domingo, 13 de enero de 2013

Sindicalismo: el declive del camionero

El fantasma del descenso contagia al moyanismo

Diario La Nación, 24 de junio de 2011

Hugo Moyano es un conocido simpatizante de Independiente, pero en estas horas seguramente se siente como si fuera un hincha de River Plate: al filo del descenso.
Del descenso político, se entiende. ¿Cómo el todopoderoso líder de la CGT, uno de los favoritos de la galaxia K, puede sufrir tanto para obtener su pretensión de pasar de los 13 legisladores de extracción sindical que existen actualmente a los 30 que, hasta hace algunas semanas, reclamaban sus hombres en voz baja?
Quizá la clave la haya dado en su momento Pablo Moyano, hijo del jefe camionero y hermano de Facundo, uno de los pocos privilegiados sindicalistas que lograría un lugar en las listas del oficialismo, aunque gracias a Daniel Scioli. "Cuando estaba Néstor Kirchner [la relación] era diferente", admitió, mientras que calificó el vínculo actual de la CGT con la Presidenta de una forma que sólo destilaba frialdad: "Es normal".
Se complementa de manera perfecta con la frase de ayer del propio Hugo Moyano, cuando le preguntaron por la presencia gremial en las listas de candidatos a legislador: "No sabemos nada. Pregúntenle a ella", dijo, aludiendo a Cristina Kirchner.
Parecen demasiado lejanas las épocas en que el peronismo le destinaba un 33% en sus nóminas a los dirigentes sindicales. En estos días, la participación en la Cámara de Diputados es cada vez menor: según la Dirección de Información Parlamentaria del Congreso Nacional, en el período 1983/1993, los legisladores de extracción obrera pasaron de 39 a 23, entre 1993 y 2003, de 23 a 17, y entre 2003 y 2011, de 17 a 13.
Lo que los muchachos de Moyano temen y no explicitan es que si apenas logran renovar las bancas de los cuatro legisladores que le responden en todo el país, será el mejor símbolo de que el poder del jefe cegetista no es el mismo que al comienzo del kirchnerismo y que el fantasma de su desplazamiento de la central obrera, con el guiño presidencial, podría ser una pesadilla tan real como la que sienten los riverplatenses hoy.

DESGASTE

¿Será Gerardo Martínez, del gremio de la construcción, el elegido por la Presidenta para renovar la CGT? En las filas de la Uocra no quieren ni hablar del tema para evitar que los tilden de conspiradores, pero en la Casa Rosada, aunque admiten que la figura de Moyano está desgastada y, sobre todo en épocas electorales, aleja los votos de la clase media, sugieren que el futuro de la CGT, y de su líder, dependerá del caudal de sufragios que obtenga la Presidenta.
Una reelección por un amplio margen permitiría meter mano en una corporación que ha resultado tan leal como problemática para el modelo K. Y la verdadera encrucijada para Moyano es, más que la pérdida de poder en sí misma, la posibilidad de que si deja de ser el favorito sindical del kirchnerismo puedan avanzar, por su propio peso o alentadas desde la misma Casa de Gobierno, algunas de las causas judiciales que podrían complicarlo a él o a su familia.
Otro clásico reducto del poder sindical, el Ministerio de Trabajo, aparece con similares interrogantes. Cerca de Moyano prácticamente descuentan que Daniel Filmus no podrá derrotar a Mauricio Macri y, de esa forma, Carlos Tomada, candidato a vicejefe de gobierno porteño, volvería a conducir la cartera laboral. Y así, se diluirían nuevamente los sueños de que la CGT consiguiera designar como ministro al abogado Héctor Recalde (cuyo mandato como diputado nacional vence recién en 2013).
En el fondo, surge el mismo temor: ¿qué sucedería si la Presidenta, con la fuerza de su reelección, reemplazara a Tomada, alguien confiable para los grandes sindicatos, por un ministro que pudiera enfrentarse, aunque sea para congraciarse con la opinión pública, a esa burocracia sindical que, con estandartes como Juan José Zanola o José Pedraza, terminó convirtiéndose en un lastre para el sueño progresista del Gobierno?
Golpear para negociar fue el lema del metalúrgico Augusto Timoteo Vandor en su relación tan estrecha con el poder, que el sindicalismo peronista siempre cumplió como una ley. El dilema de Moyano es que hoy no puede golpear sin que parezca un desafío al gobierno que lo hizo poderoso y que parece cada vez más lejos de donde se negocia el poder.

Entrevista con Alberto Fernández

Alberto Fernández: "El kirchnerismo tiene cada vez menos vocación de pensar"


