había dinero, había trueque. Era una economía totalmente falsa. También había algo siniestro: unas unidades militares de ayuda en la producción donde encerraban a los homosexuales, a gente que tenía religiones exóticas, a los drogadictos. A poco de andar, me di cuenta de que la revolución era un problema en sí mismo y de que los socialismos reales no funcionaban.
-Usted ha contado que esas mismas dudas las llegó a tener alguien insospechadamente de izquierda como Pablo Neruda.
-Cuando un periodista francés le preguntó por los crímenes de Stalin, Neruda le contestó: "Me equivoqué". Una vez, le habló con preocupación sobre la Unión Soviética a un ministro húngaro y le dijo que cada vez que molestaban a Solyenitzin en Occidente lo molestaban a él. Entonces el húngaro se puso de pie: "Pablo, de todas maneras el socialismo va a triunfar". Y Neruda le contestó: "Tengo serias dudas". En sus dudas era muy lúcido. Lo que pasa es que tenía doble lenguaje. Frente a una cámara no decía eso.
-No es el mismo caso de García Márquez. Debe de ser el último de los grandes escritores latinoamericanos que se mantiene fiel a Fidel Castro. ¿Usted le perdona esa simpatía?
-No, nunca se lo he perdonado ni él me ha perdonado Persona non grata , pero cada vez que me lo he encontrado almorzamos juntos. Mario (Vargas Llosa) es más combativo, muy guerrillero a su manera ideológica, pero García Márquez es astuto, escurridizo. A él le gustan los presidentes, por ejemplo, le gusta estar en la sombra del poder y era amigo de todos los presidentes de derecha de Colombia. Una vez estaba con no me acuerdo qué presidente de centroderecha de Colombia y el presidente mismo le dijo que se escondiera porque no le convenía esa foto. Y él aceptaba eso. Hay una interesantísima biografía de García Márquez, escrita por un inglés, en la que figura una escena impresionante: en La Habana, con la gente mal alimentada, Fidel y García Márquez están tomando champagne Dom Perignon mirando la situación desde un balcón.
-¿Puede haber cambios serios en Cuba mientras esté Fidel Castro?
-Sólo sin Fidel Castro habrá cambios. Los que se están haciendo ahora son puro maquillaje, cambios menores, una especie de lenta salida del socialismo. Sin Fidel se acelerará. Me hace acordar a un chiste antiguo. Le pregunta un polaco a otro: "¿Cuál es la manera más lenta de llegar al capitalismo?". "El socialismo", le contestan.
-Si hay rebeliones en el mundo árabe, es raro que no las haya en Cuba, ¿no?
-Hay miedo, aunque hay una cantidad de manifestaciones como las de los blogueros, que colocan en la Red una crítica feroz. Pero estuve en Cuba hace mucho tiempo y eso es del pasado. A mí me interesa hoy lo que pasa en Chile, en Brasil, en Colombia. Me apena que haya una solución política mala en Perú porque ahí hubo una imprevisión completa de los candidatos de la derecha. La prudencia es una virtud y tiene que ver con la política. Un presidente puede darse el lujo de ser imprudente, pero las consecuencias las sufren los demás. Allende comenzó con una medida imprudente: subió los sueldos un 40 por ciento, pero al final del año la inflación era del 100 por ciento y el alza se había perdido en el año.
-Es interesante: la prudencia no está muy valorizada en la política argentina.
-Es un valor desprestigiado. Porque los hispanoamericanos somos machistas, violentos, desmesurados, y a la persona prudente la consideramos débil, afeminada. En Cuba, José Lezama Lima me dijo un día: "¿Usted se ha dado cuenta de que aquí nos morimos de hambre? Espero que en Chile sean más prudentes". En la época de Allende les pregunté a varios funcionarios si no le tenían miedo a la inflación. Y un ministro de economía nos respondió a Neruda y a mí: "La inflación va a destruir el poder de la burguesía". Y Neruda le contestó: "Está muy equivocado. La inflación nos va a destruir a nosotros".
-Hay cada vez menos intelectuales que defiendan a Castro. ¿Se siente menos solo?
-No se ha pasado del castrismo sectario de hace treinta años al anticastrismo, sino a la indiferencia. Los jóvenes de ahora no se interesan en el tema, pero tampoco es muy positivo. Habría que revisar a fondo lo que fue el castrismo, el allendismo, incluyendo el fenómeno de Pinochet.
-¿En qué sentido hay que revisarlo?
-Pinochet es contradictorio porque fue un criminal, eso nunca lo he negado, pero, por ejemplo, permitió una transición pacífica. Estuvo tentado de dar un golpe, pero se dio cuenta de que no podía y los generales lo frenaron. Por lo menos eso mostró que el sentido del Derecho y los valores de la elección en Chile eran fuertes.
-Como crítico de Pinochet, ¿cómo convive con funcionarios de Piñera que estuvieron comprometidos con la dictadura?
-Es un tema que me ha inquietado. La situación chilena produjo una polarización extrema de la izquierda y de la derecha. La izquierda se comunistizó y la derecha se fascistizó . Pero el tiempo tiene que cambiar eso: hay que tener en Chile una izquierda y una derecha civilizadas y hay que darles la posibilidad de que eso ocurra.
-¿La derecha, hoy, está lejos de Pinochet?
-Ha evolucionado. Algunos más que otros.
-¿Por qué en las últimas elecciones no apoyó al candidato de la Concertación?
-La Concertación estaba muy agotada, deteriorada. Es equivocada esa idea que tienen a veces en la Concertación de que son los únicos que pueden gobernar porque los otros tienen compromisos con Pinochet. Nos iba a llevar a una situación parecida a la del PRI, al partido único. La alternancia es una gran solución.
-¿Le pesa que lo vinculen con la derecha?
-Mi familia, salvo algunos locos disidentes, como yo, es de derecha. A Piñera no lo conozco mucho, pero sí fui gran amigo de su padre. Y después de que yo dije que iba a votar por él, me invitó a cenar y me dijo: "Quiero ofrecerte algo que te permita colaborar con mi gobierno". Yo iba a contestar que no a cualquier cosa porque estaba escribiendo, retirado. Pero me ofreció esta embajada. Y no le pude decir que no a París. Porque, además, los chilenos me creerían tonto y me meterían en el psiquiátrico. (Risas.)