Suplemento Enfoques, diario La Nación, 17 de julio de 2011
La Argentina es pródiga en curiosidades de todo tipo. Sobre todo, políticas. Se puede ser macrista sin que eso equivalga a convertirse en nazi. Se puede ser porteño, pero no tener asco de nada surgido del voto popular. Y hasta se puede ser kirchnerista, pero no cristinista, como Alberto Fernández. ¿Estamos hablando del mismo que fue jefe de Gabinete, amigo y aliado incondicional de los Kirchner?
Incondicional de Néstor, por lo visto. Porque de Cristina parece sentirse cada vez más lejos. Hasta tal punto que en una entrevista con Enfoques reaparece para hacer un llamado al debate interno y para evocar ciertas formas más participativas del kirchnerismo de los comienzos, pero en términos que seguramente sonarán demasiado desafiantes para el primer precepto de las obedientes tropas K: "Bajarás la cabeza y aceptarás mansamente las órdenes de tu jefa política".
Por ejemplo, Fernández cuestionó la forma en que la Presidenta decidió sus candidatos porteños al sostener que se basó en "criterios de obediencia y de garantizarse que no va a haber ningún tipo de cuestionamiento al gobierno nacional". E incluso le apuntó directamente al favorito presidencial: "Con Amado Boudou como candidato en la ciudad de Buenos Aires hubiera sido peor porque es el hombre que les dice a los porteños que los precios no se mueven y les recomienda que vayan al Mercado Central a comprar milanesas baratas".
Video: Alberto Fernández dialogó con Ricardo Carpeta para el micro En tres minutos de lanacion.com
El ex funcionario, para colmo, calificó a Boudou de "emergente de este tiempo, que seguramente se habrá sumado lealmente a este proyecto, pero que de ningún modo,ni por casualidad, representa ideológicamente lo que quisimos representar".
Tampoco La Cámpora, la agrupación juvenil que es la niña mimada de la Presidenta, se salvó de la mirada ácida del ex jefe de Gabinete: "Quedó en evidencia que tiene una capacidad de movilización relativamente importante, pero no tiene capacidad de obtener votos", dijo.
Y al analizar el kirchnerismo actual fue contundente: "Estamos hablando de políticas, no de ejércitos. Entonces, como estamos hablando de políticas, la política es el arte de que yo te convenza a vos de que me sigas en mi proyecto, no el arte de que yo te discipline. Y lo que siento es que es un espacio cada vez más disciplinado y cada vez con menos vocación de pensar".
-¿Qué votaron los porteños? ¿A la derecha más recalcitrante, a una opción antikirchnerista o a una gestión que los conformó?
-Alguna vez dije que los porteños votaban como en una isla y siempre me arrepentí de esa frase. Me pareció muy soberbia y que le faltaba el respeto a la gente. Yo, obviamente, no voté como la mayoría, lo voté a Filmus, pero los porteños votaron cosas distintas. Algunos habrán votado para ratificar el rumbo del gobierno de Macri y otros, como siempre ocurre en la ciudad de Buenos Aires, para ponerle un freno al gobierno nacional. Quisiera que la ciudad de Buenos Aires recuperara ese sentido progresista que alguna vez tuvo...
-Parece variar ese sentido progresista. En esta ciudad alguna vez ganaron Antonio Erman González o Domingo Cavallo...
-Absolutamente cierto, pero hablo del que alguna vez tuvo cuando gobernó [Aníbal] Ibarra, por ejemplo. El gobierno de Macri tiene las características propias de un gobierno conservador. Y no lo digo en términos descalificatorios. Es muy sano que exista un espacio conservador.
-¿Pero qué es lo que falló desde la perspectiva del kirchnerismo?
-Fue la elección en la que [Daniel] Filmus sacó más votos desde que nosotros llegamos, pero no salió del promedio que nosotros tuvimos en 2007, sacó tres puntos más, y eso se explica por diferentes motivos. El modo en que Filmus fue elegido no fue el que los porteños hubieran elegido para seleccionar un candidato. Si bien es cierto que todas las fuerzas políticas eligen a dedo a sus candidatos, también es cierto que nosotros dijimos que íbamos a reformular el sistema electoral para que los partidos políticos tengan un profundo debate y elijan democráticamente a sus candidatos. Y yo siento que eso objetivamente nos los recriminaron: acá se hizo una parodia de internas donde se veía a tres candidatos en actos tratando de convencernos y a la única que tenían que convencer estaba en la Casa Rosada. Y un día la Presidenta resolvió correctamente al candidato que mejor nos representaba y mejor posicionado estaba, Daniel Filmus. Eso significó un costo: de allí en más hubo una construcción política que no tuvo en cuenta los espacios que conforman este sector sino que en esencia respondieron a cierto criterio de obediencia, cierto criterio de garantizarse que no va a haber ningún tipo de cuestionamiento al gobierno nacional. Se generó un discurso muy cerrado. Esta campaña les habló a los que estábamos convencidos, pero no a los otros, y si hay una característica de la ciudad de Buenos Aires es la independencia de sus votantes. Tuvimos dos listas en paralelo a la lista oficial que fueron cuidadosamente silenciadas en favor de la lista oficial, que encabezó un joven que representa un espacio emergente, que ha dejado en evidencia que tiene una capacidad de movilización relativamente importante, pero no tiene capacidad de obtener votos.
-Usted habla de falta de debate y participación en las decisiones, pero no creo que Cristina Kirchner haya cambiado mucho respecto de la forma en que lo hacía su marido.
-Había una regla mucho más participativa. O sea, tratamos de incluir a todos y nunca le dijimos a un candidato nuestro que no hiciera campaña con Ibarra o que no lo hiciera con nadie. Convocamos con un criterio más abierto. Incorporamos desde Graciela Ocaña hasta Marta Oyhanarte, pasando porAriel Basteiro o Jorge Rivas...
-Es un criterio de amplitud, pero sin mucho debate interno porque lo decidían sólo tres personas: los Kirchner y usted.
-No es así. Había otra forma de expresar. Acá lo que se expresa es la vocación de garantizar el silencio. Eso nunca lo propuso Kirchner. Impulsó gente que, de hecho, terminó votando en contra nuestro después, como fue, por ejemplo, la resolución 125. Kirchner tenía muy en claro que lo que le daba sustento político al proyecto era una base social muy amplia. Que el proyecto todavía lo tiene, pero lo pone en riesgo con estas cosas.
-¿Y la Presidenta no lo tiene en cuenta?
-Me da la sensación de que Cristina tuvo más en cuenta la idea de poder gobernar después del 10 de diciembre y tener un conjunto de legisladores cuya fidelidad garantice que no se salgan de la celda. Buscó más gente que le garantice no debatir y obediencia antes que gente que, llegado el caso, le pueda decir: "Me parece que no es así".
-Me llama la atención que critique a La Cámpora, que es uno de los sectores favoritos de la Casa Rosada. Tienen muchos puestos oficiales, fueron privilegiados en las listas...
-No soy crítico de La Cámpora. Celebro la aparición de sectores juveniles que se comprometan, lo que me preocupa es la sobredimensión que esas expresiones puedan tener en la política. Los recambios generacionales vienen desde la militancia, y la militancia, en esencia, es el espacio que opera como conciencia crítica de la política burocratizada en el Estado. Todos alguna vez pasamos de ser un militante a ser un funcionario estatal. Y lo que queda es la militancia, que queda en las calles, en los pueblos, que opera como conciencia crítica de esos funcionarios. Eso no es una característica central de ese espacio juvenil, que primero empezó en los despachos y después fue a los barrios, y me parece que por eso tiene tanta reacción del resto de la militancia.
-¿Si Boudou hubiera sido candidato a jefe de gobierno porteño les hubiera ido mejor?
-No, hubiese sido peor porque Boudou es el hombre que les dice a los porteños que los precios no se mueven y les recomienda que vayan al Mercado Central a comprar milanesas baratas. Boudou es un emergente de este tiempo, que seguramente se habrá sumado lealmente a este proyecto, como dice la Presidenta, pero que de ningún modo, ni por casualidad, representa ideológicamente lo que nosotros quisimos representar.
-¿Boudou llega a la candidatura a vicepresidente sólo por una cuestión de lealtad?
-Sí, la Presidenta vivió un momento muy traumático cuando fue el tema de la 125 y quiso garantizarse que su propio compañero de fórmula no le hiciera vivir lo que le tocó con [Julio] Cobos. Desde un punto psicológico se entiende. Ahora, el vicepresidente es algo así como una mitad que se ensambla al presidente para garantizar un todo valioso. Y estoy seguro de que nadie hubiese elegido a Boudou, salvo la Presidenta. Pero es su decisión, ella sabrá por qué lo hizo.
-¿La derrota porteña puede afectar las posibilidades de triunfo de Cristina Kirchner en las elecciones presidenciales?
-Cristina tiene hoy un nivel de adhesión muy alto y seguramente puede ganar la elección sola. Boudou no le suma nada. No sé si le quita algo.
-En la provincia de Buenos Aires también hay malestar de los que fueron desplazados de las listas, de muchos intendentes....
-Quisiera que una decisión que no nos gusta de la Presidenta no nos haga perder de vista el rumbo. Hay un punto al que llegar y quiero creer que Cristina va hacia ese lugar. Y por eso muchos la seguimos acompañando aun cuando marcamos estas diferencias. Pero Cristina tiene un sostén electoral muy fuerte como para pensar que esto pueda afectar. Tan fuerte que se puede dar el lujo de llevarlo a Boudou. No pierdo de vista que hay otros espacios que deberían tener participación y han quedado más relegados, más postergados, que son los sectores independientes.
-¿Quiénes, por ejemplo?
-Hoy, en la ciudad de Buenos Aires estaría representado por Gabriela Cerruti y Aníbal Ibarra.
-¿A qué respondió esta decisión de silenciarlos, de ocultarlos?
-A tratar de favorecer la lista de [Juan] Cabandié, la lista oficial por decirlo de algún modo. Y lo que se hizo con eso es perder votos. Porque había mucha gente que no estaba ni enterada de que estas dos listas existían. Y fue una pena. Lo que hace rico a un movimiento como el que fuimos originalmente es que cada uno tenga su identidad, no que todos nos convirtamos en los mismo porque entonces no hay matices y así se pierde fuerza. Estamos hablando de políticas, no de ejércitos. Y la política es el arte de que yo te convenza de que me sigas en mi proyecto, no el arte de que yo te discipline. Y lo que siento es que éste es un espacio cada vez más disciplinado y cada vez con menos vocación de pensar.
-Eso lo habrá llevado a renunciar al Gobierno, pero parece no haber cambiado nada.
-Es que, además, ha ido in crescendo ante un aplauso genuflexo de mucha dirigencia. Digo todo esto desde el lugar de alguien que está adentro. O sea, yo no voto en la vereda de enfrente.
-Aunque parece un opositor.
-No, yo pierdo junto con el Gobierno. Y lo único que quiero es que tratemos de dejar de perder. Después del 10 de diciembre va a haber que seguir y hay que plantear estas cosas para poder seguir. En 2015, lamentablemente, Néstor ya no estará con nosotros, Cristina no va a poder y hay que crear una dirigencia de reemplazo para todo esto, pero esa dirigencia no se construye a los sopapos ni con sometimiento, sino con debate.
-¿Volvería al poder si lo llama Cristina?
-No, yo no pienso volver al Gobierno. Mi tarea está en otro lugar… Es poco lo que le tengo que aportar a este proyecto tal como está. Lo que vislumbramos es que en el futuro no van a estar ni Néstor ni Cristina y, por lo tanto, tenemos que generar el reemplazo. Quiero ser parte de esa discusión, de ese debate. Me podrán decir lo que quieran, pero yo estaba con Kirchner cuando ninguno estaba. Lo ayudé a construir esto cuando ninguno lo ayudaba. Y yo lo acompañé durante todo su gobierno. Entonces, tengo autoridad para decir lo que estoy diciendo.
-¿A quién imagina al frente de esa etapa poskirchnerista? ¿A Daniel Scioli? ¿Juan Manuel Urtubey? ¿Jorge Capitanich?
-Todos ellos son figuras emergentes. Y yo también quiero estar en ese escenario.
-¿Como candidato a presidente?
-Sí, no le escapo a nada de eso.
-¿Le molesta que lo vinculen permanentemente con el diario Clarín?
-Sí. Me parece una imbecilidad profunda.
-Igualmente, apuntar a las corporaciones mediáticas ya es un latiguillo. Parece que los medios fueran los culpables de todo...
-Que un gobierno se independice de las corporaciones es formidable. Pero de todas. También hay que cuidar a los funcionarios que se vinculan con la corporación financiera y de los bancos, tal vez la más dañina de todas. Hay algunos funcionarios muy cuidadosos de esas corporaciones.
-¿Quiénes?
-No importa, todos saben de quién hablo.
-¿En qué otros lugares cree que no se combate desde el Gobierno a las corporaciones?
-También está la corporación sindical, hay muchas corporaciones. Pero esto de pensar que el problema de la Argentina es sólo la corporación mediática es una ingenuidad. En tal caso la corporación mediática es con la que más frontalmente se emprendió la lucha de este gobierno. Ese debate hay que darlo claramente. Lo que no me parece bien es que ese debate se dé en el marco del mundo dual que es el que propone el Gobierno: o se está conmigo o se está con Clarín. Eso no es verdad. No tengo nada que ver con Clarín. Tengo amigos que escriben allí, gente que aprecio y respeto. Y todo mi vínculo con Clarín lo conocía Kirchner porque las veces que me reuní con algún directivo de Clarín fui con él.
-Mire que si sigue hablando así no lo van a volver a llamar del gobierno nacional...
-Yo ni siquiera quiero estar, quiero ganármelo con la gente. No me interesa que alguien me ponga. El último jefe político que yo tuve se llama Néstor Kirchner, no tuve ninguno más. Ahora lo que quiero es ser protagonista del debate.
-¿Y Cristina no es su jefa política?
-Cristina es la presidenta de la República. El último jefe político que yo tuve se llamó Néstor Kirchner, que fue un extraordinario jefe y un extraordinario presidente. Y punto.
-Es raro que en una sociedad política y matrimonial como la de los Kirchner usted hoy no considere como jefa a la Presidenta.
-Es la presidenta de la República. Seguramente los argentinos la volveremos a elegir. Pero estamos hablando de otra cosa. Yo lo que digo es que no me va a someter un jefe político. Quizá me someta un proyecto porque intelectualmente me convence. Pero a los porrazos, no.
MANO A MANO
Cristina Kirchner no es la única que no pudo superar aún la muerte de su marido. Alberto Fernández no sólo habla a veces de Néstor Kirchner en tiempo presente, sino que está empecinado en advertir que éste no es el mismo gobierno que él integró. No lo veía desde la última entrevista que le hice, en noviembre de 2008, y me sorprendió tanta convicción en aclarar las diferencias entre las gestiones de cada Kirchner. Néstor, según afirma, era partidario del debate, abría el juego a la participación, consultaba cada decisión. Discutimos en varios momentos de la charla y se mostró preocupado porque yo no pude distinguir las dos etapas del kirchnerismo gobernante. Incluso me llamó dos días después para seguir hablando del tema. Para mí, quizá algo miope, el kirchnerismo ha sido siempre igual. El que quizá haya cambiado es Fernández. ¿Y qué pretende hoy? Según confiesa, participar del debate de un oficialismo que ya no podrá contar con Cristina Kirchner para 2015. Es decir, incidir en la sucesión presidencial. Impresiona que alguien que era considerado el "disco rígido" de los K hable tan duramente de la Presidenta. De lo único que me convenció es de algo: le van a hacer la vida imposible.