MANO A MANO

¿Es un diplomático que trabaja de escritor? ¿O un escritor que trabaja de diplomático? Jorge Edwards no permite responder fácilmente estas preguntas. Menos aún si se intenta dilucidar en los términos de este esquemático siglo XXI el viraje que lo llevó de la izquierda a la derecha, sin escalas. Es evidente que se desencantó del socialismo real que acumulaba injusticias en nombre de la revolución, pero su experiencia de campo en Cuba es lo que torna su testimonio mucho más impactante. Conoce al Fidel más íntimo, a un García Márquez y a un Neruda con tonalidades distintas a las de las biografías oficiales y, como si fuera una especie de WikiLeaks ambulante, revela una trama nada heroica, bien humana. Aunque estaba muy cansado por el viaje desde París, se prestó a la charla con gran calidez. Diplomático hasta la médula, ser escritor le aporta un matiz desacartonado. Me dejó dudas sobre sus zigzagueos ideológicos, pero me encantó que fuera tan sincero respecto de la oferta de la embajada en París. Podría haber dicho que la había aceptado por su patria, pero Edwards, cerca de los 80 años, se sigue arriesgando a que muchos lo consideren una "persona non grata".

domingo, 3 de febrero de 2013

Respuesta a José Pablo Feinmann

Conmigo no, Feinmann

Publicado en lanacion.com el 28 de diciembre de 2011

Sólo falta que diga que lo drogamos para que dijera lo que dijo. O que lo amenazamos con un revólver en la cabeza. O que el que vino a La Nación para prestarse a una entrevista no era él sino un actor disfrazado que hacía meses estaba estudiando un guión fríamente elaborado por las fuerzas del mal y que practicaba hasta para hablar como él.
Me decepcionó José Pablo Feinmann. Hoy publicó una columna en Página 12 en la que sigue el esquizofrénico derrotero que eligió desde que salió la entrevista en La Nación. De afirmar que la entrevista "está bien", pero que el problema era el título de la nota de la versión online del diario que estaba "sacado de contexto", pasó a tratarme de tramposo porque afirma que me mostré amable con él para lograr que aflojara su lengua, se queja de que sus palabras fueron "tan distorsionadas (sobre todo en la edición para Internet de la nota)" y considera que "el problema (de la entrevista) surgió cuando encaró (el periodista) el tema de la corrupción", al que considera "un viejo tema golpista" (tema sobre el que sólo quiero recordar cómo lo encara alguien como Dilma Rousseff, por ejemplo).
Entiendo por qué Feinmann publica esa columna: lo están despedazando en las filas K. Ya en el comienzo de mi nota imaginé que lo iban a triturar por las críticas contra el kirchnerismo y la forma en que tomaba distancia del Gobierno durante nuestro diálogo, y expresé mi deseo de que no fuera así. Pero era innecesario ensuciarme, sobre todo porque el escritor llena de falsedades su tardío y forzado acto de expiación política.
No hubo trampa alguna en la charla que tuvimos. Ni en ésa ni en ninguna: no soy tramposo. Seguramente podrían atestiguarlo muchos de los más de 120 personajes que entrevisté para el suplemento Enfoques a partir de fines de 2008: desde Lula, Michelle Bachelet, Pepe Mujica y Rafael Correa hasta Alberto Fernández, Sergio Massa, Graciela Ocaña, Eugenio Zaffaroni, Carmen Argibay, Jorge Coscia, Daniel Scioli, Miguel Angel Pichetto, Milagro Sala y gran parte del espectro opositor al kirchnerismo.
Feinmann, luego de haber elogiado la entrevista durante un diálogo que tuvo ayer con Víctor Hugo Morales, escribe hoy que este periodista "amable" le armó un escenario "agradable" para aflojarle la lengua y se viera obligado de esa forma a decir cosas tremendas en las que aparentemente no cree y que nunca quiso decir.
Hay un primer problema para la teoría de la trampa: gracias a que la entrevista fue filmada para que pudiera difundirse una versión en lanacion.com, cualquiera puede apreciar cómo, desde el minuto 7.11 hasta el minuto 9.22, sin cortes ni edición alguna, Feinmann dice, en aparente pleno uso de sus facultades mentales: "No me parece un tema menor (el del crecimiento patrimonial de los Kirchner). Habría que hacer un muy buen análisis de cómo creció ese patrimonio, que alguien demuestre con qué mecánica se hizo la extracción ilegal. Eso me tranquilizaría mucho más. Me dolió cuando se habló de un hotel de dos millones de dólares que pertenecía a Néstor Kirchner. Pero no me duele tanto: no tengo mi causa total comprometida con los Kirchner y estoy acostumbrado a que los líderes en los que uno confía hagan también grandes macanas. Yo creí, o quise creer, en Perón. Fijate cómo me fue y cómo nos fue a todos. La cabeza, a esta altura, no la doy por nadie. Uno sufre con estas cosas porque desearía que se aclaren y que ellos digan: "Esto viene de acá". Y que les quiten la incomodidad a los que adhieren al Gobierno porque es muy incómodo adherir a un gobierno de dos gobernantes multimillonarios que están comandando un gobierno nacional, popular y democrático, y que te hablan del hambre. Por ejemplo, cuando Cristina dice que es la primera que renuncia a los subsidios, sería muy bueno un acto simbólico: "Yo doy 10 millones de dólares para hacer un barrio en tal lugar".