Entrevista con María Matilde Ollier

María Matilde Ollier: "La provincia más fuerte es también la más doblegada"

Suplemento Enfoques, diario La Nación, 12 de junio de 2011

No ha habido político que no haya caído en la tentación de dominarla, pero tampoco hubo ninguno que antes no haya terminado rendido a sus pies. Tiene una superficie de 307.571 metros cuadrados y 15.594.428 habitantes, pero no hay número que grafique una característica que la distingue: parece casi inmanejable. Así es la provincia de Buenos Aires, enorme y decisiva en todos los rubros, aunque imposible de controlar, y difícil de entender para la mayoría de los dirigentes argentinos, sean del partido que fuere.
Que lo diga el peronismo, por ejemplo, que la gobierna desde 1987 sin lograr sacarla de las permanentes crisis. O el radicalismo, que nunca volvió a recuperarla desde que la primavera alfonsinista le permitió ganar la gobernación. O incluso dirigentes experimentados como Néstor Kirchner o Eduardo Duhalde, que en comicios en los que parecían haberse adueñado del célebre "aparato del PJ" terminaron vencidos por una lógica que se escapa de la fría maquinaria electoral.
La que lo puede decir, además, es la prestigiosa politóloga e historiadora María Matilde Ollier, que acaba de publicar su libro Atrapada sin salida. Buenos Aires en la política nacional (1916-2007) , editado por la Universidad Nacional de San Martín, en el que analiza desde la zigzagueante relación, y dependencia recíproca, entre los gobiernos bonaerense y nacional en la historia reciente hasta su vínculo con las jefaturas comunales y las estrategias de los líderes municipales para revalidar su poder en un esquema que suele garantizar la reelección indefinida.
Desentrañar las razones de ese "sometimiento" al poder del gobierno nacional, como ella lo calificó ante Enfoques, le llevó cinco años de investigación, que le sirvieron, además, para agudizar una mirada profunda, y nada prejuiciosa, de un distrito clave en la vida nacional. Seguramente la misma capacidad que aportó en su única experiencia concreta en la política real, como asesora de Graciela Fernández Meijide. En esa tarea, admite ahora, comprendió que "la política es muy difícil" y que "se ha degradado porque también se ha degradado la sociedad".El diagnóstico es terminante para esta mujer de pensamiento inquieto y sonrisa franca, que nació el 20 de agosto de 1950, que logró su doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, y que hoy es secretaria de investigación de la Universidad Nacional de San Martín: "La gobernabilidad de la Argentina descansa en la provincia de Buenos Aires". Pero, al mismo tiempo, advierte la paradoja de que "la provincia más fuerte, en términos económicos y electorales, es también la más doblegada".
–Utilizo palabras de su libro: ¿por qué la provincia con más peso en la economía y en la política termina cediendo su autonomía al habitante de turno en la Casa Rosada?
–No hay que olvidarse que empieza cediéndola como producto de una derrota. Cuando Buenos Aires es descabezada, es decir, un poco cuando pasa a ser capital de la Argentina y no es más capital de la provincia de Buenos Aires, es resultado de una derrota militar y, consecuentemente, de una derrota política. Desde 1880, que es cuando se produce la federalización de Buenos Aires, hasta 1916, con algunos vaivenes, Buenos Aires intenta resistir al poder central y finalmente no lo consigue y es intervenida por Hipólito Yrigoyen. Ahí empieza una segunda etapa de esta historia de doblegación o sometimiento de Buenos Aires: la convicción que tienen tanto Yrigoyen como Justo o Perón, es decir, no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha, ni de los conservadores ni de los populistas, sino de todo habitante de la Casa Rosada, sobre la necesidad de llegar con Buenos Aires para ganar la Presidencia.
–Una aspiración permanente...
–Es importante ganar la provincia de Buenos Aires porque representa al 38% del electorado nacional. La gobernabilidad de la Argentina descansa en Buenos Aires. No es casual que uno de los presidentes que llega sin poder ganar la provincia de Buenos Aires, en 1999, como Fernando de la Rúa, se va dos años después, entre otras cosas, por los saqueos en el conurbano bonaerense en donde hay un gobernador de otro signo político, peronista. Es una historia complicada esto de que Buenos Aires no tenga una fórmula política propia, como tienen las otras provincias. Como la ciudad de Buenos Aires, que tiene su fórmula política propia, autónoma, que puede funcionar mejor o peor, pero nadie va a decir que es manejada por el poder central. Es más, puede confrontar con el poder central y no necesariamente caer o tenerse que ir antes de tiempo su jefe de gobierno.
–No parece haber mucha voluntad en ningún lado para buscar esa fórmula política.
–No soy muy optimista: las legislaciones y las reglamentaciones tienen que poder ir combinándose con una práctica y una cultura políticas. Si esto no sucede, se pueden tener desfases brutales: Constituciones que van por un lado y realidades políticas que van para otro. Esto implicaría no sólo una decisión política... Habría que ver cómo el país puede llevar adelante un desarrollo que le dé a Buenos Aires su autonomía política. La paradoja es que la provincia más fuerte, en términos de electorado y de poder económico, es la más doblegada. ¿Por qué? Precisamente porque existe una voluntad del conjunto de la clase política que está fundada en una convicción: si no se gana en la provincia de Buenos Aires es muy difícil manejar la Casa Rosada…
–Esa es una de las razones por las cuales el kirchnerismo termina atado electoralmente a un Daniel Scioli en el que no termina de confiar, pero al que le va bien en las encuestas y que acepta el sometimiento de la Nación.
–El problema es que el Estado nacional y el gobierno nacional manejan los recursos. Esta asimilación que se ha hecho en la Argentina entre el Estado y el gobierno es vieja. También la tradición militar, autoritaria, ha aportado a esta imbricación entre gobierno y Estado, que hace que, al manejar el poder central, el poder político y el poder económico, cualquier gobernador se vea en problemas a la hora de tener que confrontar porque lo ahogan económicamente. Y sin recursos no se puede seguir haciendo política.
–Tampoco se puede hacer, al parecer, sin el apoyo del aparato partidario. Por eso me llamó la atención que Eduardo Duhalde haya dicho que la importancia del aparato del PJ bonaerense es un mito. ¿Coincide?
–El aparato vale para una elección interna partidaria, pero no para una elección general. El triunfo de Graciela Fernández Meijide en los comicios de 1997 probó que los aparatos no sirven en las elecciones generales. Allí gana la gente, con los votos. Pero lo que se arma a partir de 1991, cuando Duhalde negocia ir a la provincia con la condición de que le den el Fondo de Reparación del conurbano bonaerense, son pequeños aparatos locales que se alinean detrás de un jefe porque les garantiza la perpetuidad. Tanto van en busca de un jefe y tan efectivos han sido que radicales y no radicales, como el caso de Martín Sabbatella, han terminado rindiéndose ante la Casa Rosada porque es la que les garantiza la perpetuidad.
–Ahora que menciona la palabra "perpetuidad", siempre me llamó la atención que el peronismo gobierne la provincia desde hace 24 años y que, pese a que los problemas siempre son los mismos y no se solucionan, muchos tengan la sensación de que es el único partido que puede administrar el distrito.
–Es como el síndrome de la ingobernabilidad. La provincia de Buenos Aires y sus votantes están optando por un mal menor, o sea, por mantener cierta estabilidad a la posibilidad de una mejora o de un cambio. Es un síndrome bastante extendido en la Argentina. Pero siempre hay grupos de votantes que también son responsables, porque si no parece que los únicos responsables de lo que pasa son los que tienen el 50% de los votos, y los que hacen política y tienen el 2% también lo son. Por ejemplo, el otro día hablaba con un amigo sobre el socialismo y yo decía que habría que modificar ese partido: en cien años sólo tuvieron una gobernación. Si todos los partidos hubieran tenido ese nivel de eficacia tendríamos militares desde 1916. Yo puedo criticar lo que quiera porque soy intelectual, es mi papel, pero un político puede criticar y, además, tiene que tener capacidad para acumular poder, gobernar y transformar en función de lo que él dice que es bueno para el país o su partido. El problema es que en la Argentina hay como un síndrome de "no grandes aspiraciones", y entonces la estabilidad es como una gran aspiración de los argentinos.
–El peronismo logra dar la sensación de que es el único en condiciones de mantener la gobernabilidad, aunque, en realidad, muchas veces le cuesta gobernar.
–Porque no se cuestiona la calidad de esa gobernabilidad, sólo la estabilidad. En la ciencia política apareció hace unos años un concepto nuevo, traducido del inglés como "gobernanza", un concepto más cerca de la calidad de la gobernabilidad. No se trata sólo de que todo esté más o menos tranquilo, sino de que podamos tener una sociedad mejor, más equitativa, donde ya no volvamos atrás en cuestiones vinculadas a la libertad de prensa, a los derechos humanos, para que pasen cosas como las que están pasando… ¿Quién hubiera cuestionado en 1983 a las Madres de Plaza de Mayo? Volvimos atrás en aspectos inimaginables. Hubo una cooptación de algunos organismos de derechos humanos por parte del Estado, pero esos organismos tienen que tener su lugar en el Estado en forma independiente de los gobiernos. Acá se produce una simbiosis entre el gobierno y el Estado, entonces estar en el Estado es estar de acuerdo con el gobierno, pero, en realidad, es una clara señal político partidaria. Nadie habla del Estado argentino y su pertenencia como algo apartidario. Este episodio que involucra a Schoklender y a las Madres es un retroceso porque los organismos de derechos humanos hicieron de su causa una bandera por la que nos reconocen en el mundo y de la que estamos orgullosos, como sucede con el juicio a las juntas. Estos retrocesos los pagamos todos, y los que creen que están a salvo, se confunden.
–Cuando habla de retrocesos, ¿también se puede incluir en este rubro el clientelismo, que está tan extendido, sobre todo, en la provincia de Buenos Aires?
–No estoy de acuerdo con la categoría de clientelismo. ¿A qué se le dice clientelismo? A los recursos que el Estado nacional le brinda a los más pobres, supuestamente a cambio de favores como el voto. Pero si miramos en el contenido de la palabra clientelismo, que supone un Estado que da recursos a un sector de la población y ese sector lo que tiene de intercambiable y poderoso es su voto, la clase media también tiene acuerdos con los Estados nacionales, provinciales y locales, y también ofrece su voto, y los empresarios también son subsidiados por el Estado argentino…
–¿A qué se refiere?
–La clase media paga baratísimo la cuenta del gas gracias a un subsidio. En lugar de que el Estado le dé 500 pesos para pagarla, le baja 500 pesos la tarifa. ¿De dónde sale esa plata? Del Estado. Y para no hablar de los empresarios argentinos, que tienen altos niveles de dependencia del Estado, desde los negocios que hacen, la subordinación que tienen en relación a subsidios y su actitud poco autónoma. Por eso, probablemente exista un rasgo clientelar, dependiente y de falta de autonomía, en la economía que va más allá de la gente más humilde. La categoría de clientelismo no tiene valor: suena como un estigma hacia los más pobres cuando, en realidad, estamos en una sociedad en la que mucha gente vive del Estado y se beneficia de él. Es estigmatizar a un sector social que tiene bastante menos responsabilidad que otros por los destinos del país. Hay condiciones de pobreza extrema y sería ideal que la gente que necesita una ayuda tenga trabajo. Lo ideal también sería tener un capitalismo que funcione… Tenemos un capitalismo deficiente, maltrecho, pobre, débil, cómodo, que no quiere arriesgar, que no es audaz, que no tiene en la Argentina todos los rasgos que lo han hecho un sistema económico dominante en el mundo.
–Usted participó en la política real al lado de Fernández Meijide. ¿Le gustó la experiencia? ¿La hizo comprender mejor a los políticos?
–Los politólogos tenemos un problema: no tenemos laboratorios... Pero tenemos esta posibilidad de asesorar, de entrar a un grupo y hacer lo que no quieren hacer muchos académicos. La política es muy difícil, y se ha degradado porque se ha degradado la sociedad también. La política es la actividad colectiva por excelencia. Cuando deja de serlo, como sucedió en el Frepaso cuando Chacho Alvarez tomó decisiones por su cuenta, se destruye el colectivo. No se puede hacer eso.
–Es cierto que no hay dirigentes que nazcan de una probeta. Salen de esta sociedad, que les exige pureza absoluta a sus dirigentes mientras, por ejemplo, acepta las coimas o los favores para hacer un trámite. En ese sentido, el discurso antipolítico es injusto.
–La policía quizá sea la institución que lidia con la lacra humana. Pero la política lidia con el ser humano: los políticos ven todo, incluso se insensibilizan porque ven todo. Es terrible porque lo último que un político debería perder es la sensibilidad, pero, al mismo tiempo, tiene que ser muy duro porque tiene que tomar decisiones todo el tiempo que afectan a millones de personas.La gente toca la cacerola contra los políticos y, a la primera de cambio, le pide un favor al primer dirigente que se le acerca. Y el político tiene que lidiar con lo malo, lo bueno, lo miserable del ser humano. Con eso se hace política. Entonces, si una sociedad está degradada, la política también lo está, porque el dirigente tiene que lidiar con seres humanos degradados. Aunque sea San Francisco de Asís, el más puro de los puros, después tiene que hacer política en la Tierra porque los seres humanos lo ponen en las encrucijadas que lo ponen. La tarea del político es la de educar y tiene que ser el ejemplo, pero también tiene que responder a la demanda de la sociedad, porque depende de sus votos si quiere verdaderamente educar y transformar el país. La política es una actividad muy, pero muy complicada.