Hay un segundo problema para la teoría de la trampa: no sólo que, apenas terminada la entrevista, Feinmann me agradeció la charla que tuvimos, las preguntas que le hice y hasta me regaló un disco de Martha Argerich de su propia colección personal, sino que también me llamó anteayer para aclararme que no tenía ningún problema conmigo ni con la nota publicada ("la entrevista está bien", insistió) sino con el título que apareció en la versión online (que incluso le trajo aparejado un fuerte reproche de su esposa, según me confesó), elogió cálidamente la forma en que aclaré algo que él quería aclarar (a partir de una errónea mención en una noticia sobre el caso Larrabure) y hasta me pidió consejos porque, debido a la repercusión de sus declaraciones, quería ir a todos lados a explicar su postura ("como Beatriz Sarlo") y me reveló que había prometido su asistencia al programa que tienen en la señal TN los periodistas de Clarín Eduardo van der Kooy y Julio Blanck. "¿Te parece que vaya?", me preguntó. Le sugerí que pensara si valía la pena, en este contexto, concurrir a un ciclo que emite el "monopolio mediático" para evitar que lo sigan maltratando en distintos foros del kirchnerismo.
El tercer problema surge de lo siguiente: supongamos que soy un periodista tramposo y que, doblegado por mi amabilidad y la construcción de un clima agradable, Feinmann dijo cosas que no quería decir y que no piensa realmente. Pero ayer el escritor habló con Víctor Hugo Morales , un periodista del que, supongo, no podría sospecharse ninguna animosidad contra él ni contra el Gobierno. Y allí, sin trampas aparentes, como puede constatarse en el sitio web de Radio Continental, Feinmann afirmó cosas como éstas: "El título está elegido de manera totalmente fuera de contexto, en su manera más brutal, llamando ladrones a quienes no creo que sean ladrones. Y en todo caso, si vamos a hablar de ladrones, empecemos por otro lado. Aquí los grandes ladrones no están en la Casa de Gobierno, están en la Sociedad Rural, en las grandes corporaciones, la gran oligarquía argentina, esos son los grandes ladrones del país. Que Néstor y Cristina hayan afanado algunos cuantos mangos, y sí, me molesta, pero eso no arruina todo lo que están haciendo". Fue tan lejos al haber asegurado que los Kirchner "afanaron algunos cuantos mangos", que fue Morales el que lo tuvo que frenar preguntándole si a él le constaba lo que estaba diciendo. Y tuvo que decir que no, que no le constaba.
Mi entrevista con Feinmann fue pactada libremente con él (aunque había un interés manifiesto por publicitar su nuevo libro), sin condicionamientos. No lo obligué a hablar ni a decir lo que dijo. Conversamos durante una hora y 50 minutos ante un grabador digital, un fotógrafo y una camarógrafa, en un estudio con luces de un set televisivo. No hubo grabaciones subrepticias ni tampoco off the record. Me preocupé para que, tanto en la versión en papel como en el video, no estuvieran ausentes sus referencias positivas al Gobierno y algunos elogios a la Presidenta.
Tiene todo el derecho de enojarse por un título (aunque es un textual, no una frase construida o dicha con otro sentido), pero de lo que no tiene derecho Feinmann es a tratarme de tramposo: no lo soy y respeto escrupulosamente la palabra del entrevistado. Lo califiqué de escritor genial y sigo pensando que lo es. Pero fuera de sus libros, al menos, me demostró que miente y que no es capaz de sostener lo que piensa. ¿Hay algún adjetivo para eso? Prefiero no hacerlo porque no quiero triturarlo: él se metió solo en esa actitud, tan lejana a la honestidad de su literatura, de intentar explicar lo inexplicable. Lo único que exijo es que no me arrastre, tratando de ensuciarme para salvar su pellejo, que él mismo expuso, por ese camino vergonzoso y vergonzante.
Las últimas líneas del recuadro de mi nota decían lo siguiente: "Feinmann, como él mismo destacó, es feinmanneano. Y si eso equivale a opinar con tanta libertad, me dan ganas de sumarme". Es evidente que cedió poco dignamente ante los que no se bancaron tanta libertad de opinión (empezando por él mismo), pero, parafraseando a Sarlo, sólo podría decir: "Conmigo no, Feinmann". Ni conmigo ni con el video que nunca podrá desmentir y que contiene las palabras que se convirtieron en el verdadero puñal que se clavó en la espalda.

domingo, 13 de enero de 2013

Sindicalismo: perfil de Lorenzo Miguel

El hombre más fiel e infiel a sí mismo


Diario La Nación, 23 de diciembre de 1998
Una vez más, Lorenzo Miguel eligió ser tan fiel como infiel a sí mismo. Fiel, en principio, no a una compleja estrategia política ni a ningún principio ético determinado, sino a su instinto de supervivencia. E infiel, por otra parte, a sus convicciones más íntimas, aquellas a partir de las cuales la sola mención del nombre "Carlos Menem" le originan una reacción íntima parecida a un misil Tomahawk en Bagdad.
El sábado, en La Matanza, en un acto de Alberto Pierri, y anteayer, en la residencia de Olivos, el jefe de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) comenzó otro de sus operativos de acercamiento al Presidente, que, espasmódicamente, y tal como sucede desde 1989, sobreviene cada vez que las necesidades políticas o económicas de su gremio lo requieren.
En este caso, el objeto del deseo miguelista es la obra social metalúrgica, esa criatura tan imprescindible para los trabajadores del sector, a los que les brinda cobertura médica y social, como para los dirigentes sindicales: desde su constitución, en 1970, estas entidades se convirtieron en una llave maestra para el manejo de fondos multimillonarios.
Una criatura que, además, ha demostrado ser excesivamente gastadora: pese a ser una de las más numerosas del sistema, es virtualmente la más deficitaria y la que más subsidios del Gobierno ha recibido en la última década para intentar subsanar su delicada situación financiera.

EJEMPLOS MILLONARIOS

En 1991, un estudio de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) reveló que en 1990, de un total de unos 180 millones de dólares otorgados por el Gobierno como subsidios, el 11,1 por ciento (más de 20 millones de dólares) fueron entregados a una sola obra social, la metalúrgica, que representaba apenas el 7 por ciento de todos los afiliados del sistema.
Pero se trata de apenas un ejemplo. En 1985, luego del proceso de intervención a las obras sociales, Miguel negoció con el entonces presidente Raúl Alfonsín la designación de un amigo del sindicalista, Oscar Horacio Miró, como interventor provisional de la entidad.
Desde entonces, la obra social de la UOM, siempre con su balance en rojo, recibió anualmente unos 20 millones de pesos para compensar su déficit, sin presentar balance alguno y con algunas curiosidades, como que entre sus acreedores se encuentran muchos de sus aliados y amigos.
Con Menem, la situación no se modificó, excepto por los interlocutores: paradójicamente, a Miguel le resultaba más fácil dialogar con un gobierno radical como el de Alfonsín que con uno peronista como el de Menem. Se trata de un problema netamente personal: el líder de la UOM no tiene buenos recuerdos del período 1976-1978, en el que compartió la cárcel con el actual presidente.
Por eso, muchos de sus movimiento políticos obedecieron en gran parte a la enorme desconfianza hacia Menem, cuya conducta en aquellos días carcelarios, a juicio del dirigente sindical, estaban lejos del código de honor miguelista.