MANO A MANO

¿Es insalubre la tarea del politólogo en nuestro país? La Argentina ha sido próspera en materia prima para los especialistas en Ciencias Políticas. María Matilde Ollier no es la politóloga que habla de manera complicada y que analiza de forma que nadie la entienda. Todo lo contrario. Su condición de historiadora le suma un plus a su incisiva capacidad de examinar los hechos políticos. Hay muy pocos estudios profundos sobre lo que representa la provincia de Buenos Aires, y Ollier logra abordar aspectos clave de la encrucijada bonaerense. Su mera descripción de la cantidad de artimañas electorales en el distrito es una herramienta útil para todo votante dispuesto a ejercer su derecho con menos aparatos y más libertad. Me hizo pensar mucho su rechazo a estigmatizar el clientelismo, y terminó convenciéndome acerca del "rasgo clientelar" de la sociedad. Y me sorprendió la forma en que rescató la actividad política al hablar de su experiencia en el Frepaso. "Los políticos ven todo, incluso se insensibilizan porque ven todo", dijo Ollier con tanta convicción que ya sé qué le voy a pedir a los Reyes Magos: que la clase dirigente no deje de ver nada, pero sienta muchísimo más..

Sindicalismo: el conflicto con Moyano

¿Chocará el camionero que se alejó del camino K?