FIRME JUNTO A CARLOS

Hoy, luego de que esa estrategia pendular lo había acercado al principal enemigo íntimo de Menem, Eduardo Duhalde, con vistas a los comicios de 1999, Miguel movió las piezas en un sentido contrario.
Los 100 millones de dólares que debe la obra social metalúrgica, y que requieren del auxilio gubernamental, tornan explicable (y digerible) este nuevo paso del líder sindical más indestructible del mercado (está al frente de su gremio, el más importante del sector industrial, desde el lejano 20 de marzo de 1970).
El gesto actual de Miguel se parece demasiado al de noviembre de 1990, cuando, con un perfil antimenemista, el jefe de la UOM se pasó al furioso oficialismo luego de que Menem accedió a que un metalúrgico se integrara al directorio de la Administración Nacional de Obras Sociales (Anssal), para intentar resolver desde allí el saneamiento de su obra social, que por entonces tenía una deuda de 40 millones de dólares.
Fiel e infiel a sus principios, en forma simultánea, Miguel dejó un único flanco de coherencia en sus últimos pasos: el gran gestor del operativo reencuentro con el Presidente fue su gran amigo Julio Raele (de presencia permanente en todas las negociaciones reservadas y públicas de los metalúrgicos), presidente del Instituto Cooperativo de Seguros, el mismo que maneja todas las pólizas de la UOM y de otros gremios, y que luego de conocer al sindicalista, en la década del setenta, con el paso de los años se convirtió en uno de los hombres más ricos de la Argentina. 

Entrevista con Raúl Alfonsín

Alfonsín criticó la "impericia" de Colombo

Diario La Nación, 14 de octubre de 2000

Raúl Alfonsín criticó la "impericia" del jefe de gabinete, Chrystian Colombo, por haber refutado anteayer sus polémicas declaraciones sobre la convertibilidad y haber llevado, así, el tema "a la primera plana" de los diarios.
En una entrevista con La Nación en su departamento de la avenida Santa Fe al 1600, el jefe del partido radical insistió en colocar la convertibilidad fiscal al tope de la lista de males que sufrió el país durante el siglo pasado.
Dijo que lo había sorprendido la repercusión que tuvieron sus palabras, ya que no era la primera vez que las expresaba. Sin embargo, confesó que las había lanzado como una provocación para "cambiar el eje" del debate público sobre la crisis que atraviesan el Gobierno y la Alianza.
"El día anterior, el ministro de Economía me pidió en nombre del Presidente (que no insistiera en pedir la renuncia) de Santibañes. Se suponía que yo seguía insistiendo, aunque no era así. Entonces, pensé: "Bueno, voy a buscar a los toros, que vengan un poco contra mí, voy a desplegar el trapo rojo una vez más". Digamos, cambiar el eje. Y hablé de este tema. Pero en vez de venir los toros vino la jauría", rió con ganas.
Los "toros", quedó claro (y lo explicitó luego un estrecho colaborador suyo) son, en la expresión de Alfonsín, los representantes del establishment económico.
-¿Fue consciente del revuelo que iban a generar sus declaraciones?
-Siempre he dicho que la convertibilidad es una trampa mortal a la que es fácil entrar, pero de la que es difícil salir. En toda la campaña, en todos los discursos, delante del Presidente he dicho esto. ¿Qué es lo que nos ha traído? Quince por ciento de desocupación, extranjerización de la economía, concentración de poder económico, las economías regionales liquidadas... ¿Hasta dónde? Es increíble que se me haya contestado. Increíble. (El tema) ha llegado a primera plana porque me ha contestado el propio jefe de gabinete, pero esto lo he dicho centenares de veces.
-¿Por qué le parece increíble la reacción del Gobierno?
-(Enojado) ¡Porque ya dije que no hay que sacarla (la convertibilidad)! Si yo hubiera dicho "hay que sacarla", bueno...
-Equiparó la convertibilidad con el golpe militar de 1930.
-El golpe de 1930 significó todo lo que vino después, sobre todo los desaparecidos. Económicamente, la convertibilidad nos ha traído todo esto. ¿Cómo salimos? Yo no sé. Pregúntenle a algún economista.
-Pero se sacuden los mercados...
-¡No! Que tengan más miedo a cómo repercute en la gente. Por encima de todo, no tenemos que ser maricones.
-¿Ve posible que en los próximos años se abandone la convertibilidad?
-Pregúntenle a los economistas.
-Lo habrá hablado con alguno...
-No, no consulté con nadie.
-¿Por qué cree que sus palabras causaron este efecto?
-Creo que es impericia del nuevo ministro, de quien estoy muy contento que esté en el Gobierno, y respeto y admiración por su labor. Yo le anuncié esa mañana (lo que iba a decir) y me dijo: "Yo le voy a contestar". "Contésteme, tiene todo el derecho".
-¿Le avisó antes de decir lo que dijo?
-No, después (sonrisa amplia).