Lanacion.com, 15 de diciembre de 2011

Todos lloraron hoy por Néstor Kirchner. Al menos, lo hicieron públicamente la presidenta Cristina Kirchner, al hablar en la planta de Toyota y no poder evitar lagrimear al recordar a su marido , y también Hugo Moyano, para quien, como se desprende de su discurso en la cancha de Huracán , el ex presidente sí comprendía al peronismo, al sindicalismo, a las obras sociales y, casi, a los propios trabajadores.
Nunca nadie había desafiado así a la Presidenta. Para el universo K, Moyano pasará a convertirse en la encarnación del demonio luego de haber sido el sindicalista más protegido y beneficiado por el kirchnerismo desde 2003. No es para menos: el titular de la CGT virtualmente le declaró la guerra al Gobierno con un discurso durísimo, de cuyas consecuencias políticas podría depender hasta la propia suerte del oficialismo.
Parece exagerado, pero cuando las consecuencias de la crisis internacional amenazan con golpear a la Argentina y las respuestas del Gobierno son un recorte de los subsidios que derivará en un tarifazo y en la fijación de algún tope para los reclamos salariales que se discutirán en las paritarias desde 2012, tener en contra a la central obrera no es una buena noticia para quienes pensaron que el 54% de los votos era un escudo protector de cualquiera de los posibles males políticos, sociales y económicos.
Y el escenario de una protesta cegetista contra el Gobierno ya no es de ciencia ficción. En un contexto de bonanza económica, las incendiarias palabras de hoy de Moyano lo hubieran terminado consumiendo a él entre las llamas, pero en estas horas el líder camionero logró poner contra las cuerdas a Cristina Kirchner y, al mismo tiempo, apaciguar a sus opositores internos que pretendían desplazarlo de la central obrera para alcanzar así, casi insólitamente, la unidad sindical: "Después de escucharlo a Moyano, yo ya tengo secretario general en la CGT. Es Hugo Moyano", afirmó Luis Barrionuevo .
El conflicto entre el Gobierno y el dirigente camionero es de consecuencias imprevisibles, aunque hay algo cierto: no saldrá indemne el sindicalista en el obsecuente mundo kirchnerista luego de que este mediodía dijo algunas cosas de las que no parece tener retorno. Por ejemplo:
. Renunció a sus cargos en el PJ nacional y en el bonaerense por considerar que son "cáscaras vacías" y "faltas de peronismo".
. Cuestionó el liderazgo partidario de la Presidenta al sostener: "No tengo vocación de bufón. Por eso no puedo aceptar que otros tomen las decisiones que tienen que tomarse en el seno del justicialismo".
. Al kirchnerismo más recaltricante y a quienes esperaban que su ocaso político lo llevara a construir una suerte de partido de los trabajadores, les dio otra mala noticia: disputará el poder del propio PJ: "Vamos a reconstruir el peronismo porque es la transformación de la vida de los trabajadores", advirtió.
. Acusó al Gobierno impulsar una "megadenuncia" en contra de las obras sociales con el fin de extender un "manto de sospecha" sobre los dirigentes gremiales, y, al mismo tiempo, reclamó una deuda de entre "12 y 15 mil millones de pesos".
. Hizo otra grave denuncia contra la Casa Rosada al destacar que se subsidiaban a los casinos mientras que a los gremios les quitaron fondos "destinados a la salud de los trabajadores", y que esa plata "no se sabe a dónde va".
Respondió el discurso que dio Cristina Kirchner al asumir su segundo mandato, al advertir que "los trabajadores no extorsionan ni chantajean a nadie", y hasta le recordó que "cuando se habla del 54 por ciento que sacó la Presidenta, que tengan en cuenta que más de ese 50 por ciento es de los trabajadores". Y disparó luego contra La Cámpora: "Esos votos no son sólo de los chicos bien".
Y terminó por ponerse en la vereda de enfrente del kirchnerismo cuando, con un aire setentista, dijo: "No se confundan, el mejor gobierno de la historia, el que les dio la dignidad a los trabajadores, fue el de Juan Domingo Perón".
¿Cómo se llegó a esta situación entre la Presidenta y Moyano? Es cierto que Néstor Kirchner fue el principal sostén de esa privilegiada relación entre la Casa Rosada y el dirigente camionero. Y también, como insisten distintas fuentes políticas, que Máximo Kirchner, el hijo de Néstor y Cristina, le atribuye al líder de la CGT haberlo hecho enojar al ex presidente con algunos reclamos durante una charla telefónica la noche anterior a su muerte. Ese malestar derivó en la composición de listas a candidatos legislativos en los cuales el moyanismo quedó con poca presencia.
Desde allí, todo fue en picada en esa relación: el estilo hermético de la Presidenta, más sus señales de mayor sintonía con la UIA que con la CGT de los últimos meses, sumada a la presión que sintió Moyano por las versiones sobre su desplazamiento de la central obrera, y que adjudicó a sectores del Gobierno, terminaron de convencer al camionero de que si no pasaba a la ofensiva podía terminar sin nada, y hasta preso si es que algún guiño oficial convencía a algún juez de mover las causas judiciales que lo involucran.
Todo lo que sucede le da la razón a un sociólogo prestigioso como Juan Carlos Torre, para quien "el peronismo en el gobierno, en su condición de partido predominante, es un sistema político en sí mismo, es el oficialismo y su principal oposición".
En los años setenta, el peronismo dirimía este tipo de diferencias a los tiros. Desde hace muchos años, por suerte, suele hacerlo con plata y con cargos políticos. El problema es que ya no hay estrategias ni jurisprudencia para algo tan inesperado: Moyano es esa criatura que el kirchnerismo adoptó, alimentó y convirtió en desaforada, pero, a la manera de un Frankenstein gremial, desde hoy tiene en la mira a sus propios creadores.

Sindicalismo: análisis tras las elecciones 2011

Moyano, en un tablero en el que la Presidenta se adueñó de las piezas

Diario La Nación, 24 de octubre de 2011


Hugo Moyano no se irá de la CGT. No ahora, al menos. Ni mucho menos, empujado por sus rivales. Lo dicen algunos de sus más íntimos, pero también el sentido común: ¿de qué le sirve a Cristina Kirchner precipitar el final de un dirigente que todavía puede seguir siendo funcional al modelo y arriesgarse a una sucesión en la central obrera que hoy no está clara?
A la Presidenta sí le sirve, quizá, lo que está pasando en estas horas: que Moyano se sienta amenazado por presiones internas y que sienta temor de que se reactive alguna causa judicial en contra de él, de forma tal de que pare de brindar algunas señales desafiantes al poder K y se mantenga alineado a los planes de la Casa Rosada.
Obviamente que el aluvión de votos cristinistas de ayer se convertirá en el mejor antídoto para curar algunos aires levantiscos del dirigente camionero.
Y eso lo saben en el Gobierno, que también prefiere que alguien conocido como Moyano sea el representante sindical en el acuerdo social al que convocaría tras los comicios para definir, junto con el empresariado, medidas dirigidas a contener los precios y moderar los aumentos salariales.
Esa podría ser la primera señal de buena voluntad del oficialismo respecto de Moyano, pero no hay pistas de otra más decisiva: quién reemplazará a Carlos Tomada en el Ministerio de Trabajo. En la CGT prenden velas para que se confirme la versión de que el elegido sería Mariano Recalde, presidente de Aerolíneas Argentinas e hijo del abogado cegetista, Héctor Recalde.
Al kirchnerismo gobernante le conviene un Moyano herido políticamente, lo suficiente para tranquilizarlo, pero no tan mal herido como para que termine saltando el cerco del dispositivo kirchnerista. Esta sensación podrá enquistarse en el líder cegetista si, por ejemplo, descubriera que los actuales corcoveos de "los Gordos" y de algunos independientes cuentan con algún guiño desde la máxima altura del poder.
Los moyanistas sólo tienen alguna sospecha en ese sentido, pero la rebeldía gremial se parece más a un sondeo para medir la fortaleza del andamiaje que sostiene al dirigente camionero. Sobre todo porque todavía no están los votos suficientes para echarlo a Moyano y, además, nadie quiere quedar asociado a una conspiración, en la que tampoco el Gobierno está mostrando sus fichas: se limita a dejar hacer y observar.
Los candidatos más mencionados para suceder a Moyano ni siquiera respiran para evitar malentendidos.
Por ejemplo, Antonio Caló, el líder del gremio metalúrgico, tuvo que calmar a los jóvenes de su sindicato que, en un plenario realizado la semana pasada en Mar del Plata, empezaron a corear espontáneamente "Caló a la CGT". "Nada me importa más que seguir al frente de la UOM", los retó.
Es lógico: aparecer ahora tan cerca del decisivo sillón de Moyano es directamente proporcional a quedar lejos de él cuando se discuta en serio la herencia.
Gerardo Martínez, titular del gremio de la construcción, fue el único dirigente al que se le reconocía vocación por liderar la CGT, y que, se decía, contaba con el claro respaldo de Cristina Kirchner, pero su ascenso derrapó por una revelación: trascendió que había sido miembro civil del Batallón 601 de Inteligencia durante la última dictadura. Cerca de Martínez siguen pensando que el moyanismo tuvo algo que ver con la difusión de esos datos.
A mediados de 2012 vence el mandato de Moyano. En la Casa de Gobierno ya se analizan variantes para que deje la CGT sin el sabor agrio de una salida por la puerta de atrás. Y Moyano, ¿qué quiere? ¿Conducir la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte? ¿O encabezar su partido de los trabajadores que les permita acceder a la presidencia? Sus enemigos creen que se conformaría con no terminar preso como el bancario Juan José Zanola.
Ni siquiera los funcionarios más fieles saben qué pasa por la cabeza de la Presidenta. Por ahora, el tablero sindical es lo más parecido a un ajedrez en el que Cristina Kirchner se adueñó de todas las piezas.