EL COMPONEDOR

Su papel en la Alianza creció con la renuncia de Carlos "Chacho" Alvarez a la vicepresidencia, hace una semana. Se convirtió en un factor de equilibrio entre Fernando de la Rúa y Alvarez; es decir, entre las fuerzas que componen la coalición.
Cuando supo que el alejamiento de Alvarez era inevitable, propuso la creación de una mesa de los partidos de la Alianza y le ofreció a Alvarez su conducción.
-¿Cuál es, a esta altura, su diagnóstico sobre el estado de la Alianza?
-Soy optimista. Mi voluntad es trabajar todo lo posible por fortalecerla y profundizarla. Hemos pasado un momento de dificultades, pero estamos superándolo y supongo que en lo fundamental no va a haber ningún problema en seguir trabajando juntos.
-¿Una mesa de partidos de la Alianza implicará que De la Rúa tenga que consultar sus decisiones con usted y con Alvarez?
-No, no. Esa mesa, como yo la pienso, no es para juzgar lo que hace el Gobierno. Todavía falta concretarla. La veo integrada por los presidentes de los partidos que componen la Alianza y con el propósito de que la presida el doctor Alvarez, ya que ha sido presidente de la Nación (sic), y que cambiemos impresiones, orientemos alguna posición en el caso que nos parezca. Pero no (para) juzgar una acción de gobierno o salir con alguna declaración. Nada de eso.
-Usted habló con Alvarez esta semana. ¿De qué hablaron?
-El está tomándose un poco de tiempo para arreglar algunas cosas dentro del Frepaso, pero noté una reacción positiva de parte de él.
-Usted opinó que Santibañes debía dar un paso al costado...
-Lo que dije, reiterando lo que había dicho el ministro de Justicia (Jorge de la Rúa), es que en su momento y cuando correspondiera... cada funcionario sabía cuándo su presencia hacía bien y cuando no. Yo no pedí ninguna renuncia.
-¿Qué opina sobre la situación de Santibañes en el Gobierno?
-Ah, no le puedo decir qué va a pasar...
-¿Pero qué debería pasar?
-Es una definición que deberán tomar él y el Presidente de la Nación. Ahí sí que sería inmiscuirme en un tema que no corresponde.
-¿Y cuál es su opinión personal sobre Santibañes?
-No tengo por qué dar opiniones personales. Me impresiona como un hombre socialmente muy agradable. Creo..., estoy seguro de que es un hombre de bien. No sé qué ha hecho dentro de la SIDE, de modo que no puedo opinar sobre su tarea específica. También puedo opinar que estoy en contra de sus ideas económicas.
-De la Rúa ha dicho que dará nuevos espacios al Frepaso en el Gobierno.
-Sería muy interesante, cómo no.
-¿El radicalismo va a reclamar también más espacios?
-Creemos que para algunos cargos que estaban vacantes debe llamarse a gente del Frepaso para que realmente seamos el gobierno de coalición que tenemos que ser.
-Es decir que no va a reclamar espacios para el radicalismo.
-No, nunca he reclamado. Nunca.
-¿Justifica la decisión que tomó Alvarez?
-Es un asunto de él, yo no voy a juzgar eso.
-Pero provocó efectos institucionales y políticos.
-Y sí, problemas hubo. ¿Me lo va a decir a mí? (risas).
-¿Recibió alguna comunicación concreta de que De la Rúa esté por desprenderse de Santibañes?
-No. Me he enterado por los diarios. Se esperaba que se resolviera el problema judicial en cuanto a las presentaciones que se habían hecho al juez Liporaci de las cuentas de la SIDE, pero tengo entendido que en el acta que se firmó el propio juez aclara que las cosas están bien hechas.
Desde luego que siempre hemos tenido presente la necesidad de fortalecer la Alianza. Yo he conversado en distintas oportunidades con el Presidente. Me ha dicho que Santibañes prefiere estar en el sector privado y no en el público. También Santibañes lo ha reiterado.
-Un reciente reporte del banco de inversiones Goldman Sachs aconsejó al Gobierno desprenderse de la Alianza, mantener a Santibañes y girar hacia la derecha.
-Toda la derecha piensa algo parecido. Quieren que la Alianza cambie el signo progresista y se vaya a la derecha. Eso no va a pasar nunca. 

Discos: lo nuevo de Weather Report

El jazz rock de Weather Report

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 17 de noviembre de 2002

Formaron la alianza que más esperaba la gente. Uno era medio aburrido y al otro le gustaba ir contra la corriente. Llegaron a ser votados como los mejores en sus categorías. Pero el final del gran sueño comenzó cuando uno renunció a su puesto.
No, no se trata de la historia de Fernando de la Rúa y Carlos "Chacho" Alvarez, sino del saxofonista Wayne Shorter y del tecladista Joe Zawinul, líderes de Weather Report, una de las grandes bandas de la historia que hizo de la fusión su marca registrada y que brilló con luz propia en la marquesina de ese subgénero que, a partir de la década del setenta y no más allá del ochenta, se llamó jazz rock.
En ese mismo rubro hubo grupos como la Mahavishnu Orchestra, manejada por el guitarrista inglés John McLaughlin; Return to Forever, con el inconfundible sello del pianista Chick Corea, y The Eleventh House, del guitarrista Larry Coryell.
Todos, de todas formas, fueron hijos directos del virtual inventor del jazz rock: Miles Davis. En 1968, el trompetista rechazó las sugerencias de su compañía discográfica para ganar nuevas audiencias, que por entonces estaban dominadas por el rock y por el funk. "Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello", recuerda Davis en su autobiografía.
De la bronca surgió "Bitches brew", el álbum que cambió el rumbo, el primer disco que se escapó de los cánones jazzeros y se animó a explorar sonoridades rockeras (con un bajo eléctrico, un percusionista y tres tecladistas, por ejemplo).