Entrevista con Roberto Gargarella


Roberto Gargarella: "Hoy, muchos intelectuales son servidores del poder"

Suplemento Enfoques, diario La Nación, 25 de septiembre de 2011

Cuando a cualquiera le dicen "abogado constitucionalista", no hay asociación libre que valga: la primera imagen que suele aparecer en la cabeza es la de un señor muy serio, conservador, de traje y corbata, que habla, en general, de manera pomposa.
Pero los prejuicios estallan en mil pedazos cuando, por ejemplo, aparece Roberto Gargarella. Que, además de abogado y profesor de Derecho Constitucional en la UBA, es sociólogo, un empedernido cinéfilo, simpatizante del Frente de Izquierda que lidera Jorge Altamira y alguien que no usa traje ni corbata ni teléfono celular y que confiesa que en su vida influyó más una canción de Bob Dylan cantada por Nina Simone que todos los libros de Derecho Penal que pudo haber estudiado.
Y que causa cimbronazos en el mundo político e intelectual cuando, como acostumbra a hacer en columnas periodísticas o en su blog, opina que la democracia "es un sistema plano, opaco y chato de votación", cuando advierte que "la idea del orden sigue siendo reaccionaria" o cuando, de alguna forma, justifica los piquetes al poner su foco en que "muchas veces las causas de la protesta social tienen que ver con el incumplimiento del Estado de sus propias obligaciones constitucionales".
En este tipo de posturas se le nota su condición de discípulo del filósofo y jurista Carlos Nino, para quien los derechos individuales también incluían la existencia de los derechos socioeconómicos, y lo mismo queda en evidencia en su crítica al híperpresidencialismo, una de las tantas facetas del modelo político argentino a partir de la cual este abogado aprovecha para convertirse en un severísimo cuestionador del kirchnerismo por considerar, como afirma a Enfoques, que "la visión dominante en el Gobierno es muy poco igualitaria, muy marcada por principios excluyentes antes que integradores, muy elitista en el modo en que se la concibe".
De 47 años, soltero, un origen humilde, un hermano de la misma profesión que él y una hermana guionista de cine, Gargarella es investigador del Conicet, dirige una revista jurídica en la Universidad Di Tella, fue profesor de las universidades de Columbia, Harvard, Nueva York, Berge y Pompeu Fabra y escribió una veintena de libros, incluido su último proyecto, La Constitución en 2020. 48 propuestas para una sociedad igualitaria , que acaba de editar Siglo Veintiuno.
Allí escribe un capítulo y coordina los trabajos de varios especialistas sobre qué debería incluir la Carta Magna si se modificara. Tiene mucho que ver con su idea de que las reformas constitucionales estuvieron "muy motivadas por el cortísimo plazo" y de que si hubiera que volver a pensar en el tema habría que hacerlo "a partir de qué drama nos angustia: el drama de la igualdad".
En estos últimos meses, Gargarella se hizo conocido por haber aparecido en debates televisivos con integrantes de Carta Abierta, a quienes se les complica refutar argumentos que no provienen de un exponente de la "derecha destituyente", sino de un independiente de izquierda que advierte: "La intelectualidad progresista tiene que ser crítica del poder. Muchos de mis colegas han pasado a ser justificadores del poder, en lugar de ayudar a pensar sobre los problemas que generan los modos en que se ejerce el poder. Han pasado a ser servidores del poder."
-¿Cuál fue el origen de su nuevo libro ?
La idea es pensar la Constitución al mediano plazo, lograr una reflexión que es crucial del típico acercamiento de cortísimo plazo que ha ido caracterizando a los distintos proyectos de reforma, también constitucionales, en la Argentina y en América latina. La condición necesaria de una buena Constitución es la de plantearse un drama colectivo a resolver. La Constitución originaria de los Estados Unidos se planteó el drama de las facciones. La Constitución alberdiana , el tema del desierto y la necesidad de poblar. Y las bolivarianas, la idea de fortalecer el poder para hacer posible la independencia. Eran todas Constituciones planteadas a partir de una tragedia, un drama, una necesidad imperiosa. Pero empezamos a acostumbrarnos a Constituciones muy motivadas por el cortísimo plazo. En los años 80 hubo un intento de hacer una reflexión interesante: reconocer que había una historia de cincuenta años de golpes de Estado y que la Constitución algo tenía que ver con eso. Muchos constitucionalistas, como Carlos Nino, identificaron que el hiperpresidencialismo era funcional a los golpes de Estado. Como esta figura concentra todo el poder, si hay un problema con ellas se piensa que había que tirarlas abajo. Entonces, se identificó una tragedia, un drama, el del hiperpresidencialismo, y las Constituciones al final terminaban sirviendo, otra vez, al corto plazo, a la reelección. Hoy, hay que hacerse la pregunta sobre una reforma, pero a partir de qué drama nos angustia. Hay uno, claramente: el drama de la igualdad. Y algo puede hacer la Constitución sobre eso.
-La última reforma constitucional confirma que el problema es que muchas veces no se cumple con su contenido. Los derechos sociales y de participación que se incorporaron en 1994 parecen, a veces, letra muerta.
-Acá hay dos puntos interesantes. Es cierto que hay enormes problemas de cumplimiento, pero también, que pasan un montón de cosas a partir de la Constitución. Uno podría decir que el Derecho no se cumple. Después entramos en la letra chica y vemos que pasan cosas, que se litigan casos por vivienda, por salud, por vacunas contra el sida. Entonces, la Constitución es relevante. En todo caso, hay partes que no se cumplen, pero siguen siendo aspiraciones importantes. Muchas veces uno instala en la Constitución cláusulas que van a quedar durmiendo: las llamo cláusulas dormidas. Pasó eso con los derechos sociales: se instalaron en toda América latina, durmieron durante 50 años y a lo mejor fue una apuesta sensata porque algún día las condiciones sociales y políticas van a cambiar y ya tenemos eso escrito. Los países que no lo tenían escrito, como Chile o Estados Unidos, tienen muchas más dificultades para llevar adelante políticas sociales, sobre todo cuando son impulsadas judicialmente, porque no tienen el apoyo textual. Y toda la parte de los derechos sociales y de participación se activó muchísimo en estas nuevas constituciones. Pero el error crucial de la izquierda en los debates constituyentes fue que se concentró en la antesala de la Constitución, que es la que tiene que ver con todos los derechos, y dejó al poder de turno el control de la sala de máquinas de la Constitución, que es cómo se organiza el poder.
-¿Y eso qué implicó?
-Que apenas se quisieron activar las cuestiones sociales empezaron a ser atacadas por el Poder Ejecutivo. En Ecuador, cada vez que existió una iniciativa destinada a activar esa parte social de la Constitución, como darles lugar a los indígenas o permitirles a las comunidades opinar sobre recursos naturales, hubo un veto presidencial.
-En la Argentina pasa lo mismo, sumado a los decretos de necesidad y urgencia.
-Claro. No es muy distinto porque seguimos parados sobre una matriz institucional liberal- conservadora como la del 53. Entonces, ¿se incorporaron cláusulas que valían la pena? Sí. ¿Tiene sentido tener los derechos humanos a nivel constitucional? Sí. Pero si no se toca la sala de máquinas de la Constitución, entonces se está jugando un juego que se sabe que se va a perder.
-¿La izquierda ahora lo tiene en claro?
-En el progresismo empezó a predominar una visión complaciente respecto de la concentración de poder. La ven como funcional a su proyecto, aunque siempre ha estado en contra de un proyecto de avanzada, de ampliación de la ciudadanía. Hay complacencia y convivencia con poderes concentrados porque se cree que pueden estar al servicio de las buenas causas. Pero el mal efectivo de hoy en América latina es no reconocer que si uno defiende la democracia, la igualdad política, lo primero que tiene que hacer es estar en contra de la concentración de la autoridad.
-Lo vi debatir por TV con María Pía López, de Carta Abierta. ¿Le resulta cómodo el papel de intelectual opositor?
-Hay cantidad de gente amiga, y que uno respeta, en Carta Abierta. También están muchos de quienes fueron mis profesores. Pero tengo un punto insistente: la intelectualidad, sobre todo la progresista, tiene que ser crítica del poder. De todo poder. No se puede ser crítico con el poder económico pero no con el político, o crítico con el poder político pero no con el económico. Muchos de mis colegas han pasado a ser justificadores del poder, en lugar de ayudar a pensar sobre los problemas que generan los modos en que se ejerce el poder. Han pasado a ser servidores del poder.
-Muchos intelectuales de prestigio terminan aplaudiendo una concepción muy verticalista y disciplinada de la política.
-Totalmente. Además, esto se vincula con la democracia política. Porque asumimos que alguien no va a tener autoridad sobre nosotros por su apellido ni por la familia de la que viene, y entonces tenemos que estar situados en un pie de igualdad discutiendo. Eso es contradictorio con la idea de que hay alguien arriba que nos manda. Una cosa es delegar la autoridad para ordenar la vida, pero, ¿cómo uno no va a asumir una opinión crítica frente a esta idea verticalista en donde el poder está arriba y uno tiene que justificar lo que hace? ¿Cómo no asumir una posición crítica cuando la visión dominante en el Gobierno es muy poco igualitaria, muy marcada por principios excluyentes antes que integradores, muy elitista en el modo que se la concibe?
-Usted también ha cuestionado uno de los mitos del modelo K, que es el que sostiene que este gobierno no reprime la protesta.
-Es empíricamente falso porque tenemos más muertos que en la mayoría de los gobiernos anteriores. Pero además, y esto es mucho más serio, se preservan intactas las estructuras que afirman la desigualdad, la injusticia. El Gobierno aparece permanentemente pactando con ciertos sectores del empresariado para transferir fondos a entes no públicos, sin los controles que podrían tener las instituciones estatales y, al mismo tiempo, sobreexplotando a los trabajadores. El caso de la Unión Ferroviaria es exactamente eso: es el Gobierno el que sobreexplota a los tercerizados. Hacer eso y, al mismo tiempo, hablar de justicia social o de no represión es mantener un doble discurso ofensivo.
-¿También cuestiona la política de seguridad del kirchnerismo, a la que los sectores duros critican por garantista?
-Néstor Kirchner tuvo una política consistente en materia penal: siempre criticó al garantismo y siempre criticó también a los criminales que entraban por una puerta y salían por la otra. Siempre guiñó con un ojo una postura progresista y con el otro a la postura de mano dura. El caso Blumberg ayudó a convertir al Código Penal en Frankenstein, y eso es obra del gobierno de Kirchner. Quien quiera asociar al kirchnerismo con el garantismo tiene un problema muy serio.
-Cuando usted habla de la protesta social parece que justificara todos los piquetes.
-Concibo la democracia, fundamentalmente, como una discusión entre iguales y existe un problema si hay voces que están ausentes sistemáticamente y también si no hay discusiones permanentes sobre los temas públicos que nos importan. Y en la Argentina tenemos déficit en todos estos sentidos. Eso explica que muchos jueces interpreten que cualquier protesta es, en principio, una ofensa a la democracia y un acto sedicioso. Es una visión tremendamente estrecha de la democracia. Cuando uno concibe la democracia como la discusión entre iguales, se celebra el hecho de que haya gente que se queja y de que podamos escucharla porque los canales institucionales no les sirven para hacerse escuchar. Esto no implica dar un cheque en blanco a protestas de cualquier tipo, pero sí que el primer impulso debe ser protectivo, sobre todo en una sociedad cada vez más desigual.
-El Gobierno tiene un impulso protectivo al permitir cualquier tipo de protestas.
-Frente a la brutalidad punitivista, reivindico lo que se llamaría el liberalismo de las garantías. Ahora, también hay una cierta torpeza en el liberalismo garantista porque muchos de los problemas en los que aquí estamos pensando requieren de un activismo y un compromiso público muy fuerte, no meramente el "no hacer". La versión torpe del liberalismo garantista es: no hacemos nada. Si alguien le rompió la cabeza al otro en una marcha, ¿no hacemos nada porque es una protesta social? No, el liberalismo garantista es preocupación por las garantías de todos. Estoy con una idea de un Estado activo, comprometido, lo que implica tomar medidas y también hacer reproches. Pero se puede reprochar sin castigar o castigar sin pensar que el castigo es cárcel.
-Usted fue muy duro en sus críticas a los jueces por considerar que actúan con "clasismo, prejuicios e ignorancia". ¿No es mucho?
-Eso es un enunciado. Hay muchos jueces honorables, interesantes, que trabajan bien, pero hay un perfil general que nos dice que cuando se trata de casos que involucran a gente más poderosa, la Justicia tiene muchos problemas para actuar con imparcialidad. El reciente caso de la sentencia absolutoria a Carlos Menem muestra un grave fracaso del Derecho. Para quienes pensamos el Derecho desde un punto de vista igualitario es un golpe muy duro: demuestra que años de trabajo, de argumentación, de búsqueda de pruebas, de investigación, se disuelven en un instante si aparece el llamado telefónico o la movida política apropiada. Que fue claramente lo que ocurrió acá. Y no es que el aparato coercitivo no funcione: las cárceles están llenas, se construyen más y el conflicto incluso es por la sobrepoblación. El problema es que el poder coercitivo actúa de un modo selectivo y las mejores cabezas del Derecho suelen estar al servicio de los poderosos.
-No es una crítica que se escuche habitualmente entre sus colegas. ¿Usted es un exagerado o existe una visión más complaciente del mundo del Derecho por parte de quienes integran ese ambiente?
-Soy alguien del Derecho que se dedica tiempo completo a la investigación, pero la ausencia de investigarlo full time ha ayudado a contribuir a una práctica muy complaciente con las decisiones judiciales y con las del poder. Como los que enseñan Derecho litigan, tienen que ser amigos del poder y de la Justicia. La falta de independencia académica genera una práctica de cierto servilismo y eso ha hecho que tengamos una doctrina mucho más pobre de lo que podría ser.
-¿Y qué pasa en las universidades?
-Se convierten en reproductoras de lo que existe. Lo que se escribe sobre Derecho es muy malo, muchos profesores lo consideran aburridísimo, dogmático. Y los jueces escriben de modo rarísimo, oscuro, con vocación de que no se entienda nada de lo que dice. Sin embargo, las facultades siguen llenas de gente con mucha vocación transformadora, de gente con real voracidad por escuchar algo distinto. Hay un mecanismo somnífero dentro del Derecho, y lo triste es cuando las facultades sirven para adormecer.

MANO A MANO

Fue una charla apasionante la que tuvimos con Roberto Gargarella, pero no sé si una sociedad como la nuestra está mayoritariamente preparada para escuchar y aceptar el pensamiento de alguien como él. No sé si yo mismo estoy preparado para aceptarlo, aunque lo escuché y todavía sigo pensando algunas de las cosas que más polémica interna me generan. En particular cuando habla de pensar la protesta social como algo para celebrar e incluso proteger porque el problema de origen es la injusticia que genera esa protesta. Nadie podría discutirlo en términos conceptuales, pero sí en el plano real de las verdaderas motivaciones de los Hugo Moyano o los Luis D'Elía. Aun así, Gargarella no parece un investigador de laboratorio, alejado de la vida cotidiana. Lo que dice va en sentido contrario a la simplificación cotidiana de algunos de los dilemas que nos afectan, que nos trastornan. Este tipo de intelectuales suele atrincherarse en el mundo de las ideas, pero a este abogado-sociólogo lo apasionan el debate y la argumentación, a veces con ciertos visos de provocación. No está nada mal para un momento del país en el que unos y otros se acusan de tener un discurso único y dominante.