LA BANDA PRECURSORA

¿Quiénes acompañaron a Miles en esa aventura que terminó por transformar al jazz? Entre otros, un pianista austríaco llamado Josef Zawinul, a quien Davis convocó luego de quedar fascinado con el sonido del piano eléctrico en "Mercy, mercy, mercy", de Cannonball Adderley. Y Wayne Shorter, el saxofonista nacido en Newark, New Jersey, que también había tocado con Adderley, Maynard Ferguson y Art Blakey. Estos dos tipos audaces fueron los mismos que, a partir de 1970, terminaron por romper muchos de los moldes jazzeros del momento con su propio grupo, Weather Report.
La fórmula era sencilla, pero había que hacerla en ese momento: salirse del esquema tradicional del bebop, no distinguir entre solos y acompañamientos, mezclar el saxo acústico de Shorter con el laboratorio electrónico de Zawinul, crear climas hipnóticos más que motivos musicales convencionales. Weather Report tuvo ese sello, pero también el de ser un semillero de jóvenes talentos. Siempre al lado de la indestructible dupla fundadora, por sus filas pasaron, entre otros, Alphonso Johnson, Omar Hakim, Manolo Badrena, Peter Erskine, Chester Thompson, Alex Acuña, Miroslav Vitous, Victor Bailey y, sobre todo, Jaco Pastorius, ese malogrado hechicero (murió a los 36 años en una pelea callejera) que revolucionó el bajo eléctrico (fretless) y le otorgó un papel protagónico no sólo en el diseño del ritmo.
Mucho de lo que hizo este supergrupo por derribar las fronteras jazzeras (por momentos demasiado cerradas a cualquier influencia foránea) está condensado en el flamante disco doble "Live and unreleased", que Sony acaba de distribuir en el país, en su edición importada pero a un precio acorde al de los bolsillos devaluados. Se trata de 18 temas que abarcan el período 1975-1983, grabados en vivo en Estados Unidos y en Gran Bretaña, y en versiones nunca antes editadas.
Los fanáticos de la banda -para quienes no lo son es una excelente oportunidad para ser iniciados en el culto de la alianza Zawinul-Shorter- podrán apreciar clásicos absolutos como "Teen Town", "Black Market", "Elegant People", "Plaza Real" y, en especial, "In a Silent Way", entre otros. Pero, sobre todo, tener condensadas en dos discos las distintas etapas y formaciones de los WR. Y así confirmar, por ejemplo, cómo los seis años de Pastorius en el grupo fueron acaso los más gloriosos y compactos. En vivo, como los argentinos pudimos comprobar en dos ocasiones, en 1972, durante una gira del pianista Friedrich Gulda, y en 1980, en el Bue Festival que se hizo en el Luna Park, Weather Report es más asombroso aún que en estudios. Zawinul desprende de ciertos artificios sus característicos sonidos atmosféricos y multiétnicos. Shorter suena desatado, menos contenido. Y las diversas secciones rítmicas son el compendio más perfecto de la energía. Una joya.

EL PRESENTE DE LOS EX REPORT

Este milagroso CD coincide con la aparición en los Estados Unidos de los nuevos álbumes de Zawinul y de Shorter, que, lamentablemente, no tienen asegurada su edición local. En el caso del tecladista, tras su dispar experiencia con The Zawinul Syndicate, "Faces & places" es lo más parecido a Weather Report que grabó desde su separación de la banda. Además de guiños a su público porteño (el tema "Borges Bs.As."), el músico austríaco reemplaza aquí el protagonismo de los instrumentos por las voces humanas (y electrónicas, porque utiliza el legendario Vocoder, esa maquinita que transforma el sonido de las cuerdas vocales). Lo acompañan gargantas ilustres como Maria Jo‹o y Richard Bona, entre otras.
La reaparición de Shorter, más clásicamente bebop, se llama "Footprints live" y es un álbum grabado en vivo junto con el pianista Danilo Pérez, el bajista John Patitucci y el baterista Brain Blade. La mayoría de sus temas son standards del repertorio del mismo Shorter, que con el paso del tiempo está tocando cada día mejor su saxo. La presencia de Danilo es un punto fuerte de este buen disco.
"Mi definición del jazz significa sin categorías. Jazz, para mí, es el sonido que significa drama de varios elementos", afirma Shorter en el booklet de la cuidada edición de "Live and unreleased". Hoy, cuando el anquilosado jazz hace que se extrañe tanto esa desbordante, creativa y potente alianza que se llamó Weather Report, queda confirmado que Zawinul y Shorter son piezas clave de nuestra era (y que fueron muchos más efectivos que De la Rúa y Chacho Alvarez, claro está). 

Rock: crítica del show de Santana

El hechicero en su mejor forma

Diario La Nación, Suplemento Espectáculos, 11 de marzo de 2006

Carlos Santana se reconcilió en sus últimos tres discos con la industria discográfica, al permitirle ganar millones de dólares con sus millones de discos vendidos, pero en el recital de anteanoche, en el Campo de Polo, se reconcilió con su identidad.
Casi ni una concesión estricta a la lógica del mercado tuvo el vibrante recital, de casi dos horas y media, que brindó ante unas 12.000 personas. Apenas podría enrolarse en ese rubro la intervención de Alejandro Lerner en "Hoy es adiós", pero más como un gesto de amistad hacia el país al que visitaba por tercera vez en sus 37 años de carrera. El resto fue una lección de cómo un mito de 59 años puede sacudir un gastadísimo rótulo de rock latino hasta conseguir que vuelva a renovarle la patente de leyenda.
Contra los pronósticos de quienes pensaban que escucharían a un pasteurizado Santana que se limitaría a recrear sus últimos hits, el hechicero de dedos endemoniados y discurso esotérico no tocó ni un solo tema de su nuevo CD, "All That I Am"; apenas cinco de su hiperexitoso "Supernatural" (con el que ganó Grammy hasta cansarse) y tres de "Shamán"; es decir, eligió menos de la mitad de su repertorio de su trilogía más vendedora pero con menos personalidad.
Al comienzo hizo "Sacrificio Soul", el mismo clásico de su álbum debut, de 1969, la misma canción que deslumbró a los hippies (y no hippies) de Woodstock, marcó el indicio de que un Santana en su mejor forma (y acompañado con una de sus mejores bandas) se internaba en los inicios de su propia historia para redescubrirse.
Así, desfilaron canciones que hacía muchos años que no tocaba en vivo, como el combo que forman el afro contagioso de "Batuka" y la electrizante "Nadie de quien depender", el mismo comienzo de "Santana III" (en Estados Unidos acaba de aparecer una edición especial de este disco, doble, con tracks inéditos, a 35 años de su lanzamiento). O el vértigo serpenteante de "Jingo" y una gran versión de "Evil Ways" (enganchada con "A Love Supreme", de John Coltrane), también del primer disco. No faltaron, por suerte, los archiclásicos del repertorio santanesco "Black Magic Woman/Gypsy Queen" y "Oye cómo va", precedidas por otro tema de "Abraxas": nada menos que "Samba pa´ti".
A esa altura de la noche, aun sin conocer la historia de Santana, cualquiera podía darse cuenta de que el que estaba sobre el escenario, con su clásico gorrito de lana y su camisa llena de brillos, colores y rostros de Bob Marley, era realmente un héroe de la guitarra.
Fue extraña la composición del auditorio. Las entradas eran caras, pero aun así hubo pocos claros en los distintos sectores del Campo de Polo (con una organización algo intrincada aunque bastante eficaz). Quinceañeros que habrán conocido a Santana por el video de "The Game of Love", el hit pop de "Shamán", se entremezclaban con fanáticos que aullaban con cada viejo acorde. El ritmo que proponía la música tardó demasiado en contagiarse entre la gente. Hasta tal punto que el propio guitarrista ironizó: "Se ve que están cansados porque los veo sentados".
La mayor electricidad en el ambiente la provocó un puñado de hits de "Supernatural", como "Smooth", "Corazón espinado" y "(Da Le) Yaleo". Y hasta hubos pasajes jazzeados con "Venus: Upper Egypt", de Pharoah Sanders, que confirmaron de dónde habían salido músicos como el tecladista Chester Thompson, el bajista Benny Rietveld y, sobre todo, ese increíble Hulk de los parches que es el baterista Dennis Chambers (cuyo prolongado e hipnótico solo hizo vibrar al barrio). Karl Perazzo y Raul Rekow, por su parte, se transformaron en una implacable maquinaria percusiva.
También hubo más homenajes. Además de hacerlo con Coltrane y con Sanders, Santana recreó "Purple Haze", de Jimi Hendrix, y brindó un tributo a Marley con una efervescente "Exodus", con tramos de "Get Up, Stand Up". Poco antes del final, la euforia llegó a la gente. Nadie terminó sentado en este recital antológico, en el que Santana fue un veterano hechicero que practicó el viejo truco de mirar hacia atrás para ir hacia adelante. O de fijarse más en sus orígenes y menos en los rankings de hits.